Efectivamente y tuvo el privilegio de grabarlo en tres decadas distintas (30, 40 y 50) cuando la casa nacional de discos soviética melodiya sólo grababa una ópera de las de gran repertorio ruso cada 10 años. Así lo explica Galina Vishnevskaya en su autobiografía al respecto de la grabación de Boris Khaikin, que es sin duda magnífica. La otra que señala el Marqués también, pero falla la soprano, un ejemplo del sopranismo acidulo ruso en todo su esplendor a años luz de la encantadora Carteri. Asimismo, ni Belov ni Norzov superan el fabuloso Oneguin de Taddei con Sanzogno, como ningún Yeletsky de Pique Dame, ni siquiera Lisitsian supera a Bruscantini en La Scala 1961, ambos en italiano por supuesto.

Tampoco se puede olvidar la capital importancia de la aportación de Mirella Freni como Tatiana.
Smirnov, Sobinov, Kozlovsky, Lemeshev..., fabulosos tenores rusos que cantaban con la técnica italiana que allí enseñaron Maestros italianos y hasta el propio Rubini. De unos años a esta parte, eso se perdió y sólo salen ladradores con voz en el mejor de los casos.
Yo lo que nunca entenderé es que por ampliar repertorio y añadir obras al aprecio personal haya que olvidar o apartar las que te han gustado siempre. Porque uno descubra Elektra ya no le tiene que gustar La Bohéme o porqué uno aprecie Diálogos de carmelitas, supone que Rigoletto se convierta en una ricia. Personalmente, añado obras y más obras y repertorios, pero las de siempre, las de los comienzos, las que labraron mi amor a la ópera, ahí siguen, en la cumbre. Porque las obras maestras son inagotables.