Es que ese relato está escrito en la misma época que los Embajadores, en el estilo literario quizás más complejo que haya utilizado ningún otro gran autor de la lengua inglesa (quitando el impenetrable piélago de Finnegans Wake, con palabritas-cilicio como Bababadalgharaghtakam-minarronnkonnbronnton-nerronntuonnthunntrovarr-hounawnskawntoohoohoordenenthurnuk).
¿Incentivos para perseverar?:
1. Es una gran obra.
2. A todo el mundo le pasa lo mismo con la escritura del último James, quizá también le pasaba al mismo James cuando se releía.
3. Es cortita (eso quiere decir, que se ha de leer con morosidad, dedicándole, si hace falta, el mismo tiempo que le dedicaríamos a una novela de 200 páginas; sin ver en cada frase compleja un obstáculo penoso, sino una ocasión de paladear esa prosa, que realmente es exquisita). La escritura es compleja, pero no por torpeza o pretenciosidad (como a menudo ocurre cuando el estilo de un autor es difícil de asimilar). Está muy bien perfilada, y se entiende todo. Y cuando algo no se entiende, es porque el autor ha buscado dejar al lector en la incertidumbre, y lo ha hecho por un motivo.
4. En realidad es una parábola simple y poderosa, porque cuenta una verdad terrible que a todos puede afectar. Es decir, la nubosidad variable que a veces tiene el estilo aporta riqueza a una historia sencilla, pero bien narrada y sutil de profecía autocumplida.
5. Al final hay una recompensa intrínseca: algunos de los más poderosos y eolcuentes párrafos de la literatura inglesa se en las últimas páginas.
6. Hay que pensar con cuántas cosas realmente sí perdemos el tiempo.
La traducción es el último refugio de los cobardes

(ley que tiene la excepción, quizás, de las Odas de Horacio, diabólicas).