|
Lunes 27 Junio de 2011. Gerard Mortier, escuchando las súplicas de varios foreros de UNELO, quita la ópera Le nozze di Figaro por haber sido representada hace poco y la sustituye por Rigoletto, del exiliado Verdi. Coge para la ocasión un elenco de campanillas y una puesta en escena rompedora. Como director de orquesta, rescata a Jesús López Cobos, ya que, como no le importó reconocer, ninguno de los tres directores que tiene conoce esta partitura.
La orquesta, magnífica. De la semidesconocida obertura hizo un prefacio musical monumental, síntesis sin igual de lo que vendría a continuación. Hubo quien comentó en el primer entreacto que había sido un prefacio, facio y postfacio, a lo que alguno, quizás algo teniente, confundió con otro término y arguyó que le parecía mejor un preludio, ludio y postludio. No llegaron a un acuerdo pero sí a las manos.
En el tercer acto, la tormenta sonó verdaderamente real. Los metales, incisivos y amenazadores, se ensamblaron en una perfecta armonía con los instrumentos de viento, onerosos en la tempestad y suavemente matizados en la calma. Fue tan real, tan salvaje, tan natural, que algunos tuvieron que ponerse las chaquetas o las rebecas. Uno del Paraíso incluso abrió su paraguas. “¿Para qué?”. “Paraíso”.
La puesta en escena marcará un antes y un después en el género. Emma Dante dejó a un lado sus polémicas pasadas y utilizó lo verdaderamente moderno, es decir, la tecnología. Ni cartón piedra, ni escenario vacío ni exaltación al gonadismo: holografías. Juego de luces y láser para transportarnos a la Mantua de la época, de la opulencia palaciega a los bajos fondos del arrabal. Una maravilla que estará a disposición de los madrileños durante cinco años en el Real y durante cincuenta en sus impuestos.
El Duca, en un primer momento propuesto a Celso Albelo, fue ofrecido finalmente a Marcelo Álvarez, que estuvo ex Celso. La suya fue una actuación redonda, resarciéndose de la espinita clavada con el Chènier y congraciándose tanto con el Teatro como con Mortier. En el primer acto estuvo como un oso libidinoso, destilando hormonas en su Questa o quella y miel sobre hojuelas en È il sol dell'anima; en el segundo mostró su cara más hipócrita, desesperado en el Ella mi fu rapita y exaltado en el Possente, que culminó con un re bemol sobreagudo que nos puso los huevos de gallina, sobre todo a los tíos. Dicen las malas lenguas que quiso abandonar la función a la mitad de la misma pero no pudo al ser informado de que la ópera tiene tres actos y no hay mitad posible. Así que prosiguió para deleitarse con aire chulesco en el cuarteto y en la famosa aria por todos conocida. Un hipotecado tributo al torrencial Jussi Björling en el cincuentenario de su muerte.
Montserrat Caballé, aún eufórica por su reciente premio "Dama Di Gran Croce", aceptó este papel varias décadas después de aquella Gilda con Bergonzi. No hay en el panorama sopranil ninguna candidata mejor para atacar esos endiablados pianissimi del Caro Nome, por más que alguno le pudiera poner pegas a la idoneidad de la catalana como joven enamorada. Su actuación fue convincente: el dúo con su padre fue de un candor inenarrable y el contraste con el descaro de la Giovanna de Jaroussky no se puede explicar con palabras. Una voz que traspasa las modas y las fronteras, a pesar de sus 77 ó 73 años, según diversas fuentes. Un emotivo recuerdo a la malograda Mado Robin en el cincuentenario de su muerte.
Y lo mejor para el final. Muchos éramos los escépticos cuando se anunció que el bufón iba a ser el inefable Marco Vratogna. Un papel de considerable envergadura musical y profundidad psicológica que no está al alcance de cualquiera. Sin embargo, habría que convenir que éste es su papel. Alguno en el segundo entreacto comentó que cómo no iba a serlo, si su especialidad es la de jorobar todas las óperas que canta. Pero no: fue aparecer en escena y darnos cuenta de que iba a ser una actuación para el recuerdo. Esa faz entre burlona y siniestra, paternal y delincuente, feliz y amargada, tenaz y obsesiva… todos los aspectos posibles del personaje estuvieron plasmados tanto en la voz como en la actuación. Y la voz… ¡¡¡ señores, qué voz !!! Solventada ya la desconocida enfermedad laríngea (se tragó hace años un silenciador de una escopeta tras un asuntillo en Calabria y quedó alojada en sus cuerdas vocales), supo sobrellevarla en silencio junto con sus hemorroides. Su canto se alzó majestuoso por los recovecos del Real. Cantó un Cortigiani, vil razza que dedicó con su amenazante mirada al Paraíso donde se alojaban algunos foreros, y el dúo con Gilda tuvo que bisarlo tres veces. Y no fueron cuatro porque a la Caballé hubo que practicarle la respiración artificial. La hazaña de Leo Nucci queda ampliamente superada. Voz dúctil, sedosa, varonil, maleable (“imposible que pueda ser más maleable”, dijo un forero poco antes de la representación), rica en colores y matices, generosa en los dúos con el bajo, al que no quiso arrebatarle su pequeño momento de gloria con su imponente fa grave. Un sonoro homenaje al brutal Leonard Warren en el cincuentenario de su muerte.
_________________ Mejor un mal Verdi que un buen Britten.
|