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Argo (2012)
Viendo esta película, me he acordado de aquellas exitosas de los años ochenta que también se ocuparon de revoluciones en países “exóticos” vistas desde ojos occidentales: El año que vivimos peligrosamente, Bajo el fuego, Los gritos del silencio… Es interesante constatar las diferencias. A favor de Argo, hay que reconocer una mayor sensación de realismo e inmediatez, conseguida gracias a un guión casi documental, una cámara en constante movimiento y una fotografía más bien sucia, todo lo contrario que aquellas otras en las que historias truculentas transcurrían en escenarios más propios de un anuncio de promoción turística. En cambio, con todas sus limitaciones, los títulos de Weir, Spottiswoode y Joffé tenían una vida al margen de la realidad histórica que a los responsables de Argo no les interesa. Quiero decir que mientras en las películas de los ochenta había una ficción sobre personajes mejor o peor descritos que podían interesarnos por sí mismos, los protagonistas de Argo solo llaman nuestra atención por aquello que les ocurrió y porque sabemos que les ocurrió realmente. Argo es, en definitiva, una película de acción. Desde ese punto de vista funciona bastante bien, engancha, mantiene al espectador pendiente de una trama sorprendente (donde se demuestra una vez más que la realidad supera a la ficción), narrada en una sucesión de planos cortos montados a un ritmo cada vez más endiablado que concluye en la enésima versión del “salvamento en el último momento” que tan bien han explotado los cineastas norteamericanos desde el cine mudo. Precisamente por esto que comento, cuando la acción termina, los cinco minutos finales son verdaderos minutos de la basura y asistimos con la más absoluta indiferencia al reencuentro final del agente interpretado por Ben Affleck (actor principal y director de la película) con su familia.
Hay, no obstante, en Argo una historia paralela que la convierte en algo más que una película de acción. La delirante trama inventada por el agente secreto para sacar a los rehenes refugiados en la embajada canadiense en Teherán en los turbulentos días de la revolución jomeinista nos permite reflexionar sobre las relaciones entre la ficción y la política, entre las relaciones de poder y la capacidad de manipulación del drama, temas que ya explotó magistralmente un señor llamado William Shakespeare hace algún tiempo. En Argo el asunto solo tiene el recorrido necesario para no distraer al espectador de la acción principal, pero permite el juego de los dos únicos personajes (y actores) con verdadera entidad en pantalla (protagonizados por John Goodman y Alan Arkin), dando lugar además a la mejor secuencia de toda la película: el montaje en paralelo de la friki-presentación de la falsa película en Hollywood con las performances de los políticos de Washington y Teherán que están poniendo en escena su propia "película".
Ah, por cierto, otra diferencia entre Argo y sus precedentes que no sé muy bien cómo interpretar: antes guionistas y directores se preocupaban del punto de vista de las principales víctimas de aquellos sucesos históricos, los nativos, aunque solo fuera a través de algún personaje relacionado con los protagonistas occidentales (pensemos en el médico que “encarnaba” el sufrimiento del pueblo camboyano en toda la segunda parte de Los gritos del silencio). En Argo, el único iraní que no forma parte de “los malos” es una criada de la embajada canadiense que podría revelar el secreto de los rehenes a la Guardia Revolucionaria, pero al final no lo hace. O sea, que no es mala pero el espectador debe desconfiar también de ella para que el suspense se mantenga.
Lo de la Alianza de Civilizaciones definitivamente está un poco verde...
_________________ Para saber mucho: vivir muchos años, caminar muchas tierras, leer buenos libros o conversar con amigos sabios y discretos. (Baltasar Gracián)
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