
La verdad es que no sabría decir, porque no las he contado nunca, la cantidad de veces que he visto esta extraordinaria y casi desconocida película de Franklin J. Schaffner, un realizador que, como el propio filme del que ahora trato, también está minusvalorado, pero al que debemos algunos otros títulos fílmicos muy destacables, como, por ejemplo,
Patton (1970),
Nicolás y Alejandra (1971),
Papillon (1973),
Los niños del Brasil (1978) y, sobre todo, una obra maestra que se ha convertido en verdadero clásico de la ciencia ficción:
El planeta de los simios (1968) que, junto al filme comentado ahora, son sus dos trabajos más sobresalientes (al menos para un servidor).
The War Lord, que tal es su título en inglés, es la película
par excellence de las miradas, de los sobreentendidos, de la complicidad entre personajes. Creo, además, que en toda la historia del cine, no se ha hecho una recreación tan acertada y precisa del Medievo como en ésta de Schaffner y Heston (no olvidemos al bueno de "Chuck", porque fue decisivo a la hora de sacar adelante el proyecto, al igual que en
Sed de mal, o
Mayor Dundee, por cierto).
En
El señor de la guerra aparecen, perfectamente recogidos y presentados todos los grandes temas de la época que la historiografía especializada suele estudiar al abordar este período: el conflicto paganismo/cristianismo, el tema de la evangelización de Europa, la dialéctica entre
superstitio y
fides, entre iglesia jerárquica y religiosidad popular, la lucha entre el poder secular y el clerical, la pervivencia de los ritos precristianos dentro del proceso de aculturación de las viejas sociedades campesinas tradicionales, las relaciones feudovasallaticas y de señorío (aunque centradas aquí, básicamente, en un imaginario ritual pagano ancestral que recuerda al supuesto "derecho de pernada" o
ius primae noctis, que forma parte de los tópicos y mitos asociados al Medievo, pero que no está realmente documentado), cuestiones relacionadas con la poliorcética y el combate (jamás he visto mejores y más realistas enfrentamientos con espada larga —la denominada
spata— que en este filme), el poder de la Iglesia, etc. Junto a
El séptimo sello y a algún otro título más que ahora mismo se me puede escapar, creo que nos hallamos ante la película más paradigmática que se haya hecho nunca sobre la Plena Edad Media. Aunque, por desgracia, es una gran desconocida.
El año pasado, en 2025, se cumplieron seis décadas de su estreno, y sugerí a uno de los autores que colaboran habitualmente con Notorious Ediciones que hablara con el responsable de la misma para que estudiara la posibilidad de incluir, dentro de su magnífica colección de aniversarios de filmes, un libro monográfico dedicado a este
The War Lord. Pero nada, no hubo suerte, pues consideraba que la publicación no habría sido lo suficientemente comercial. En fin. A mí me parece maravillosa, y no me extraña que el gran Juan Eduardo Cirlot quedara tan absolutamente prendado de la bellísima Rosemary Forsyth (la Brownyn del filme) como para dedicarle a la película unos cuantos artículos, y a ella —un personaje tan angelical como misterioso, y decisivo en este film lleno de significados, simbolismo y extraordinarias interpretaciones— todo un ciclo de poesías. Material que, por cierto, tenemos recopilado y prologado, en un hermoso y grueso libro, gracias al trabajo de María Victoria Cirlot, hija del autor. En resumen, que nos encontramos ante un auténtico
boccone di cardinale de la cinematografía mundial.
Así es que ya saben: si no la han visto, búsquenla, acomódense en un buen sillón para visionarla y disfruten con el extraordinario guión que John Collier y Millard Kaufman realizaron adaptando la obra teatral original de Leslie Stevens, la magnífica banda sonora de Jerome Moross, las inigualables interpretaciones de todo el reparto (empezando por las de Charlton Heston, Richard Boone y Guy Stockwell), déjense encandilar por la belleza hipnotizante (y un tanto intranquilizadora) de Bronwyn y luego me dicen si la experiencia no mereció la pena. Y si ya la conocían, pues vuelvan a verla, que no les pesará.