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 Asunto: Dic. VII: 3a Jornada El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 2:31 
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El Ocaso de los dioses

“El Ocaso de los Dioses
pone fin a la Tetralogía “El Anillo del Nibelungo”.

La fatalidad y las consecuencias derivadas de la maldición que pesa sobre el codiciado anillo de Alberich, se oponen aquí a la convicción, al heroísmo de Sigfrido y al noble y puro amor de Brunilda.

La partitura de “El Ocaso de los dioses” es una magnífica síntesis del prólogo y primeras jornadas de la Tetralogía.
Los leimotiven esenciales, tan importantes y variados en su desarrollo y constante transformación orquestal, se enriquecen con nuevos leimotiven que determinan hechos, personajes y sentimientos distintos:
hilo del destino, amor heroico, la pérfida amistad de Hagen, filtro mágico, bienvenida de Gutrune, Gunther, vasallos, amor humano de Brunilda, llamada de Hagen, juramento de fraternidad, asesinato de Sigfrido y venganza de Brunilda, entre tantos.

El amplio desarrollo orquestal de los diversos episodios, culmina en los dos soberbios interludios sinfónicos que unen el prólogo con el primer acto y los dos cuadros que integran el tercero.

Recordemos brevemente lo que viene sucediendo en El Anillo del Nibelungo hasta ahora:
El concepto general de la acción dramática ideada por Wagner se concentra en el conflicto producido entre nibelungos, dioses y gigantes por la posesión de un anillo forjado con el oro del Rin, joya que da fortuna y poder omnímodo.

En el Prólogo llamado “Das Rheingold”, ”, nos enteramos de que el oro custodiado en las profundidades del río por las Hijas del Rin, despierta la codicia de Alberich quien al robarlo, mediante la renuncia del amor, vuelve a las entrañas de la tierra y con ayuda de los nibelungos, ahora sus esclavos, forja los más fabulosos tesoros.
Entre ellos hace un anillo con el oro.

Wotan, rey de los dioses, enterado por Loge, dios del fuego y de la astucia, de la existencia de las riquezas del nibelungo, desciende junto a éste al Nibelheim y logra apoderarse de Alberich, a quien exige la entrega del tesoro y el mágico anillo que otorga el poder supremo.
Alberich maldice a todo aquel que posea el anillo (la obra se llama El Anillo del Nibelungo porque se trata del anillo de Alberich).
Pero el pacto concertado con los gigantes, que construyeron el castillo del Walhalla, morada de los dioses y de los héroes elegidos, obligará a Wotan a desprenderse de esas riquezas.

Cuando Wotan no quiere entregar el anillo (dado que sabe que éste representa el máximo instrumento de poder) Erda se levanta de las profundidades de la tierra y le dice que debe entregar el anillo o sino:
-“¡Todas las cosas que son perecerán! Un oscuro día será el ocaso de los inmortales”.

La maldición de Alberich, que ahora pesa sobre el anillo, desencadenará la tragedia, tras diversas alternativas y nuevas gestas de héroes y dioses.
Esta profecía de Erda es el anatema fundamental que lleva al crepúsculo u ocaso de los dioses en ésta última jornada.
Recordemos que anatema no es una maldición cualquiera, sino que en el Antiguo testamento es una condena al exterminio.
La relación tensa entre poder y amor, entre avidez de posesión y entrega, juego y coacción determinará la tetralogía hasta el final.

En la primera jornada titulada “Die Walküre”nos enteramos de la aparición de la valkiria Brunilda, quien salvará a los mellizos amantes Siegmund y Siglinde y será castigada por su padre Wotan a dormir el profundo sueño por culpa de la maldición, sueño del que solo podrá salir gracias a la intervención de un héroe que no conozca el miedo.

En la segunda jornada titulada “Siegfried” aparece el héroe que desconoce el miedo, vencedor del dragón, quien se adueña del yelmo mágico, el Tarnhelm, y del anillo de oro y es llevado por el Pájaro del Bosque a salvar a Brunilda y enamorarse de ella.
La maldición del oro la vemos transmitiéndose de los dioses a sus descendientes, y subsistiendo mientras la falta original no sea redimida, y el oro devuelto al Rin.

En esta última jornada se realizarán las profecías de Erda: todo pasa, todo tiene su fin; no hay poder que sea eterno; los dioses, que quisieron eternizarse en el poder, no han hecho más que acelerar su inevitable ocaso: cometieron la falta de construir el Walhalla para dominar desde allí el mundo; robaron el oro para que nadie fuera tan fuerte como ellos, viéndose luego obligados a cederlo; quisieron crear una fuerza libre que les ayudara a reconquistarlo, y esta fuerza (Sigfrido) ha venido a precipitar el fin; ante la nueva savia, el mundo viejo muere; el crepúsculo se aproxima.

Llegamos entonces al momento de la tercera jornada
“Götterdammerung”, literalmente el crepúsculo de los dioses.
Los personajes del mito, que han sostenido elocuentemente la acción de las jornadas anteriores ceden aquí su puesto a los hombres, que prosiguen en la tierra la dura lucha iniciada en la segunda escena de “El Oro del Rin”, al enterarse Wotan, por el relato de Loge, de la existencia de los tesoros del nibelungo.
El mismo título nos muestra que, aunque Wotan no aparece en escena, también aquí la acción principal es la que se desenvuelve en el alma del dios, y tanto la música (con el leitmotiv de Wotan, el de su lanza, y el del poder de los dioses) como los relatos de los personajes, nos recuerdan permanentemente la presencia del dios.

En el Prólogo de El Ocaso nos encontramos en la roca de la valkiria, la decoración es la misma del acto final de La Valkiria.

Es de noche y hay tres mujeres de lúgubre y misterioso aspecto.
Son las Nornas, criaturas elementales, hijas de Erda, que tejen el hilo de la vida, hilo que enlaza pasado, presente y futuro, nos cuentan lo que ha pasado y predicen lo que pasará.




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Son tres altas mujeres envueltas en sendas túnicas obscuras.
La más vieja, está al pie de un corpulento pino; la segunda, se sienta sobre una peña delante de la gruta que se ve a la izquierda; la más joven aparece sobre una elevada roca, al fondo.
La primera de ellas, Norna del Pasado, nos cuenta el origen del poder divino, cuando Wotan se hizo una lanza con una rama del Fresno del mundo, nos dice que ya no puede atar el extremo del hilo al Fresno del mundo (símbolo de la existencia), porque se ha secado y ya no existe.
Se escucha en palpitantes acordes el leitmotiv del poder de los dioses.

- “¿Sabes, hermana, cómo sucedió?” -dice arrojando el hilo a la segunda Norna.
La segunda, cuenta cómo fue rota la lanza sagrada por un héroe joven y audaz:
-“Un héroe rompió la lanza de Wotan, y aquel día se secó el árbol; el dios mandó entonces a los héroes del Walhalla para que cortasen las ramas del Fresno, y éste se vino al suelo; ¿qué sucederá?” –

La tercera, canta que Wotan ha hecho amontonar los pedazos del tronco alrededor del Walhalla; si acaso arden, llegó el fin para siempre y vaticina el cercano fin de los dioses, en un incendio colosal que consumirá su reino.
Mientras está hilando, cada vez es más difícil tejer el hilo, pues se enreda y se retuerce; la Norna del Pasado no acierta a ver en lo que fue; la del Presente advierte que las asperezas de la piedra muerden su labor; el tejido se enreda:
-“Lo roe envidioso el anillo del Nibelungo: la maldición destroza las hebras”-.


La Norna del Porvenir no alcanza a atar el extremo... ¡Horror! ¡El hilo se ha roto!!...
El hilo se corta mientras se escucha el leitmotiv de la maldición, porque un anatema implacable pesa sobre el mundo.
Por más que no volvamos a ver ya ni a Wotan ni a los dioses, sentimos, no obstante, que sobre todo cuanto ocurra pesa la fatalidad de la maldición.
Las Nornas desaparecen.

Amanece.
Esto es importante porque Sigfrido es la personificación del sol, cuando despierta lleva la vida y la alegría al mundo, mientras que reinan la calma y la oscuridad cuando sus ojos se cierran.
Despiertan Brunilda y Sigfrido.
El joven, devenido hombre, va a partir para realizar nuevas proezas, y deja a Brunilda, como prenda de amor, el anillo de oro que él robó procedente del tesoro que custodiaba el dragón.

El héroe va a partir en busca de empresas heroicas para depositar sus victorias a los pies de su amada como ofrenda de amor.
-“Amadísima, te dejo aquí, al solemne cuidado del fuego, y a cambio de tus enseñanzas te entrego este anillo. Todas mis hazañas se concentran en la virtud de este anillo. Maté al salvaje dragón que lo defendía.
¡Protege tú ahora su poder, como prenda sacra de mi fidelidad!”-
le dice él.

Ella, en cambio, le ha dado sus armas de valkiria y su corcel Grane.
-“Acuérdate de la mujer a quien despertaste, acuérdate del juramento que nos une, y viviré siempre en tu corazón”-le dice ella.


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Parte Sigfrido de la roca de Brunilda. Su cabalgadura es Grane, y porta a Nuevo Nothung, la espada y a Tarnhelm, el yelmo mágico.
Desea realizar las hazañas que le demanda su victoriosa juventud. Brunilda lo bendice y se despiden con ardiente entusiasmo.
Parte Sigfrido, oyéndose a lo lejos el eco de su cuerno de caza.


El Prólogo presenta, a la manera de un amplio preludio sinfónico-vocal, un marcado contraste entre estas dos escenas: la profunda y misteriosa imponencia de las Nornas y la luminosa y radiante exaltación épico-amorosa de la despedida de Brunilda y Sigfrido.

Pasamos sin interrupción al Acto Primero, en una transición musical popularmente conocida como “El viaje de Sigfrido por el Rin”, que no es un trozo musical simplemente descriptivo, sino una interesantísima asociación de ideas que sugiere la marcha del héroe en busca de aventuras.

El movimiento orquestal se acentúa con desbordante alegría, recordando los leitmotiven del héroe y de su amor, las notas del fuego, que tienen aquí singular vida, nos hacen representar la imagen gozosa del intrépido joven a través del fuego, viene después el leitmotiv de la Naturaleza, el leitmotiv primitivo del Rin, con sonoridades poderosas que aumentan hasta destacarse con fortísima energía el leitmotiv del ocaso de los dioses.

Luego se escucha el leitmotiv de las Hijas del Rin, que lloran por el oro apagándose por fin esta serie de recuerdos (verdadera historia, en música, de los primeros hechos que originaron las catástrofes de la Tetralogía) y aparece el leitmotiv del anillo maldito.

En éste momento la música toma un carácter caballeresco, con esa precisión típica que sabe encontrar Wagner, nos presenta ahora el aspecto del medio en que va a desenvolverse la acción: es un leitmotiv reposado y grave.
Finaliza así el primero de los interludios sinfónicos.

En el Primer Cuadroestamos en el palacio Gibich, de Gunther, a orillas del Rin.



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Alrededor de una mesa están Gunther, el rey de los guibichungos, y su hermana Gutrune, hijos de Grimhild y Gibich, quienes conversan con su hermano Hagen, hijo de Alberich y Grimhild (cuando la esposa de Gibich aceptó tener un hijo a cambio de oro).

Los hermanos poseen valor, juventud, belleza, una tropa de aguerridos vasallos, buen nombre y rica herencia, proveniente del oro que pagó Alberich a Grimhild para darle un hijo. Hagen, en cambio, es un siniestro personaje, guerrero y torvo que prosigue la obra de odio y venganza de su padre y es quien ahora anhela la posesión del poderoso anillo. Despierta en sus hermanos la voluntad de poder y deseo.

Gunther heredó la primogenitura y Hagen heredó la sabiduría, si Gunther es poderoso y fuerte, Hagen es astuto, sus consejos son engañadores, y se aprovecha de las debilidades de sus hermanos.

Sabe que Sigfrido conquistó a Brunilda, pero callándolo, aconseja a Gunther y Gutrune que aumenten el brillo de la dinastía con ventajosas uniones.


-“Veo los hijos de Gibich en el apogeo de su fuerza y madurez, pero...
tú, Gunther, aún no te has casado, y tú Gutrune, no tienes marido.
Tenéis riquezas pero os veo, a ti Gunther, sin mujer, y a ti Gutrune, sin esposo”-



Hagen indica la manera de conseguir la felicidad que falta a los hermanos.
Al rey le sugiere que le convendría por esposa tomar a Brunilda, la mujer más hermosa del mundo, que reside en una montaña rodeada de fuego.

Para Gutrune, el mejor esposo sería Sigfrido, el más famoso de los héroes.
Gunther, sin embargo, no es capaz de franquear la barrera de llamas que protege a Brunilda. Solo Sigfrido, el más fuerte de los héroes puede lograrlo.

-“Si Sigfrido te trajera a Brunilda hasta aquí ¿no se convertiría en tu esposa?”-


Si Gutrune hace que Sigfrido la ame, entonces el héroe (único que podría pasar a través de las llamas) conquistaría a Brunilda para Gunther. Gutrune desconfía:

-“¡Hagen, burlón! ¿Cómo podría enamorar a Sigfrido? Si él es el más glorioso
de los héroes del mundo, la mujer más hermosa de la tierra ya lo habrá atado hace tiempo”-.




Hagen dice que para conseguir esto, basta con que Sigfrido tome la bebida de amor,
el filtro del olvido que guarda Gutrune. Los hermanos guibichungos ignoran que Sigfrido despertó a Brunilda y que se aman.
Hagen acrecienta la frustración de la vanidad de Gunther al revelarle que el fuego que defiende a la valkiria, sólo puede ser atravesado por un héroe que desconozca el miedo, y que ese héroe, sólo puede ser Sigfrido.

Si Gutrune lo seduce previamente, accederá a favorecer al rey, trayendo a Brunilda. Como Sigfrido va en busca de aventuras, es probable que llegue hasta el palacio. Entonces Gutrune le ofrecerá, como bebida de hospitalidad, el filtro del olvido.
Así, aunque ame a cualquier otra mujer, la olvidará inmediatamente,
apasionándose por Gutrune.

El diálogo inicial entre Gunther y Hagen, anticipa el ambiente sombrío y la presencia inmaterial de la tragedia. La orquesta expone, por primera vez, el leitmotiv de los Guibichungos y las caracterizaciones instrumentales de Hagen, Gunther y Gutrune.
La intervención de esta última en el diálogo, opone un breve paréntesis luminoso a las oscuras tonalidades de la orquesta.
Lo que desconocen Gunther y Gutrune es que Sigfrido y Brunilda son pareja, y que el único fin que persigue Hagen es recuperar el anillo para su padre.

El plan propuesto por el malvado y astuto Hagen se cumple pronto.
Sigfrido viaja por el Rin en una barca.
Ha oído historias sobre el poder y de la nobleza de la estirpe de Gibich. La llegada de Sigfrido, anunciada en la lejanía por los ecos de su cuerno de plata, se hace pronto presente con la plena sonoridad de su leitmotiv, derivado del leitmotiv original de la espada pero en un modo más majestuoso.


Última edición por Jalu el 07 Ene 2006 18:02, editado 4 veces en total

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 Asunto: El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 2:32 
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Cuando Sigfrido se acerca al palacio, mientras se escucha el leitmotiv de la maldición de Alberich, Hagen lo saluda y le grita:
-“¡Detente en esta orilla! Te brindo hospitalidad, ¡Salve, excelso héroe!”-

Se encuentran por primera vez el hijo de la luz y el hijo de las tinieblas,
el descendiente de Wotan y el descendiente de Alberich el Nibelungo.
Se escucha el leitmotiv caballeresco y heroico del hijo de los welsungos,
la música tiene aires marciales y viriles.

Mientras se retira Gutrune, entra Sigfrido, y dirigiéndose a los dos hombres, les pregunta cuál de ellos es Gunther, cuya fama ha oído ensalzar.
Viene a combatir o a ofrecer su amistad. Sigfrido no puede corresponder a los ofrecimientos de Gunther con bienes ni vasallos, pues sólo posee su acero y su persona, que pone a disposición del guerrero.

Gunther le da su cordial bienvenida. Hagen interroga a Sigfrido sobre
el tesoro forjado por los nibelungos, y pregunta si Sigfrido se llevó el anillo.
El héroe contesta que al matar al dragón desdeñó las riquezas guardadas por el monstruo. Sólo tomó como recuerdo un yelmo que lleva colgado en su cinturón y un anillo que entregó a una mujer sublime
–“Lo entregué a una mujer divina”-

Hagen comprende que alude a Brunilda. Nótese que cuando Sigfrido habla
de Brunilda, Gutrune no se halla presente en la escena.
Entra Gutrune para saludar a Sigfrido y ofrecerle la bebida de hospitalidad.
El leitmotiv de la traición se escucha varías veces a lo largo de esta escena.
Bebe el huésped, dedicando un recuerdo a su amada Brunilda, la cual se borra instantáneamente de la memoria de Sigfrido, y quedando fascinado por Gutrune,
le pide a Gunther que se la conceda por esposa.

El rey Gunther accede gustoso a darle a Sigfrido su hermana por esposa, y por su
parte, ruega a Sigfrido que conduzca a Brunilda hasta el Rin para desposarse con ella.
El héroe puede atravesar el fuego que la protege, y el yelmo, cuya virtud mágica ha revelado Hagen, servirá para que Sigfrido tome la figura de Gunther engañando a Brunilda.
Los dos amigos celebran un pacto de alianza, pronunciando su juramento
de fidelidad, a la usanza de los antiguos germanos.

Hagen llena de vino un cuerno, y los dos guerreros se hacen con sus espadas cortes en los brazos, dejando caer la sangre en el vino que toman al mismo tiempo, se escucha el leitmotiv de la maldición del Nibelungo (como indicando que todo aquello es la obra siniestra del enano), y un curioso recuerdo del leitmotiv del pacto: es el esperpento de los convenios que garantiza la lanza rota de Wotan.
Sigfrido dice:
-“Lo único que poseo es una espada que yo mismo forjé.
¡Que mi espada sea garantía de mi juramento!”-


Juran: -“Si rompe alguno el juramento, si un amigo traicionara al otro, las gotas de sangre que hoy tan solemnemente hemos bebido fluirán como ríos para matar al amigo, lo que en gotas bebimos, salga a torrentes del pecho del traidor”-


El juramento de Gunther y Sigfrido, ahora hermanos de armas, ofrece adecuado carácter acentuado por la fatídica enunciación del leitmotiv de la maldición, ante la cual también ellos habrán de sucumbir.

El bastardo Hagen no participa en el pacto, después del cual salen Sigfrido y Gunther en busca de Brunilda.
Vuelve a presentarse un momento Gutrune para ver partir a los guerreros que se embarcan, y Hagen se queda en seguida solo y satisfecho al ver que empieza a triunfar su perverso plan.

Se escucha un intermedio sinfónico, en el que aparecen todos los leitmotiven precedentes (como reconstituyendo las escenas pasadas), y en marcado contraste aparece la inversión del “Viaje de Sigfrido por el Rin”, en vez de los sones alegres de la libertad y la confianza, aparecen ahora los leitmotiven del héroe combinados en el leitmotiv sinuoso del anillo, el del pacto (aludiendo al que lleva a Gunther y a Sigfrido
a la empresa que aventuran), el del odio de Hagen y la maldición del Nibelungo unida al amor de Brunilda, finalmente surge un recuerdo expresivo del leitmotiv de la renuncia al amor: la música sintetiza la acción del drama y hace presentir que la ausencia de amor todavía existe en el mundo para causar males y víctimas.


En el Cuadro Segundo estamos nuevamente en la roca de las valkirias.
Vemos a Brunilda absorta en la admiración del anillo, prueba ferviente del amor de Sigfrido. Besa el anillo.


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Brunilda espera impaciente el regreso de Sigfrido.
Un relámpago rasga las nubes. De pronto oye un rumor que le recuerda otro tiempo.
Es el grito selvático de una valkiria que cabalga sobre las nubes hacia la roca.
El sordo rumor de un trueno y el leitmotiv de las valkirias anuncian la llegada de su hermana, la valkiria Waltraute.

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Brunilda la recibe con mucha alegría. ¿Pero, cómo se atrevió su hermana, al ir a verla, a desobedecer el severo mandato de Wotan?
La imagen de Wotan es evocada en nuestra imaginación por las palabras de Waltraute y por la música:


“Así está sentado en su elevado sitial, sin decir una palabra. Pero el dios no ha olvidado a Brunilda. Entonces se apagó su mirada Brunilda, piensa en ti y con impaciencia aguarda el regreso de sus Cuervos: Si un día regresaran con buenas noticias, entonces, una vez más, por última vez, sonreiría eternamente el dios”-

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La presencia de Waltraute, trae el recuerdo de Wotan y el eco de las desventuras
de los míticos moradores del castillo del Walhalla.
En su relato queda expuesta la renuncia de Wotan y su deseo de que el anillo sea devuelto, para liberación de hombres y dioses, a la vez que expone la decadencia
divina y la desolación que envuelve al mundo del Walhalla.

Waltraute le refiere que precisamente viene para intentar salvar a los dioses de la catástrofe que los amenaza. Desde que Wotan castigó a su hija, recorrió el mundo
sin cesar como el Caminante, viajero solitario.
Al fin regresó un día al Walhalla con su lanza rota.
Entonces ordenó a los héroes que derribasen el Fresno del mundo, y amontonasen la leña en la mansión divina.
Mudo y sombrío, reina el soberano de los dioses. Las valkirias permanecen suplicantes a sus pies, pero el dios, indiferente, ni las mira.

Wotan ha renunciado ya a su ambición; el rey de los dioses, tras errante peregrinar, vencido por la irresistible espada de Sigfrido, sólo desea que la joya maldita, el anillo del nibelungo, que causa de tantas desventuras, sea restituida a las profundidades del Rin, para que cesen los efectos del anatema que pesa sobre
el mundo.
Una vez pensó en Brunilda y murmuró:
-“Si devolviese al Rin el anillo maldito, salvaría al universo del anatema”-.

Waltraute oyó estas palabras del padre y ha volado con su corcel hasta Brunilda,
para rogarle que se desprenda del anillo de oro.
Su relato constituye una evocación musical de todas las escenas de Wotan, el Walhalla, el sombrío desaliento del dios, el crepúsculo que amenaza el anillo, la maldición de Alberich y se escucha melancólico el tema de la juventud de Freia, justo en el momento en que la valkiria dice que su padre ya no prueba las manzanas de oro del jardín de la diosa.

Waltraute suplica:

-“¡Tira el anillo maldito al Rin para poner fin a la desgracia del Walhalla!”-

Pero Brunilda sólo ve en su sortija el amor de Sigfrido.
Para ella el anillo es el testimonio del amor de su amante, y responde que aunque perezcan los dioses, ella no piensa entregar su anillo.

Los ruegos de la doncella guerrera no logran enternecer a Brunilda, ahora mujer enamorada, quien no se desprenderá de la joya.

Renunciar al anillo es renunciar a Sigfrido, pues desde que su amante la ha despertado, no tiene más sabiduría que el amor cuyo símbolo es el anillo.
¡Perezca el Walhalla y el mundo entero antes que renunciar al amor!:
-“¡Nunca renunciaré al amor, nunca me separarán del amor, aunque el radiante esplendor del Walhalla caiga en ruinas!”-

Waltrauta se aleja desesperada, exclamando:
-“¡Maldita, hermana estás maldita! ¡Desgraciada de ti! ¡Desgraciados los dioses!”-

y se la ve correr sobre una nube de tempestad, acompañada de los relámpagos y el huracán.


Parte desolada con el leitmotiv de la cabalgata de las valkirias de música de fondo.
Ahora se oye el cuerno de caza de Sigfrido.
Brunilda corre al encuentro del héroe, pero retrocede horrorizada ante la presencia de un desconocido.
Ella no lo reconoce pero es Sigfrido, quien bajo el yelmo mágico aparece transformado en la figura de Gunther.

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La voz de Sigfrido se escucha ronca, desconocida, diciéndole que se convertirá en la esposa de Gunther:
-“¡Te he conseguido como esposa! ¡Debes seguirme!”-

Brunilda se desespera: : -“¡No te acerques más! ¡Debes temer este símbolo! No podrás empujarme a la deshonra mientras este anillo me proteja”.-


Ambos luchan. Brunilda se zafa, escapa y se da la vuelta como para defenderse. Sigfrido vuelve a agarrarla.
Ella huye, él la alcanza, forcejean él la agarra por la mano y venciendo la resistencia de Brunilda le arranca el anillo del dedo:
-“¡Este anillo será tu anillo de bodas!”-

Brunilda grita desesperada.
Al caer, como rota, en los brazos de él, su mirada choca con la de Sigfrido.
Éste la deja caer exánime en un banco de piedra.
Sacando la espada hace un juramento y dice con su voz natural:

-“Nothung, sé testigo de que le hice la corte con castidad.
¡Para mantenerme fiel al hermano, debes separarme de su esposa!”-

Invoca el acero de su espada como testigo de que respetará a la mujer, manteniéndose fiel a su hermano de armas.
En ese momento se escucha el leitmotiv del honor, derivado del leitmotiv original de la espada.
Desde este instante la antes gozosa valkiria será el dolor inconsolable, el lamento cósmico de la Naturaleza alterada manipulada, explotada sin control, despreciada, y engañada.

Un preludio estridente y áspero en sus acordes, da comienzo al Segundo Acto:
las notas sobresaltadas (síncopas) de la ira del Nibelungo indican claramente que la tenebrosa labor del mal no descansa. Estamos nuevamente en el palacio de los guibichungos.

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Última edición por Jalu el 07 Ene 2006 4:17, editado 2 veces en total

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 Asunto: El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 2:33 
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A la izquierda corre el Rin entre grandes rocas, sobre tres de ellas hay altares consagrados, uno a Freia, otro a Fricka y el más elevado a Wotan.
El cuadro respira la grandeza ruda y primitiva de los antiguos germanos.
Es de noche.
En el pórtico del palacio, con su lanza y su escudo, Hagen descansa como si estuviese dormido, pero con los ojos abiertos como un sonámbulo.

Su conciencia nunca cesa de tramar los siniestros planes.
Wagner ha realizado aquí otro rasgo de genio en esta escena original: como si fuera la personificación de aquella conciencia, hace aparecer la figura de Alberich inspirando en sueños a su hijo.

Deslizándose furtivamente entre las sombras de la noche, incita a su hijo, en un último intento de recuperar el anillo que le fuera arrebatado por Wotan, a perseverar en sus siniestros planes de venganza.

-“¿Duermes, hijo mío? ¿Me oyes? Wotan fue vencido por su propia estirpe, por Sigfrido, éste es el dueño del mundo; si acaso llega a hacer uso del inmenso poder que el anillo tiene, dirige a él tus ansias, te eduqué para que pudieses alimentar en tu pecho el odio implacable,; con él lograrás vengarme. ¿Me lo juras, Hagen, hijo mío?”-

Es preciso reconquistar el anillo que posee Sigfrido, pero como este héroe es invencible, sólo puede dominársele por la astucia.
Alberich desaparece como una sombra, mientras Hagen se jura conquistar el anillo.

Amanece. (Alberich siempre aparece en las penumbras, pues es el príncipe de las tinieblas)

El amanecer a orillas del Rin es admirablemente reflejado por la orquesta con suaves y coloridos efectos instrumentales.
Llega Sigfrido, junto con la luz del sol, y cuenta que, bajo la figura de Gunther, gracias a la magia del yelmo, obligó a Brunilda a seguirlo, entregándola en seguida a su amigo.

Gutrune, que sale para saludar al héroe, se regocija al saber que pronto llegará su hermano con la hermosa novia, casándose ella al mismo tiempo con Sigfrido.
Dejan solo a Hagen, el cual llama a los guerreros y vasallos para que se apresten a recibir al rey. Se abren las puertas y acuden tumultuosamente, creyendo que son llamados a la explanada del palacio para combatir, pero en seguida prorrumpen en exclamaciones de alegría al saber que van a festejarse las bodas del soberano y las de Gutrune.

El llamado de Hagen a los vasallos proporciona el primer momento coral de toda la Tetralogía. Trompas internas con reiterados llamados y la grandiosa presencia de los guerreros conforman un episodio de imponente solemnidad.

Las indicaciones de Hagen, disponiendo sacrificios para los dioses, confieren a este fragmento una atmósfera de primitiva y ruda grandeza.
Llegan Gunther y Brunilda.
Los vasallos los aclaman mientras el rey avanza llevando de la mano a la novia, con aspecto triste y sin levantar la vista del suelo.
Sigfrido y Gutrune salen a su encuentro.
En ese instante Brunilda alza los ojos y se queda horrorizada y llena de estupor al ver a su Sigfrido.

A punto de desfallecer de angustia, Sigfrido la sostiene y entonces Brunilda ve que el héroe lleva el anillo en su dedo.
¿Cómo es posible? ¿A ella se lo arrancó Gunther y el emblema de su unión está en posesión de otro hombre?
Gunther, confuso, no sabe qué decir, Sigfrido confiesa:
–“Recuerdo que este anillo lo gané al dragón, y no sé cómo volví a obtenerlo de una mujer”-.

Brunilda, despechada, declara ante todos que Sigfrido ha sido su amante.
La conmoción es tremenda.
Sigfrido jura su inocencia.

Entonces Hagen presenta su lanza para que el héroe jure sobre el arma que fue leal, Sigfrido jura:

-“¡Brillante lanza! ¡Arma sagrada! ¡Prueba la verdad de lo que juro!
¡Atraviésame tú si un arma debe atravesarme; encuéntrame tú
allí donde haya de encontrarme la muerte, si la mujer reclama en derecho y yo he sido infiel a mi hermano!”-

Sigfrido no lo sabe, pero en ese momento está firmando su sentencia de muerte.
Este juramento, y esta lanza, serán fatales para él.
En este momento se escucha el leitmotiv del juramento, que es una transformación del leitmotiv de la espada, porque hace también referencia al heroísmo, pero ésta vez aparece como un conflicto entre el intervalo de quinta ascendente y el intervalo de quinta descendente.

Brunilda toma la punta de la lanza de Hagen con salvaje violencia:
-“¡Conjuro a tu vigor para que le atravieses; bendigo a tu filo
para que le hieras, pues ha roto sus juramentos y ese hombre es ahora un perjuro!”-

Sigfrido insiste en defender su pacto de amistad con Gunther, se dirige a éste y a los guerreros:
-“Dejadle que sosiegue la selvática mujer de las rocas. Me parece que el yelmo no me cubrió del todo bien; pero pronto se apaciguará su furor... ¡Ea, seguidme al banquete! ¡Reine la alegría, y, puesto que el amor alegra mi ánimo, iguáleme, si puede, el más dichoso!”-

Y abrazando a Gutrune, penetra en el palacio seguido de las mujeres y de los guerreros, entre los brillantes sones de las bodas.
Brunilda, Gunther y Hagen se quedan solos.
Este último les sugiere a los otros dos la idea de una traición de Sigfrido.
El abochornado Gunther aún vacila, Sigfrido es su hermano de armas, han hecho un juramento juntos, no puede creerlo:
_ “¿Me ha traicionado en efecto?”-

Teme también causar irreparable dolor a su hermana Gutrune, pero Brunilda y
Hagen lo acosan. Brunilda, ahora mujer engañada, exige una venganza expiatoria para el deshonor que ha sufrido.
Entonces los tres deciden a confabularse para asesinar a Sigfrido.

Es en éste momento que vemos como Sigfrido y Brunilda, antes ennoblecidos por el amor, ahora sucumben ante la arrolladora fuerza del Mal, representada aquí por Hagen, el receloso heredero del odio de Alberich.
En su desolado abandono, Brunilda revelará la invulnerabilidad del héroe y confiesa a Hagen que nadie es capaz de matar a Sigfrido.

Solamente podría ser herido por la espalda, pero como no es un cobarde y jamás huye del enemigo, nunca le vuelve la espalda a éste.

-“Sigfrido sólo puede ser herido por la espalda ¡pero quién podrá vencerle si a nadie volvió el rostro!”-

Al conocer éste dato, Hagen forma un plan, y propone a Gunther, abismado en su dolor y vergüenza, que Sigfrido sucumba en una cacería.
El rey duda todavía en ser desleal a su hermano de armas.
Al final él también se decide, y los tres personajes se conjuran para que perezca Sigfrido.

Hagen jura en nombre de Alberich, padre de los genios de la noche, y queda así unido a las profundidades de la tierra; en cambio Gunther y Brunilda juran en nombre de Wotan, el soberano de los dioses, dios de la guerra.

Brunilda se encamina a la sala nupcial, seguida por Gunther, mientras Hagen goza con la odiosa venganza de su padre que será su obra.
En la imponente escena final se escucha su voz vengativa y el leitmotiv del Walhalla, como sombría advertencia.
La idea de venganza y el leitmotiv dominante de Hagen, sintetizan musicalmente esta escena de aterradora grandeza trágica.

Al comienzo del Tercer Acto, en el Cuadro Primero estamos otra vez en las cercanías del Rin. El fresco murmurar de las aguas del Rin se presenta en el preludio.

El hermoso leitmotiv del llamado de Sigfrido que lo inicia, y el delicioso canto de las Hijas del Rin predomina en la caracterización musical del resto de la escena, verdadero oasis de luminosa serenidad en medio de los sombríos acentos que alientan la tragedia.

Las Hijas del Rin recuerdan el oro que custodiaban en otro tiempo, ahora están tristes y oscuras, serían felices si alguien pudiera devolverles el oro, que les fue robado un día.

-“¡Oro del Rin, oro brillante! ¡Cómo relucías antes, estrella de las profundidades! ¡Mándanos, oh, sol, al héroe qué nos devuelva el oro!”-

El sonido lejano de un cuerno les anuncia que se aproxima un cazador.
Ellas se alejan y en la orilla boscosa aparece Sigfrido, quien se ha extraviado, persiguiendo a un oso.
Las Hijas del Rin aparecen en la superficie y al ver que el héroe lleva en su dedo el anillo forjado con oro del río, le ruegan que se los entregue.


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Sigfrido rehúsa desprenderse de la joya que conquistó al dragón Fafner y su negativa provoca burlas y censuras en las ninfas, que se hunden otra vez en la corriente.
Para atraerlas nuevamente Sigfrido dice estar dispuesto a darles el anillo, pero ellas lo rechazan diciendo que el anillo está maldito y que le procurará una terrible desgracia.

-“Sólo las aguas del Rin podrán purificar el oro y librar al mundo de la maldición”-

Pero la inocente espontaneidad del muchacho, devenido hombre, se ha convertido en necia temeridad. Las Hijas del Rin le vaticinan:
-“Una altiva mujer te heredará hoy mismo, desdichado: ella nos atenderá mejor que tú.”-


Pero Sigfrido desprecia el peligro, no tiene nada que temer.
Ya Fafner le anunció el anatema y si por las delicias del amor cedería el anillo, jamás lo entregaría por miedo.
Si tuviera que vivir esclavizado por el temor, arrojaría su vida como un puñado de tierra al viento. Además, si las Nornas, según le anuncian las Hijas del Rin, tejieron su muerte en el hilo de la vida, su espada Nuevo Nothung, que partió una lanza sagrada, cortará también el hilo de la fatalidad.

-“Con gusto cedería este anillo que me da el dominio del mundo, a las delicias del amor; pero ante las amenazas de la muerte, no lo he de dar. Si tuviese que sujetar mi cuerpo y mi vida con las cadenas del mundo, mirad, así arrojaría mi vida y mi cuerpo”- y arroja un puñado de tierra al viento.

Las Hijas del Rin le advierten que morirá muy pronto por su locura temeraria y desaparecen en el río.

Brunilda no quiere ceder el anillo porque es una prenda de amor.
Sigfrido no lo da por la libre despreocupación de quien no conoce la desgracia ni el temor.
De este modo es como, causas psicológicas distintas, producen análogos resultados. Nosotros, pobres seres humanos, somos ciegos, nos obstinamos en el error, sin que basten las advertencias a rectificar nuestras resoluciones y juicios presuntuosos.

Pero la terrible lógica de los hechos es la que domina en nuestro destino, y por más que pretendamos razonar, explicar y comprender, los hechos se suceden y nada prevalece ante la irresistible necesidad de un encadenamiento.
Los cazadores, que buscaban a Sigfrido por el bosque, le llaman a gritos y Hagen hace resonar su cuerno, al que Sigfrido responde con su toque de caza.


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Gunther desciende por la colina con sus hombres. Los cazadores se disponen a descansar en aquel fresco paraje, mientras Sigfrido, riendo, les cuenta que las Hijas del Rin, ondinas, ninfas del río, acaban de predecirle su inmediata muerte, pero él, para distraer a sus compañeros, les propone referirles sus proezas juveniles.

Cuenta como fue criado por el nibelungo Mime, y como él mismo se forjó su fuerte espada, Nuevo Nothung, con la cual mató al monstruo y unas gotas que absorbió de la sangre del dragón obraron la maravilla de hacerle comprender el lenguaje de las aves del bosque.
Hagen, fingiendo mucho interés por la narración, le ofrece una bebida para que aclare su memoria, que contiene un antídoto al filtro del olvido que le diera Gutrune.
-“Toma esta bebida refrescante que renovará en tu memoria los pasados hechos”-

En ese momento suena el leitmotiv del amor de Brunilda, mientas la bebida devuelve a Sigfrido el recuerdo de Brunilda, borrado por el anterior filtro mágico.
Prosigue contando como el Pájaro del Bosque le reveló la existencia de una hermosa mujer que se hallaba en una montaña rodeada de fuego.
Corrió hasta ella, despertó a Brunilda y la hizo suya. Este fue el premio a su valor.

En ese momento dos Cuervos echan a volar desde un arbusto, describen un círculo sobre Sigfrido, y vuelan después hacia el Rin: son los Cuervos de Wotan.
Hagen pregunta a Sigfrido si comprende también el graznido de aquellas aves.

-“¿También entiendes lo que dicen esos Cuervos?”- volverse Sigfrido a contemplarlos, instantáneamente el guerrero clava su lanza en la espalda de Sigfrido, diciendo:-“¡Me piden venganza!”-

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Tan rápido es el movimiento, que Gunther y los suyos no tienen tiempo de impedirlo. -“¡He vengado el perjurio!”-


Última edición por Jalu el 14 Abr 2006 1:34, editado 3 veces en total

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 Asunto: El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 2:34 
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Sigfrido levanta su escudo para defenderse, pero no lo logra y cae pesadamente al suelo, mientras que estridente, fortísimo, se escucha su vigoroso leitmotiv, seguido de unos acordes terribles y violentos como la fuerza del héroe que se desploma.

Estos acordes, seguidos de un pavoroso estremecimiento en los contrabajos, dan no se sabe qué de siniestro y lúgubre a estos instantes, diríase que es la conmoción de aquellos varoniles corazones al presenciar tan inmensa desgracia.

Sigfrido intenta atacar a Hagen, pero sus fuerzas le abandonan y cae moribundo.
Gunther, acercándose, se agacha, profundamente dolorido, al lado de Sigfrido.
Los hombres rodean compasivamente al moribundo.

La orquesta toca el leitmotiv del despertar de Brunilda.
Sigfrido canta a la novia divina:

-“¡Despierta! ¡Abre tus ojos! ¿Quién te ha sumido de nuevo en sueños?
¿Quién te ató de nuevo al reposo? Ha venido quien ha de despertarte”-.

Desfallece. En sus últimas palabras recuerda, casi en éxtasis, a su amada Brunilda, la mujer sublime.
-“¡Respirar tu aliento!... ¡Oh, muerte suave...! ¡Brunilda me saluda amorosa...!”-y expira dulcemente.

Gunther escucha con asombro y angustia crecientes y empieza a comprender la pérfida maquinación del malvado Hagen.
Sigfrido fallece mientras cae la noche, pues cada vez que desaparece Sigfrido desaparece la luz del sol.
A una indicación de Gunther, los hombres alzan el cadáver de Sigfrido y lo llevan fuera lentamente en solemne cortejo por las rocosas alturas.

La luna asoma a través de las nubes e ilumina cada vez con mayor claridad al cortejo fúnebre, que alcanza las alturas montañosas.
Desde el Rin se ha levantado una niebla que llena poco a poco todo el escenario, por lo que la comitiva fúnebre se va volviendo gradualmente invisible hasta desaparecer.
La estructura musical de éste momento es interesantísima: aparecen al mismo tiempo todos los leitmotiven que durante cuatro jornadas se relacionan con la vida de Sigfrido.

Cuando expira el héroe, reina un imponente silencio que todavía aumenta un leve redoble de timbales pianísimo, sentimos todo el estupor de aquella muerte inaudita.
Después, como un lamento (lúgubres sones de las trompas y tubas), se eleva en la orquesta el triste leitmotiv de los amores contrariados de los padres de Sigfrido, los mellizos welsungos.

La muerte de Sigfrido es un momento de intenso dramatismo, que se expande en la magnilocuencia de la famosa Marcha Fúnebre de Sigfrido, admirable página sinfónica que une este episodio con el cuadro último.
Se escuchan unos acordes rudos, estridentes, ásperos, seguidos de un estremecimiento quejumbroso de los contrabajos que traducen la conmoción de éste dramático momento.

Toda la vida de los welsungos y del último de ellos queda aquí condensada por la diversidad de los leitmotiven que la caracterizaron, no ya en su primitivo aspecto, sino velados por un profundo y avasallador patetismo.

Este es el segundo interludio sinfónico que une al Primer Cuadro con el Segundo Cuadro del Tercer Acto, mientras los vasallos de Gunther conducen el cadáver del héroe hacia el palacio de Gibich.

La muerte del hombre que llegó a ser por la espontaneidad de sus actos “tesoro del mundo” significará el definitivo fraude de un orden y de una sociedad totalmente descompuestos.
En las últimas notas del fragmento se reconocen las trompas, el leitmotiv “heroico”, ahora en menor, lúgubre, expirante, desfallecido, roto, cual estertor de agonía.

En el cuadro segundo estamos en el palacio de Gunther.
Gutrune espera a Sigfrido con angustia y temor, porque los cazadores no regresan.
De pronto se oye la voz de Hagen, quien anuncia que el héroe ha sido víctima de un jabalí.

Entra el cortejo y Gutrune, desesperada, se precipita sobre los restos mortales de su esposo.
Gunther intenta consolarla, pero ella le acusa de haber dado muerte a Sigfrido.

-“¡Atrás -asesino! ¡Oh, dolor! ¡Socorro! ¡Han muerto a mi Sigfrido!”-

Su desesperación no tiene límites.
El rey Gunther revela que el asesino es Hagen, quien se jacta de su infame acción y exige que se le entregue el anillo de Sigfrido, orgulloso exclama:
-“Sí, yo he sido; vengué un perjurio y ahora reclamo mi botín; exijo ese anillo”-

Gunther se lo niega, diciendo que la sortija es herencia de Gutrune.
Entonces Gunther y Hagen pelean, Hagen atraviesa con su espada a su hermano y el rey guibichungo cae muerto. Gutrune grita con horror al caer Gunther.
Todos permanecen paralizados por el terror.
Hagen va a tomar el anillo del cadáver de Sigfrido, pero la mano de Sigfrido se levanta amenazadora.

Todos retroceden despavoridos, al tiempo que de la orquesta surge el leitmotiv de la espada victoriosa de Sigfrido.
Sigfrido tiene heredera legítima.
En ese momento aparece Brunilda, lenta y majestuosamente, aludiendo a su pasado de valkiria.
La muerte de Sigfrido le ha devuelto la videncia, que había perdido con el amor.
Ahora comprende claramente lo sucedido.

La traición fue efecto de la magia pérfida.
Gutrune, fuera de sí, le hecha en cara a Brunilda haber excitado a los guerreros para que mataran a su esposo, y tiene razón:
-“¡Brunilda! ¡La envidia te corroe! Tú nos trajiste esta tragedia, tú volviste a los hombres contra él. ¡Qué pena que vinieras a esta casa!”-

Brunilda le responde severamente:
-“¡Calla, desdichada, no fuiste sino su amante, su concubina, solamente yo fui su esposa legítima, a quien juró fidelidad eterna mucho antes de que Sigfrido te pusiera la vista encima!”-

Gutrune, sollozando, maldice de Hagen, quien la convenció de dar a Sigfrido el filtro del amor:
-“¡Maldito seas Hagen, por recomendarme aquella droga que le robó el marido! ¡Oh, que desgraciada soy! Ahora, de repente, lo entiendo todo. ¡Brunilda era la amada que el brebaje le hizo olvidar!...”-


Se aparta con repugnancia del cadáver de Sigfrido y llena de pesadumbre se deja caer sobre el cuerpo de Gunther, así permanecerá, inmóvil, hasta el final.
Hagen está de pié en el lateral opuesto, apoyado desafiante en su lanza y escudo, sumido en sombríos pensamientos.
Brunilda, sola en el centro; después de haber estado largo rato contemplando a Sigfrido, se vuelve ahora, con solemnidad hacia los súbditos de Gunther.

Brunilda ordena a los vasallos que eleven una pira a orillas del Rin, adornada por las mujeres con lienzos, ramajes y flores.
Están presentes, con presencia física o potencial, los sujetos y los símbolos del gigantesco drama: el fuego (la pira) y el agua (el Rin), Wotan en el Walhalla a lo lejos con la partida lanza entre las manos, el anillo del nibelungo, el yelmo, la espada, y como testigos los Cuervos de Wotan.
En ese momento se escucha en palpitantes acordes el leitmotiv del poder de los dioses, que es una transformación del leitmotiv de la lanza de Wotan, pero esta vez la escala menor ascendente se separa de su inversión, la escala menor descendente.

Brunilda queda absorta de nuevo en la contemplación del amado rostro del cadáver de Sigfrido. Sus facciones van, poco a poco, dulcificándose.

Nadie fue más noble ni más fiel ni más honesto que Sigfrido, nadie amó más que Brunilda. ¿Cómo pudo la mujer llegar a desear la muerte del hombre?

Wagner escribe:
-“Debemos aprender a morir en el más amplio sentido de la palabra… (…) El desenvolvimiento del poema muestra la necesidad de ceder y someterse al cambio, a la variabilidad, a la novedad eterna de la Naturaleza y de la Vida.
Wotan se eleva a la altura trágica de querer su propio aniquilamiento.
La Obra creadora de ésta voluntad suprema de aniquilarse a sí mismo es la conquista del hombre que no conoce el temor y que ama siempre: Sigfrido”.-


Tiernamente, Brunilda se despide de los restos mortales de Sigfrido, expresando cuán grande ha sido su amor y su sufrimiento.
La valkiria reconoce en Wotan, al único culpable de la catástrofe.
Todo es responsabilidad de la maldición que Alberich echó sobre Wotan cuando el rey de los dioses le robó su anillo de oro.

Brunilda proclama que la estirpe divina va a perecer, y dirige a Wotan su último saludo, responsabilizando a su padre de todo lo sucedido:
-“Era el más puro y me traicionó. Engañó a su esposa, pero permaneció leal a su amigo y de su amada, su única amiga, se separó con su espada. Jamás juró un hombre más sincero que él. Jamás un hombre más leal que él hizo un trato. Jamás un hombre más honesto que él llegó a enamorarse. Y sin embargo, traicionó todos sus juramentos y tratos, y traicionó a su más sincero amor: como nadie jamás ha traicionado. ¿Sabéis como ocurrió?”-

Mira hacia lo alto, y le habla a Wotan:
-“¡Oh, tú que tan solemnemente proteges los juramentos! Presta atención a mi dolor creciente. ¡Mira tu eterna culpabilidad! ¡Escucha mi queja, dios majestuoso! Con la más valiente de sus hazañas le involucraste en aquello que tú tanto deseabas y al hacerlo, provocaste tu propia ruina. ¡Yo tuve que ser traicionada por el más puro para que la sapiente se convirtiera en una mujer! ¿Que si sé lo que tú necesitas? Todo, todo, todo lo sé... ahora lo entiendo todo. Hasta puedo oíros a vosotros, Cuervos, moviendo las alas.
Ahora os enviaré a los dos a casa para que llevéis la noticia tan temida y deseada.
¡Descansa, descansa, tú, dios!”-

En estas palabras se halla el sentido de toda la acción del último drama de la Tetralogía. Brunilda cumple la voluntad de Wotan, no aquella voluntad primera de la conquista heroica del universo, sino su voluntad de aniquilar toda voluntad.
Al traicionarla Sigfrido, ella recupera el poder de sabiduría que había perdido al convertirse en mujer enamorada.

Corazón y entendimiento no son ahora más que una sola cosa, ya no existe lucha interna, el último héroe ha sucumbido, y la misma Brunilda no puede sino desear la muerte.
Es inútil que el verdadero protagonista del drama, Wotan, permanezca invisible durante El Ocaso, la música nos revela su alma con una intensidad y potencia persuasiva que superan toda descripción.

Brunilda dispone que los soldados coloquen el cadáver de Sigfrido sobre la pira.
Saca el anillo terrible del dedo rígido del cadáver de Sigfrido y lo contempla pensativamente, luego se lo pone.

Les ofrece a las Hijas del Rin que lo recuperen de entre las cenizas de su cuerpo para que cese la maldición, causa de tantos males:

-“¡Anillo maldito! ¡Terrible anillo! Cojo tu oro y ahora me deshago de él. A vosotras inteligentes hermanas de las profundidades, ninfas nadadoras, Hijas del Rin, os doy las gracias por vuestro buen consejo.
Os entregaré lo que tanto deseáis: ¡Cogedlo de entre mis cenizas! ¡Este fuego que me quema purificará al anillo de su maldición! Vosotras en el agua lo disolveréis y con cuidado protegeréis este oro brillante que tan vilmente os fuera robado”-

Ella quiere extinguirse en el fuego con el anillo puesto como alianza de bodas.
Al igual que en Tristan e Isolda, la muerte la unirá con Sigfrido.
Envía ahora a los Cuervos de su padre en vuelo de mortal retorno al Walhalla.
Les ordena que pasen junto a su roca y tomen con ellos a Loge.
-“¡Volad, cuervos y anunciad a Wotan lo que habéis visto! Decid también a
Loge que abandone la montaña de Brunilda y vaya al Walhalla”-


Invoca a Loge, el dios del fuego, para que las llamas, que han de consumir el cuerpo
de Sigfrido y el de ella misma, asciendan al Walhalla.
En la orquesta crepita y surge con inusitada brillantez el leitmotiv del fuego, que
se presenta con sonoridades cada vez más intensas.

El mundo va a redimirse por el amor, única fuente de felicidad.
Por la grandeza de ese amor ella se sacrificará junto al héroe querido.
Wagner nos quiere mostrar que no se halla la felicidad en las riquezas ni en el oro, ni en la magnificencia ni en el poderío, ni en los lazos con que nos atan traidores pactos, hipócritas costumbres, duras leyes, la dicha en la alegría y en el llanto sólo la trae el amor.

Se prepara el imponente final, conocido como “Inmolación de Brunilda”.
Ella misma prende fuego a la pira. Proclama una vez más su eterno amor a Sigfrido, y se lanza a las llamas, montada en su caballo Grane.
-“¡Yo te saludo, Grane, te llevo allí, en medio del fuego, donde resplandece tu señor!... También mi pecho siente su ardor y quema mi corazón ardiente fuego para abrazarle, desposarme con él, unirme a él con lazo eterno... ¡Sigfrido!...
¡Llena de alegría voy hacia ti!...”-



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Se escucha el leitmotiv de Loge. La belleza y la magnitud de la expresión vocal y
la suntuosidad del comentario sinfónico, hacen de éste momento musical una página sublime y magnífica.
Si Alberich renegó del amor en aras del poder, al inicio del ciclo, Brunilda completa el círculo en su final, (simbolizado por el anillo y por la rueda de la que habla Erda) anunciando que el poder ha sido disuelto para mayor gloria del amor.

Finalmente se derrumba la pira y las llamas se extienden al palacio de Gibich, el fuego abraza también el castillo del Walhalla, la altiva morada de los dioses.
El Rin se desborda y las ninfas se aproximan, Hagen se arroja, desesperado, a la corriente en busca del anillo, pero las Hijas del Rin lo ahogan, a la vez que recuperan el oro.
Woglinde y Wellgunde lo arrastran a las profundidades de la vengativa corriente. Flosshilde sostiene el oro, de nuevo resplandeciente, entre sus manos.
El desbordamiento del río cubre la tierra y sobre el luminoso leitmotiv de la redención por el amor, la Humanidad es rescatada de la maldición que pesaba sobre el fulgurante oro del Rin, que ahora volverá a relucir en la quietud de sus profundidades.

El oro mágico libera al mundo del anatema, poniendo fin al reino de los dioses y de la fantasía.
Tanto el señor del mundo como las demás deidades refugiados en las desoladas alturas del palacio, esperan ahora el implacable final.
Todo el Walhalla es una gigantesca antorcha (fijaos como más tarde el cine utilizará éste estilo de final).
En escena vemos a Wotan, en lo alto, mudo.
A lo lejos parece incendiarse el cielo.
Arde el Walhalla y perecen los dioses.

Así se cumple la profecía de Erda, la sabia madre de la tierra, quien predijera a Wotan las fatídicas consecuencias de la posesión del anillo maldito.
Cuando Sigfrido, Brunilda, Hagen y todos los demás han desaparecido, he aquí que el héroe supremo de la tragedia, Wotan, se nos aparece de nuevo, "inmóvil, sentado en el elevado sitial, y sonriendo eternamente, una vez más, por última vez", mientras el incendio se extiende y los dioses, el Walhalla y el mismo Wotan, con todos sus sueños
y sus pensamientos, son consumidos por las llamas.

Y otra vez es aquí la música la que nos revela el alma sublime del dios, y lo que ella nos dice no podría ser traducido en palabras.
La enorme disposición por acumulación de leimotiven conductores, en la orquesta, se resuelve en el conocido leitmotiv de la redención por el amor, que cantó por primera vez Siglinde al conocer que llevaba en su seno la semilla de Siegmund.

El sacrificio del amor abre un interrogante de redención para la humanidad.
Luego, el río, sosegado, torna a su cauce.
La grandiosa escena final, la vibrante inmolación de Brunilda y el sublime postludio son un compendio y coronación de la magnitud épico-lírica de la Tetralogía.

Dioses y héroes perecen ante el inexorable poder del anatema que culminará con el aniquilamiento total.
La muerte inevitable pone fin a la raza divina.
Sigfrido, héroe humano vencedor del dragón, perece como víctima del odio y con su sacrificio precipita el final del mundo mítico.

El antiguo mundo, dominado por la voluntad de poder y la codicia, sucumbe cuando nace el nuevo mundo del amor y de la belleza.
De esta catástrofe renacerá luego una Humanidad purificada por el amor.
La acción de esta última jornada de “El Anillo del Nibelungo” es profunda
e intensamente humana.

Todo “El Ocaso de los dioses” es una sinfonía que nos describe la noche de la destrucción envolviendo con sus nubes, cada vez más sombrías, el alma de Wotan.
Queda aquí expuesto un permanente juego de tensiones que partiendo de lo irónicamente obvio en “El Oro del Rin” se enmaraña hasta lo enfermizo en “El Ocaso de los dioses”.

Si Alberich renegó del amor en aras del poder, al inicio del ciclo, Brunilda completa el círculo en su final anunciando que el poder ha sido disuelto para mayor gloria del amor.
El altruismo que supone el culto del amor y su consecuente conservación de la especie engendra la misma violencia que el egoísmo subyacente en el culto al poder y la resultante conservación del individuo.

Lo más evidente del remate sinfónico del Anillo es que se trata de una vasta recapitulación. .
Así como dijimos que al no resolver inmediatamente los acordes, (ver Hilo de Wagner) Wagner genera una expectativa en el oyente que desea la resolución, es en éste momento de El Anillo que los resuelve todos juntos.

Leimotiven relevantes, cadencias, tonalidades, fragmentos de formas y hasta detalles de orquestación regresan para resumir esta gran parábola de la existencia humana.
Es una conclusión épica en la acepción neta del término.
Wagner cierra con música pura el círculo de la tragedia doble de Wotan y Sigfrido.

La lógica ceremonial, el sentido de un final que era inevitable desde el principio, triunfa por sobre el movimiento cronológico.
El Anillo narra el Ocaso de los dioses y el nacimiento del hombre libre. Los dioses perecen por su propia voluntad de poder.

Han corrompido el mundo desde el principio, por cuanto no supieron reconciliar los dos principios fundamentales de la vida, el amor y el poder.
El final de El Anillo representa la sublimación mística de la Voluntad de de Poder en beneficio del auténtico Reino del Amor.

El orden antiguo es destruído y ahora el género humano puede comenzar un nuevo futuro glorioso basado en Humanidad y Amor en vez de codicia y poder.

Sobre el epílogo musical de “El Ocaso de los dioses” se levantará el mundo ideal del futuro, fruto de la redención de una humanidad rescatada por el milagro del Amor.

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Última edición por Jalu el 07 Ene 2006 21:58, editado 2 veces en total

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 Asunto: El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 3:59 
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Yo sugiero al forero que se animó a llegar hasta aquí, que ahora vuelva a releer todos los hilos desde el principio, desde El Oro del Rin en adelante, porque va a poder resignificar muchas cosas que hasta el momento no se comprendieron.
Incluso sería bueno releer el hilo de los Personajes, porque ahora lo va a entender mejor, y el hilo sobre Wagner, pues allí aparecen muchos comentarios sobre el desarrollo de El Anillo, los leitmotiven y su música que recién ahora, que conoce el argumento completo, va a poder apreciar.


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NotaPublicado: 07 Ene 2006 14:06 
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Y si digo que casi te odio..... :lol: De leer he leído hasta Sigfrido y de escuchar he escuchado hasta la Walquiria. Si no pasa nada raro esta semana debiera de empezar con Sigfrido.

Gracias y saludos.

PD: La walquiria de Sabadell y Jalu han dado otra vuelta de tuerca al concepto de ópera del mes. Otra cosa no sé pero lo que si garantizo es que yo no me ofrezco voluntario para ninguna ópera del mes. No podría y no por falta de buena voluntad.


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 Asunto: El Ocaso de los dioses
NotaPublicado: 07 Ene 2006 17:35 
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:?

La intención de esta mega co-producción iberoamericana es que los que se incian en Wagner puedan tener un acercamiento :roll: mínimo.

No esperamos comentarios de los expertos en El Anillo del Nibelungo, sino de los que recién lo conocen, para debatir, polemizar y tratar de entender todos juntos algo más de ésta magnífica obra.

:wink:
Quizás comparada con otros Operas del mes resulte algo denso, pero así es Wagner, no todos los compositores son tan complejos o, mejor dicho, no son tan complicados de entender.
:roll:

Por otro lado, hemos preparado solamente diez hilos para cuatro obras que son de extensísima duración cada una.
La Mujer sin sombra tuvo 16 hilos, La Boheme tuvo 18 hilos, imaginate si hacemos 16 o 18 hilos de cada una de las Jornadas de El Anillo del Nibelungo... encima cada una es más larga que cualquier Boheme...

No quisimos hacer tantos hilos para cada una, como se ha hecho con otras Operas del mes, porque sino tendríamos un sinfin de hilos imposibles de leer, y te aseguro que Wagner da para mucho más.
:wink:

Por eso hemos sintetizado lo más que pudimos y lees muchos muchos conceptos al mismo tiempo.

¡A escuchar a Wagner y buena suerte, que vale la pena!
:lol: :lol:


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NotaPublicado: 07 Ene 2006 17:48 
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Caminante escribió:

PD: La walquiria de Sabadell y Jalu han dado otra vuelta de tuerca al concepto de ópera del mes. Otra cosa no sé pero lo que si garantizo es que yo no me ofrezco voluntario para ninguna ópera del mes. No podría y no por falta de buena voluntad.


Ei!!!! Esto me ha gustado mucho "la walquiria de Sabadell", grácias Caminante por hacerme sonreir en un día tan negro como ha sido hoy, y ayer el de Reyes!

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 Asunto: Abuelo de Brunilda
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Espero que tu abuelo se mejore Brunilda
:(


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Yo también lo espero... Jalu!

Grácias por todo!

brunilda

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con esto APOTEOSIS¿ o no?


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