Éxito triunfal en la inauguración de la temporada de La Scala, con la "Giovanna d'Arco" verdiana, título que ha tenido con el ceño fruncido a los valedores de la moral pública y de la regeneración espiritual de Occidente. Al parecer esta supuesta nadería verdiana no merecía los honores de la ocasión. Riccardo Chailly, que es un tipo más bien prosaico por lo que se ve, eligió el título en su momento y lo ha mantenido contra viento y marea. Así son los hombres cabales: con principios

.
Netrebko cuaja una labor aceptable, pero podría estar mucho mejor, si no se empeñara en ese perenne ensanchamiento vocal, con los sonidos inflados y oscurecidos, y con la consiguiente pérdida de flexibilidad a la hora de abordar los momentos de canto reposado y elegíaco, como las dos arias de la protagonista. En todo caso, impresiona su generosa entrega y su entusaismo contagioso, que en varios momentos le lleva a excesos, sobre todo en el sector agudo, con sonidos algo desgarrados y escasos de brillo y de pegada.
De Meli ya se sabe lo que podemos esperar. Es modosito y rumboso y con eso tiene medio ganado al personal, pero las lagunas técnicas cada vez son más evidentes y la voz empieza a perder la frescura, el donaire y la flexibilidad de otros tiempos. El sustituto del malhadado Alvarez, el tal Devid Cecconi es un cantante de nulo interés. Voz en el cogote, sonidos opacos y fraseo pedestre. Tiene toda la pinta de que en vivo no se le debe escuchar un carajo.
Lo mejor, la dirección de Chailly, que empieza con demasiado estruendo en la obertura, pero que se va reconcentrando a lo largo de la función, hasta culminar una dirección de muy buen nivel. Sin desparrames sonoros ni cabalgadas efectistas, sino optando por una expresividad de buena ley, una extraordinaria cantabilidad, y un profundo amor por la partitura, tratando de amortiguar sus debilidades.
La puesta en escena es variada, pintoresca y con algunos buenos efectos, pero le falta respiro al estar limitada siempre por cuatro paredes, hecho que está en flagrante contradicción con los espacios consustanciales a la obra y que se ponen de manifiesto desde la misma obertura: la naturaleza revuelta, la campiña serena y bucólica, y los campos de batalla.
Si esto les ha parecido poco, hay más por
aquí.