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 Asunto: Junio 2008: ARIADNE AUF NAXOS 1. Argumento
NotaPublicado: 03 Jun 2008 22:34 
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PRÓLOGO

Nos hallamos en casa del "hombre más rico de Viena", que esta noche está ofreciendo una cena de gala a sus ilustres invitados. La velada incluirá a continuación el estreno de Ariadne, la ópera de un joven, prometedor y exaltado Compositor. Su Maestro de Música entra apresuradamente a hablar con el mayordomo: no puede ser, ¡no es posible! Acaban de informarle que a la sublime obra de su pupilo le sucederá una farsa cómica. Es intolerable, el Compositor no lo consentirá. El Mayordomo no comprende: en esa casa, el único que consiente, que contrata y que paga es su Señor. En consecuencia, así habrá de hacerse.

Llega el Compositor, vital y entusiasta. Quiere ensayar con la cuerda, pero el Lacayo le indica que están en la mesa. El Compositor se disgusta: ¿Llenándose el estómago un cuarto de hora antes del estreno de la ópera? Mmm... no, hay un malentendido. "En la mesa" significa TOCANDO para amenizar la cena a la gente que está en la mesa. El Compositor busca entonces a su prima donna, pero según llama a una puerta el Lacayo se escapa furtivamente. El Compositor lo descubre y se indigna por la insolencia, y entonces... llega la inspiración, una sublime melodía: "O tú, muchacho, tú, niño, ¡tú, dios todopoderoso!". Lamentablemente no tiene papel donde apuntar...

Se abre una puerta y el tenor echa destempladamente al peluquero: ¡Ningún Baco se pondría esa peluca ridícula! Al tiempo, Zerbinetta, la vedette de la troupe cómica, cruza el escenario con los chicos de su compañía. Fascinado por ella, el Compositor pregunta quién es, y descubre, disgustado, el asunto de la obra cómica. "¿¿¿Bailes y trinos después de Ariadne??? ¡Esta gente quiere hacer un puente que les devuelva de mi mundo elevado a su vulgaridad! Justo ahora que se me ocurrió esa melodía... ¿cómo fue?... El Lacayo me dejó solo, y entonces el Tenor echó al peluquero... y entonces apareció: O tú, muchacho, tú, niño, ¡tú, dios todopoderoso!". En esta ocasión, afortunadamente, el Maestro tiene papel para apuntar.

La Primadonna, que lleva tiempo exigiendo ver al Conde, también se contraría al ver a los cómicos. Pero más contrariados están ellos mismos: será imposible hacer reír a la audiencia después de un rollo como Ariadne. El Maestro de Danza les consuela: al contrario, ir por detrás les beneficia, motivará a la audiencia a pasárselo bien por fin. El Lacayo anuncia que los invitados se levantan de la mesa, y en ese momento... el Mayordomo trae nuevas instrucciones.

El Conde está disgustado. Con lo caro que ha sido el encargo de la nueva ópera, se ha cometido la ordinariez de situar la acción en algo tan vulgar como ¡una isla desierta! Ese escenario no luce nada en una casa tan sofisticada, y por eso, para poder "decorarla" con algo, el Señor ha decidido que ambas obras, la seria y la cómica, se representen... al mismo tiempo. Así, los que no intervengan servirán para decorar el desolador paisaje. Además, así acabarán antes, pues a las nueve hay programados fuegos artificiales en el jardín. Eso sí, cómo hacerlo es algo que compete en exclusiva a los artistas.

Entre la desesperación general destaca el sufrimiento del Compositor, que quiere abandonar el lugar. Pero su mentor, algo más práctico, no se lo permite: no debe renunciarse a la retribución con que pensaba vivir el próximo medio año. El Maestro de Danza opina igual: "Los mayores genios siempre han sido incomprendidos y han tenido que representar sus genialidades en los peores entornos. No se trata de ninguna malogración, ¡se trata de salvar Ariadne! La ópera es reiterativa, y aligerándola aquí y allá... además, Zerbinetta, como siempre se interpreta a sí misma, está habituada a improvisar, y los demás le siguen la corriente". La idea comienza a seducir al Compositor, pero mucho más al tenor y a la primadonna: él pide en secreto que se elimine una de las arias de ella; ella, que se quiten algunos agudos de él.

El Compositor tiene un momento de actividad febril, pero le preocupa la idea de perder el sentido final de su obra, de cuya trascendencia se burla Zerbinetta: "Una mujer abandonada no espera la muerte, ¡espera a otro hombre!". La Ariadne que el Compositor concibió no es así, "es una entre un millón. Sube al barco de Baco convencida de estar con Hermes, no sube para amar, sino para transfigurarse, y cree morir... ¡no, muere realmente!". Zerbinetta, embaucadora, le consuela: "Un momento es poco, una mirada lo es todo... ¿Quién cree conocer a la mujer que vive bajo la actriz coqueta?" Su capacidad fascinadora vuelve a inflamar al Compositor, y lo devuelve al amor y a la música, "¡la sagrada música!".

Súbitamente, todo el mundo corre: la ópera va a comenzar. Despertado de su éxtasis, al Compositor vuelve a agobiarle la vulgaridad que le rodea. "Pero tú lo has permitido", le dice su Maestro. "¡No debí permitirlo!", responde él, "¡Tú no debiste permitirme permitirlo!". Con la expresión de su desesperación, termina el Prólogo.

ÓPERA

Tras salvarle del laberinto del Minotauro, traicionando a su padre y exponiendo por ello su propia vida, Ariadna ha huido con Teseo, pero mientras ella dormía en la isla de Naxos, él la ha abandonado. La Náyade y la Dríade lloran su desgracia, y el Eco se une a sus lamentos. "No duerme. Llora. Día tras día inmersa en su tristeza..."

Ariadna despierta de su sueño, pero la tristeza no le permite recordar lo que ha soñado. Zerbinetta y Arlequín se preocupan por lo difícil que será consolar a una mujer tan afligida. Ariadna se incorpora y evoca el momento de su felicidad con Teseo. Ese pasado fue hermoso, pero ya no existe, ni siquiera conserva su nombre. Ahora sólo desea morir.

Arlequín intenta animarla con una pequeña canción que pronto se revela inútil: en vez de animar a Ariadna, él ha sido entristecido por sus lamentos. Ariadna evoca con dignidad y hermosura un reino donde todo es puro y tranquilo: la muerte, el reino de Hermes. Él vendrá a llevársela, la transformará, y en ese momento, ella dejará de ser Ariadna para ser eterna en él.

Arlequín vuelve con la compañía entera de cómicos, que cantan, bailan, admiran al sol y al viento, pero Zerbinetta, que sabe cómo es el corazón de las mujeres, los manda alejarse: ella hablará con Ariadna de mujer a mujer. "Poderosa princesa", le dice, "¿quién no comprende que el sufrimiento de una mujer como vos no puede comparase al de las mujeres corrientes? Y sin embargo, ¿no somos ambas mujeres? ¿No es dolorosamente dulce hablar de nuestras debilidades? Vos no queréis escucharme... fría e inmóvil como la estatua de vuestro propio panteón... ¡No sois sólo vos! Estos hombres infieles nos hacen lo mismo a todas: ¡son unos monstruos! Cualquier cosa transforma su corazón, ¿pero acaso somos nosotras inmunes a las crueles y deliciosas transformaciones? Cuando creo pertenecer a uno solo, cuando estoy segura de mí misma, un sentimiento amoroso me vuelve a embargar. Digo la verdad y lo confundo, soy fiel y entonces soy mala, porque todo se mide con patrones falsos: lo traiciono y lo sigo amando. Así fue con Pagliazzo, con Mezzetin, después con Cavicchio y con Truffaldin; ¡incluso creo que a veces eran dos! Pero nunca por capricho, siempre por necesidad. Como un Dios llegaba cada uno, me besaba en todas partes, y yo caía rendida, muda..."

Ariadna tampoco ha prestado mucha atención a Zerbinetta, por lo que la compañía, exasperada por la autocompasión de Ariadna, desiste de animarla, y canta, baila y juega para sí misma.

De pronto, se avista un barco. La Náyade, la Dríade y el Eco, entusiasmadas, llaman a Ariadne: ¡es él, el consuelo, el esperado! Es Baco, que viene huyendo de Circe: la maga que transformaba a los hombres en animales y hierbas no ha podido, sin embargo, atraparle a él. Al llegar a Naxos Ariadna sale a su encuentro: no es Teseo, es el otro dios. Convencida de recibir al mensajero de la muerte, le saluda. Él cree estar ante otra maga, pero es cautivado por Ariadne. Le anuncia que ha venido en un barco y ella le pide que se lo lleve con él. Baco comprende su divinidad al tiempo que Ariadna se le entrega: ambos son transformados. Zerbinetta se asoma para decir que estaba en lo cierto, pues siempre llega un nuevo dios. Baco conduce a Ariadna por su nueva divinidad declarándole: "Antes morirán las estrellas que tú entre mis brazos".

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Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.


Última edición por Peter Quint el 04 Jun 2008 1:10, editado 2 veces en total

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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com