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NotaPublicado: 02 Sep 2009 3:32 
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Segundo atril
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Gino escribió:
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:shock: Esto comienza a interesarme...


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 Asunto: Re: Sept. 09: DER FREISCHÜTZ 2. Weber, ese hombrecillo
NotaPublicado: 03 Sep 2009 14:50 
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Zampabollos
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Gino escribió:
La primera razón es el desconocimiento que existe sobre Carl Maria von Weber, el hombre y el artista.


Completamente de acuerdo en esto y en mi caso; apenas conozco detalles sobre Weber por lo que cualquier nota biográfica sobre él será de agradecer. :wink:


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NotaPublicado: 03 Sep 2009 21:39 
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Su vida (II)

Adolescencia

Pocos detalles quedan de la vida de los Weber durante los primeros y agitados años de la Europa napoleónica. Compone una nueva ópera (un Singspiel) en Salzburgo, “Peter Schmoll und Seine Nachbarn”, muy elogiada por Michael Haydn. Durante esa época también trabaja en una Misa (conocida por “Jugendmesse”) que será reciclada en 1818 (como Misa en Mib). “Peter Schmoll” se estrenó en Ausburgo, bajo la dirección del hermano mayor de Carl, Edmund (marzo de 1802). La ópera se basa en un “Schauerroman”, Cuento de Terror, género muy popular entonces junto al Ritterdrama (Drama caballeresco), ambos provenientes – por degeneración – del movimiento “Sturm und Drang”. El autor del original fue Carl G. Cramer, mientras Joseph Türke adaptó el libreto. Las copias de la partitura son casi inencontrables incluso para los estudiosos.
En 1807 Weber revisó la Obertura y así ha sobrevivido con el título “Grande Ouverture à Plusiers Instruments”.


1803-1807. Viena, Breslau, Carlsruhe

Los Weber llegan a Viena en septiembre de 1803 con la intención de poner a Carl M. bajo la tutela de Joseph Haydn. Sin embargo en octubre ya habían caído bajo el hechizo de uno de los personajes más influyentes de la vida musical vienesa, el Abate Joseph Vogler (1749-1814). La Historia no ha sido amable con el Abate, que hoy se nos presenta como una figura extravagante, un charlatán de hecho, pero que en vida gozó de fama y posición y de alumnos como Ritter, Danzi y por encima de todos Weber y Meyerbeer. Vogler renegó de la vieja disciplina de maestros como el famoso Padre Martini y se hizo célebre por su sistema, el cual debía producir compositores en el plazo de cinco años de estudio. Además de compositor fue un teclista virtuoso (aunque Mozart lo detestó en esta faceta) que rivalizaba con Beethoven en el arte de la improvisación. Misterioso, viajero audaz, místico, ilustrado, chocante en sus modos y opiniones, encandiló al impresionable Carl Maria, por lo demás alejado de su padre, pronto regresado a Salzburgo. Durante nueve meses no compuso un solo compás, preocupado sólo de absorber todo lo posible de aquel personaje. Por lo que parece, el pago a las lecciones consistió en servicios de amanuense, entre los cuales se incluyó la trascripción de la partitura vocal de la ópera (“Samori”) que estaba componiendo para la Ópera de Viena. Por otro lado a Vogler le debió Weber el interés en los países exóticos y la música folclórica. El Abate había viajado por toda Europa, desde España hasta Armenia, buscando músicas populares no “estropeadas” por la sofisticada Ilustración. El amor por las expresiones artísticas del pueblo, poesía y música, sería uno de los rasgos de los nuevos románticos como reacción contra la “forma” clásica ilustrada. Folclore alemán y fascinación por los países lejanos acompañarán a Weber en sus obras de madurez. Tampoco le abandonará la admiración hacia su Maestro y no sólo por los motivos docentes como vemos.

Por otro lado fue en esta época en la que Weber descubrió el encanto de la crápula junto a Johann Gänsbacher, condiscípulo y amigo del alma. En compañía de este tirolés aventurero y juerguista, ocho años mayor que él, comenzó a frecuentar tabernas y otros locales de aun más dudosa reputación, donde cantaba con su estupenda voz de tenor acompañándose de la guitarra, que por entonces ya dominaba. Es probable que de esta forma empezara a contraer deudas, algo que será constante en su vida.

Tras el período de frmación, Vogler le facilitó a Carl Maria una buena posición al recomendarlo como Kapellmeister del Teatro de Breslau, cargo que asumió en junio de 1804.

En la ciudad no se recibió bien el nombramiento de un menor de dieciocho años y algunos músicos se mostraron especialmente agresivos. Además la rancia aristocracia de Prusia llenaba en aquel entonces Breslau y no digirió el hecho de ver a un alemán con el noble “von” desempeñando un oficio plebeyo en el teatro. La presencia de militares en las representaciones era garantía de altercados y sabotajes. Con todo, el encanto de la personalidad de Weber siguió ganándole amistades y amores, incluyendo alguna de sus Prime Donne, le pagaban bien y obtuvo una experiencia total del trabajo del teatro, desde los decorados hasta la maquinaria.
De su actividad como director musical ha trascendido que causaron irritación su rutina de ensayos por familias de instrumentos y el cambio de distribución de la orquesta en busca de un sonido más homogéneo. Entonces los vientos se sentaban delante de las cuerdas; Weber distribuyó primeros violines, oboes, trompas y un violonchelo a la derecha y segundos violines, sus queridos clarinetes y los fagotes a la izquierda; violas, trompetas y percusión detrás. El público, sobre todo los militares, prefería escuchar más los metales.

Entre las óperas representadas bajo su mando destacan “La Clemenza di Tito” (el joven Eichendorff recogió sus impresiones sobre la representación en su diario), “Don Giovanni” y “Così fan tutte” además de las habituales de Paisiello, Salieri, Winter, Weigl, Paer o Süssmayr.
Durante los dos años en Breslau sus ocupaciones no le permitieron componer más que un par de escenas sobre un libreto de un tal Rhode (“Rübezahl”). Parte de la música reaparecerá en “Oberon” y la Obertura “Jubel”.
El final del período llegó de golpe: Weber ingirió distraídamente (¡) parte de una botella de ácido para litografiar creyendo que era vino. Como resultado nunca volvió a cantar pero además pasó dos meses fuera de combate y al regresar a su puesto encontró todas sus reformas deshechas por sus enemigos. Sin experiencia suficiente en la vida ni ánimo para afrontar un nuevo comienzo desde cero, dimitió.
Su padre estaba también mal de salud y encontrándose por tanto privados de recursos, fue la primera ocasión en que la familia optó por mudarse para escapar de los acreedores, una maniobra que Weber repetiría muchas veces en adelante.
La ayuda llegó a través del organista de la iglesia de Santa Isabel, F. Wilhelm Berner, quien confió a la familia a una de sus pupilas, la señora von Belonde, dama de compañía de de la Duquesa de Württemerg-Öls. Por mediación de ésta, el Duque Eugen F. Heinrich von Württemberg-Öls recibió a los Weber generosamente como invitados por tiempo indefinido. Los Duques habían recreado una versión en miniatura de Versalles en los bosques de Carlsruhe (Alta Silesia). Déspota ilustrado, Eugen era un melómano que incluso ordenó la construcción de un teatro en 1793. Libre de preocupaciones, Weber recordó ese período como “sueño dorado”. Durante ese tiempo compone sus dos primeras Sinfonías (dedicadas al Duque) En febrero de 1807 deja Carlsruhe con la promesa de un puesto en la corte de Ludwig, el hermano de Eugen, en Stuttgart. (Su padre prolongó su estancia hasta 1809, y eso a pesar del avance de las tropas napoleónicas de Vandamme) Carl pasa cinco meses vagabundeando por el área de Núremberg, tras una visita a Breslau interrumpida abruptamente al ser reconocido por un acreedor. Stuttgart esperaba.


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NotaPublicado: 08 Sep 2009 22:42 
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Su vida (III)

Stuttgart, 1807-1810.

El estado de Baden-Württemberg estaba entonces dirigido por Friedrich de Württemberg. Friedrich fue educado en la corte de Federico el Grande, pero sus únicas inquietudes como gobernante fueron las relacionadas con sus propios placeres y llegó ponerse del lado de Napoleón para salvaguardar su posición, lo que le valió al Estado el reconocimiento imperial de reino (y a Friedrich el tratamiento de Rey). Weber se encontró una corte entregada al despilfarro y los atropellos feudales, pero en la que existía una intensa actividad cultural, destacando dos teatros en Stuttgart y Ludwigswurg (donde Spohr era una figura dominante).

Finalmente se le destinó como secretario personal del Duque Ludwig, hermano menor de Friedrich. Sus funciones en este puesto se limitaban a trasladar peticiones de fondos al Rey, de quien Ludwig dependía por entero, pues acababa de ver frustradas sus esperanzas de ser Rey de Polonia y estaba de hecho arruinado. Como patrón estaba además lejos de ser ideal, pues no tenía más interés en la ópera aparte de las cantantes guapas. Los encargos como correveidile los soportaba Carl Maria con humor, hasta el punto de que una de sus bromas le costó que Ludwig lo mandara al calabozo (aunque sólo un día). Por otro lado su actividad musical al servicio de la familia se reducía a las clases de piano.
Su vida cultural se enriqueció al unirse a una sociedad cultural de Stuttgart en la que militaban varios poetas y artistas, entre ellos su condiscípulo Franz Danzi: la “Fausts Höllenfahrt”. Carl adoptó el nombre en clave “Krautsalat”. Además la biblioteca de la corte le proporcionó la oportunidad de enriquecerse con nuevas lecturas (Kant, Schelling)

De esa época datan varias canciones, la cantata “Der erste Ton” (sobre la creación del mundo) y la ópera “Silvana”, con un libreto de Franz Carl Hiemer producto de la reelaboración de “Das Waldmädchen”. También, en colaboración con Danzi, música incidental para la versión en cinco actos de Schiller de la “Turandotte” de Gozzi. En ella se usa un “air chinois” incluida en el “Dictionnaire de Musique” (1768) de Rosseau.
Fue a gracias a la influencia benéfica de Danzi que Weber centró su actividad creativa en obras importantes, obstaculizada entre otras cosas por una nueva aventura: la soprano Gretchen Lang (para disgusto de Ludwig)

El período en la corte de Stuttgart acabó de forma estrafalaria, comenzándose a forjar la fama de aventurero de Weber. En abril de 1809 Fritz Anton llegó desde Carlsruhe y de inmediato empezó a entrometerse en los asuntos de Carl. A finales de año éste había recibido del Duque la cantidad de ochocientos gulden para la compra de caballos en Silesia. Fritz tomó el dinero sin consultarle para liquidar sus deudas contraídas en Carlsruhe. Desesperado y sin fondos para reponer la importante cantidad, Carl obtuvo un préstamo de un tabernero, un tal Höner, en cuyo local de Schwieberdingen ya tenía una cuenta de gastos cuantiosa. Aunque esto le permitió restituir la suma al Duque, a quien por otro lado ya le había confesado el asunto, no pudo imaginar las segundas intenciones de Höner. Era conocido el hecho de que podían comprarse puestos en la corte; en particular como una oportunidad para que los jóvenes en edad militar se libraran de ser enrolados. Además eran bien recibidos por el Rey Friedrich, cuya homosexualidad no era un secreto. Höner tenía un hijo a punto de ser llamado a filas y sobrevaloró la influencia en la corte de Weber. A comienzo del año siguiente el ejército enroló al primogénito del tabernero. Éste, enfurecido, inició un proceso legal para cobrar la deuda y además levantó las acusaciones de corrupción y colaboración para el incumplimiento del servicio militar, complicadas por la aparición en las estancias de los Weber de varias piezas de plata que supuestamente habían sido robadas en la corte. Carl fue arrestado durante los ensayos de “Silvana” en Stuttgart y confinado junto a su padre durante dieciséis días sin que se les comunicaran las acusaciones. Aunque el Rey parecía dispuesto a conformarse con la pena de deportación, las cosas empeoraron en febrero al aparecer cuarenta y dos (¡!) acreedores más reclamando un total de dos mil quinientos gulden. Al Rey no le interesaba que se le diera publicidad al tráfico de influencias de la corte y forzó el acuerdo con los acusadores: los Weber pagarían sus deudas a plazos. Sin embargo, Friedrich no estaba dispuesto a tolerar la presencia de unos cortesanos que habían causado tantas incomodidades. El veintiséis de febrero, sin previo aviso, la policía los escoltó hasta la frontera casi con lo puesto y la orden de destierro a perpetuidad de Baden-Württemberg.


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NotaPublicado: 10 Sep 2009 0:04 
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Weber, crítico. (I)

Carl Maria von Weber gozó en vida de una considerable repercusión como crítico. Su actividad se remontaba a los días en que hubo de defender “Das Waldmädchen” en la prensa, aunque entonces tuvo evidentemente auxilio de su padre. Se sabe que colaboró en el “Lexikon der Tonkünstler” de Gerber.

La prosa de Weber se caracterizaba por la claridad con que exponía sus ideas, que aderezaba frecuentemente con humor y mal humor. Su militancia contra el dominio italiano en los teatros alemanes impregna sus artículos hasta el punto de hacerle perder a menudo la objetividad, como reconoció el mismo Richard Wagner.

Sin embargo la posteridad ha querido que se conozca el trabajo crítico de Weber sobre todo por sus ataques a Beethoven, que deben entenderse en dos sentidos: primero, el de un admirador ante todo de las formas clásicas, en esos años desmontadas por el músico de Bonn. En segundo lugar, es hasta cierto punto lógica una reacción de rabia del compositor más joven ante la sombra gigantesca de su antecesor, proyectada además hacia caminos desconocidos.

Fue la biografía beethoveniana de Anton Schindler la que perpetuó un comentario sobre la Séptima Sinfonía de cuya autenticidad sin embargo existen dudas: “Las extravagancias de este genio han llegado al non plus ultra y es seguro que Beethoven ya está para que lo metan en un manicomio”.

No obstante en su novelita “Tonnkünstlersleben” el propio Weber escribe una historieta sobre una imaginaria conversación entre los instrumentos de la orquesta en la que el mozo de carga los manda a callar con la amenaza de una próxima interpretación de la “Heroica”: “¡NO, por favor”- Suplican – “Mejor una ópera italiana; al menos podemos echar un sueñecito de cuando en cuando” – Añade una viola. Se describe a continuación la “siguiente sinfonía que llega desde Viena”: “Primero tenemos un tempo lento, lleno de ideas breves e inconexas, ninguna de ellas relacionadas entre sí, ¡dos o tres notas cada cuarto de hora! Entonces se escucha un redoble hueco y varios pasajes misteriosos de la viola, llenos de la apropiada cantidad de silencios y pausas; finalmente, cuando el oyente ha abandonado la idea de sobrevivir a la tensión de esperar al Allegro, aparece un tiempo furioso, en el cual el principal objetivo es evitar que cualquier idea importante aparezca, y el oyente tiene que encontrarlas él mismo; no faltan modulaciones; no importa, todo lo que importa es hacer una escala cromática y parar en cualquier nota que uno prefiera y he ahí la modulación. Sobre todo hay que rechazar las normas, porque encadenan el verdadero genio.”

Aunque se ha intentado encajar este relato con el primer tiempo de la Cuarta, se trata más bien de una sátira general del estilo de Beethoven. Sobre su escepticismo hacia la estética beethoveniana Weber también dejó escritas reflexiones más serias que merecen tanta atención como sus boutades.


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NotaPublicado: 19 Sep 2009 22:14 
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Su vida (IV)

Mannheim y Darmstadt: 1810-1811

El destino más lógico era la cercana Mannheim y allí se dirigieron padre e hijo con generosas cartas de recomendación de Danzi. Famosa por su orquesta, cuya actividad floreció bajo el mandato del Elector Carl Theodor, además el Teatro de la Ópera se las arreglaba para sobrevivir al traslado de la corte del Theodor a Munich y las guerras napoleónicas. Existía además una rica actividad musical amateur organizada por Gottfried Weber, un abogado y talentoso intérprete cuya gestión permitió incluso la creación de un Conservatorio. Aunque no existía relación familiar entre ellos, Gottfried fue el benefactor imprescindible en aquellos años, alojando al viejo Fritz y organizando conciertos con música de Carl tanto en Mannheim como en Heidelberg. Ésta era entonces una de las capitales del Romanticismo, pues había contado con la presencia de escritores como Hölderlin, los hermanos Grimm, Rückert y Eichendorff. Sin embargo Weber parece haber pasado el tiempo entre juergas donde se cantaban las canciones de moda editadas en la colección “Das Knaben Wunderhorn” e incidentes como una algarada callejera durante un concurso de coros universitarios en Heidelberg.

Fue un buen momento para que reapareciera Vogler, quien se hallaba establecido en Darmstadt como Consejero en la corte del Gran Duque Ludwig. Su posición cómoda y decorativa en la práctica le permitió acoger de nuevo a su alumno, al que se unió un joven llamado Jacob Beer, conocido en años venideros como Giacomo Meyerbeer. A pesar del aburrimiento que manifestó haber padecido durante esa temporada, la austeridad de su vida en Darmstadt fue provechosa, estudiando con Vogler partituras de Bach y Händel. En una visita a Frankfurt conoce al editor, entonces emergente, Simrock. Éste le publicará la Cantata “Der erste Ton”, un Cuarteto de Piano y una Polonesa para piano que se hizo muy popular por entonces. En esas fechas conoce a la soprano Caroline Brandt.

El editor Cotta de Baden-Baden le solicita un artículo para su revista musical. La actividad de Weber como crítico ya le estaba dando fama. Se remontaba a los días en que hubo de defender “Das Waldmädchen” en la prensa. Existen varias entradas en el “Lexikon der Tonkünstler” de Gerber que se deben a Carl, mientras en 1809 comenzó a escribir su esbozo semi autobiográfico “Tonkünstlersleben”. Hasta 1820, de forma intermitente, se dedicó a registrar una especie de versión novelada de su vida en el estilo de los “Cuentos” de E.T.A. Hoffmann. El principal interés de la novelita radica en los pasajes que más se acercan a un diario de sus pensamientos, sobre todo los relacionados con la creación musical. Aunque de temperamento romántico, Weber se revela como una mente racional y sistemática cuya obsesión era imponer un orden sobre el mundo a través de su acción creadora: “Para mí la interpretación de una pieza musical es como la contemplación de un paisaje. Siento el efecto del todo sin atender a los detalles que lo producen; en una palabra, aunque suene extraña, el paisaje me afecta en la dimensión del Tiempo. El placer es sucesivo. Esto tiene delicias y dolores. Delicia porque nunca sé qué detalle del paisaje aparecerá y por tanto cada interpretación es una ojeada nueva al paisaje. El dolor comienza al viajar. Una confusión llena mi alma como un remolino. Las ideas se persiguen, se cruzan y se destrozan entre ellas. Frente a una perspectiva serena en mi mente se conjura una imagen paralela que puedo atrapar, asegurar y desarrollar. Pero, cielos, cuando la Naturaleza se desata ante mis ojos, rondós, marchas fúnebres y furiosi saltan unos sobre otros”

En agosto de 1810 comienzan los ensayos para representar “Silvana” en Frankfurt con Carolina Brandt como Mechtilde. La función tiene un éxito sólo aceptable, puesto que coincidió con un vuelo de exhibición en globo de Mme. Blanchard que acaparó la atención de la ciudad. Por lo menos esto le reportó cien gulden de beneficio para saldar parte de su deuda en Stuttgart. Además de su Primer Concierto para Piano, la composición más importante que le ocupó fue “Abu Hassan”, finalizada el 11 de febrero de 1811. Siguiendo el consejo de Vogler, dedica la ópera al Gran Duque, quien se muestra bastante generoso, incluyéndose entre sus dádivas la organización de un concierto con asistencia masiva de la corte. Para la ocasión escribe el dúo “Se il mio ben”, según sus palabras, “en un estilo tan miserablemente italiano que podría pasar por obra de Farinelli; fue un éxito infernal”. Nuevo beneficio de doscientos gulden que sirve para liquidar finalmente sus cuentas con los acreedores. Sin embargo la sensación de estancamiento en Darmstadt y la situación de inestabilidad política en Frankfurt (bajo estado de sitio durante la aplicación del bloqueo napoleónico contra los productos ingleses) hacen que sienta la necesidad de nuevos horizontes. En su diario se expresa con satisfacción sobre sus dos últimos años de vida, tanto por el salto en su formación como por los amigos hechos: “¿Encontraré algún día hombres tan buenos y amigos tan leales?”. Dieciséis años después, poco antes de morir, recuperó aquella entrada para añadir, en mayúsculas: “NEIN”.


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NotaPublicado: 19 Sep 2009 22:39 
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La sátira sobre Beethoven, impagable :lol:

Muy interesante, Gino.

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En la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan. Enrique Jardiel Poncela.


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NotaPublicado: 21 Sep 2009 9:51 
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NotaPublicado: 21 Sep 2009 9:53 
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Gino escribió:
Su vida (IV)

“Para mí la interpretación de una pieza musical es como la contemplación de un paisaje. Siento el efecto del todo sin atender a los detalles que lo producen; en una palabra, aunque suene extraña, el paisaje me afecta en la dimensión del Tiempo. El placer es sucesivo. Esto tiene delicias y dolores. Delicia porque nunca sé qué detalle del paisaje aparecerá y por tanto cada interpretación es una ojeada nueva al paisaje. El dolor comienza al viajar. Una confusión llena mi alma como un remolino. Las ideas se persiguen, se cruzan y se destrozan entre ellas. Frente a una perspectiva serena en mi mente se conjura una imagen paralela que puedo atrapar, asegurar y desarrollar. Pero, cielos, cuando la Naturaleza se desata ante mis ojos, rondós, marchas fúnebres y furiosi saltan unos sobre otros”



:aplauso:

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