
Gabriele Ferro ya es un director de la Renaissance. Lo cual no quiere decir que sea un poeta (que no siempre lo es) pero sí que ha pulido del todo (hasta pecar ligeramente por el extremo contrario) los excesos estentóreos y las capitulaciones al populismo del Rossini (o, en realidad, del
Barbiere) mal entendido. Y aunque le falta la magia de Abbado para iluminar sonidos y su teatralidad tiene altos y bajos, lo fundamental es que sirve bien las prestaciones del sensacional cast a sus órdenes
Lo que hace Lucia Valentini Terrani con el rol de Angiolina entra dentro de lo milagroso. De entrada, el bellísimo timbre, de su particular color "ahumado", y la personalidad artística "semiseria" de la cantante (que la habian hecho un punto distante en heroinas mas espiritosas como Rosina o Isabella) encajan como el zapato del cuento en el papel de Cenerentola. Pero la Valentini es también una cantante excelsa, técnicamente preparadísima para las exigencias rossinianas y capaz de un fraseo que sin pudor debe llamarse histórico. La ambigüedad, el misterio, la melancolía polifacética de un personaje acostumbrado a la tristeza pero que por eso mismo ha sabido poner esperanza en su resignación, lo que implica necesariamente una tierna caridad por el prójimo, hallan en la paduana una traducción desconocida y totalmente emocionante. Uno de los hitos máximos del Renacimiento rossiniano.
Hitos que, en el plano estilístico, alcanzan también Enzo Dara (que da una lección equivalente a su dottore Bartolo de empleo certero, sofisticado, muy en estilo, y sobre todo, teatralísimo, de unos medios vocales casi ordinarios -el virtuosismo de
chi l'appalto delle spille es vertiginoso-), y en menor medida, Francisco Araiza, que no mece la frase como un Valletti ni tiene la cordialidad tímbrica de Flórez ni el virtuosismo exuberante de Blake, pero tiene una prestancia y una apostura, un convencimiento de su papel, una capacidad técnica y un estilo completamente persuasivos.
Es una lástima que fuese demasiado pronto para ofrecer al debutante Alessandro Corbelli el papel de Dandini, del que después sería un extraordinario intérprete. Aquí lo tenemos como un Alidoro de gran humanidad, impecable en su aria, mientras Dandini le es atribuido a Domenico Trimarchi. Cantante muy respetable, pero víctima del ingrato devenir histórico de los bajos buffos. Qué es lo que hacía que público, teatros y compañías discográficas se volviesen todos locas del coño ante Fernando Corena, Paolo Montarsolo, Ferruccio Furlanetto, Ruggero Raimondi, Renato Capecchi, Richard van Allan, Carlo Badioli, Geraint Evans o Wladimiro Ganzarolli mientras los sensacionales Giuseppe Taddei y Sesto Bruscantini eran infravalorados, Alfredo Mariotti y Alberto Rinaldi completamente ignorados y José van Dam, Bernd Weikl e Ingvar Wixell quemados vivos por faltarles la sacrosanta italianità establecida en el Concilio de Montepulciano, es algo que se me escapa. Además de a Samuel Ramey, la Renaissance trajo también la sensatez a esta cuerda, en la que los Daras y Corbellis dejaban muy en evidencia (o eso quiero pensar) a los Desderis y Praticòs. Y todo esto le pilla a Trimarchi un poco en medio, porque en sí no canta peor que un Rolando Panerai, por caso (aunque eso no sea decir mucho en términos estrictamente canoros, y aparte, el instrumento es el que es) y teatralmente tiene una idea vivaz del personaje que
recita da grande, e grande essendo, grande le ha da imparar, pero aunque es consciente de las contenidas y exquisitas reglas del nuevo Rossini, no siempre logra emularlas, y en ese sentido, hacer (bastante aceptablemente) "lo de toda la vida" le sale ingratamente caro.
Petulantes y un punto estridentes las hermanastras, bien el coro, "seca" la orquesta, bastante corta de sonoridades. En suma, una versión obligada por meter Cenerentola en el Renacimiento y por la actuación majestuosa, inolvidable de la Valentini.
He oído eso mismo y opino eso mismo.