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Lo había puesto en Off Topic, pero lo pego aquí.
Su nombre es desconocido para la gran mayoría, pero su elegancia risueña, de niño que ha terminado los deberes y se va corriendo a jugar, la calidez de su conversación y su profundo amor por la música de la que hizo su profesión, y por el don de los hombres de poder hacerla con palabras, será recordada con seguridad por las personas que le conocieron y pudieron compartir con él afición, conocimientos, emociones y felicidad. Miguel Patrón Marchand, director de orquesta chileno y estimadísimo forero de otro ciberlugar operístico (donde el nick MPM fue siempre garantía de cordialidad y de absoluta solvencia didáctica), ha muerto hoy.
Su formación fue intachable, desde sus inicios como apuntador hasta su aprendizaje con Bernstein (con quien pudo trabajar en Falstaff, obra que maravillaba a ambos), y su dedicación a su profesión, absoluta.
Su voz tenía el embrujo de los que han descubierto el secreto de la vida y les ha parecido algo tremendamente divertido, a la par que delicado. Siempre hablaba de las voces que dirigió (recuerdo oírle citar a Ernest Blanc, Leo Nucci, Aprile Millo) con un inquebrantable respeto por la profesión del cantante. También entre las anécdotas que contaba sobre Muzio, Gigli, Stella, Tucker, Sutherland, Cossotto, Berganza, se advertía su predilección por los leves detalles reveladores de la personalidad de esos profesionales, a veces endiosados, a veces incomprendidos, casi siempre peculiares, que son los cantantes. Amó el canto. Bromeó sobre él, lo explicó, lo comparó, lo comprendió. Y supo ver (y hacer ver) cuándo termina el cantante y da paso al artista. Y al arte se consagró, en cuerpo y alma, hasta que, de tantas emociones, ese corazón que era al mismo tiempo inconmensurable y frágil, incorruptible y tierno, dejó de latir.
Queda la memoria, la alegría de haberlo conocido. Las bromas imitando a cantantes haciendo piezas fuera de su repertorio, la locuacidad incontenible por verbalizar sus tantas y tantas emociones en los teatros, la felicidad que le proporcionaba transmitir las claves de su época musical, para que el testimonio de aquel tiempo perviviera pese a los profundos cambios en el mundo operístico, el cariño que transmitía por sus amigos cada vez que los aludía, el saber acumulado en una vida de descubrimientos, ya que nunca dejó de ser el niño que levanta la tapa del baúl en el desván y descubre un mundo lleno de tesoros.
Por eso, a las amargas sensaciones de lo injustas que son estas cosas y del vacío de la última conversación que no tuvimos, se les sobrepone hoy la dicha de poder oír (quizá hacer) música, y divulgarla con su misma generosidad. Ahí se verá la marca que dejó en quienes le quisimos.
Varias personas que le conocimos comentábamos esta tarde que sería bonito que le recordáramos, cada uno desde su casa, con un aria que le fascinaba cantada por el tenor que más amó. Les invito a apuntarse.
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_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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