

Pues voy a decir una blasfemia: globalmente, y pese a todo, diría que me quedo con el disco de Erede.
El cual, como batuta, presenta evidentes limitaciones: la orquesta suena en todo momento plana y modesta, muy poco teatral (y en los momentos más tumultuosos tiene problemas: la concertación del acto I, en general, se salva por los pelos, pero el Finale III es un desastre), y la toma sonora la relega a un plano especialmente secundario. Erede no consigue emular en ningún momento el torrencial aguacero dramático-musical de la afamada lectura de Toscanini, pero tampoco lo pretende: voz a voz, cuenta con instrumentos más dotados, y su única pretensión es que se exhiban. Y vaya si lo hacen. Desde el punto de vista atlético, no ha habido otro tenor como Mario del Monaco para responder a las inclementes exigencias de la parte, en un modelo del rol que marcó una época (aunque durante estas décadas haya habido propuestas muy distintas y hoy prefiriésemos un
Dio, mi potevi scagliar más cuadrado, más legato, más susurrado y más íntimo, no se puede negar que, a su forma, su
Niun mi tema sigue resultando escalofriante). La belleza del canto de altísima escuela de Renata Tebaldi corta la respiración, y es un verdadero placer advertir las certeras intenciones dramáticas de Aldo Protti, un Jago de cuerpo entero, no tan "afilado" como será después Tito Gobbi (y menos mal, me atrevería a añadir) pero de una sobriedad igual de desconcertante y mucho mejor cantado. Este disco cuenta además con una interpretación ideal del esquivo rol de Cassio a manos del siempre genial Piero de Palma.
El disco de la misma discográfica en 1961, con los mismos cantantes principales pero ahora en estéreo, con efectos sonoros, con Karajan, con la Filarmónica de Viena y con Sofiensaal, tiene la vocación de constituir un remake hollywoodiense de aquella grabación; el problema es que los distintos intervinientes tienen ideas demasiado distintas de qué Hollywood quieren. No cabe ninguna duda de que la concertación de Karajan es virtuosística y atentísima al detalle; todo está excelsamente tocado (y el Finale III distingue los distintos planos de todo lo que está ocurriendo, tanto musical como dramáticamente, con una claridad pasmosa; la comparación con Erede es, cuando menos, sonrojante) pero visto en su conjunto, Karajan se me hace algo redicho, cursi incluso, muchísimo menos teatral de lo que será posteriormente en EMI con Vickers, Glossop y Freni. Los cantantes protagonistas no son los más apropiados para contar Otello sobre ese acompañamiento de filigranas, y además, si de voces se trata, ninguno de los tres está mejor que en el disco anterior. Se trata, sobre todo, de una ocasión perdida para que Mario del Monaco exhibiera su profundización de un papel que le dio una fama imperecedera, y que hay que buscar en sus grabaciones en vivo; ante el micrófono vienés se siente compelido a dar de nuevo un personaje que se resuelve únicamente en claves de colosalismo vocal, ya menos brillante que siete años antes. Aldo Protti repite su eficaz encarnación, pero vocalmente tampoco lo resuelve de forma tan feliz (
Era la notte, los portamentos de los
Vigilate! a media voz, ya imposibles de disimular) y Renata Tebaldi hace una escena del acto IV de un pudor muy emocionante (¡y cómo está la orquesta! Probablemente, el mejor momento del disco), pero globalmente está más cansada, con el agudo algo más duro y la afinación algo más resentida.
Por ello, aunque esté mucho peor grabado, concertado y dirigido, el disco de Erede me parece más coherente consigo mismo, más propio de una época y de un concepto, y que compensa su falta de espectacularidad con una mayor honradez y una exhibición vocal marginalmente superior.