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He estado escuchando simultáneamente Genoveva de Schumann, por Harnoncourt y, por ahora, los dos primeros actos de Les Huguenots por Minkowski. Al hilo de estas audiciones, y aun deslumbrado por el reciente acercamiento a Benvenuto Cellini, he releído los textos de Schumann y Berlioz sobre Meyerbeer. Schumann comentaba tras la escucha de Les Huguenots: "Me encuentro en la situación de un valeroso joven guerrero que consagra, por primera vez, su espada al servicio de una gran causa. He aquí que las dos obras más importantes de la época se encuentran: Los Hugonotes de Meyerbeer y San Pablo de Mendelssohn. ¿Por donde comenzaré y cual será mi final? No puede argüirse aquí razón de rivalidad alguna ni de preferencias, ya que nuestros lectores saben muy bien a que finalidad hemos dedicado nuestra acción, y saben muy bien que cuando se esta tratando de un Mendelssohn no se puede hablar de un Meyerbeer. Ambos caminos son diametralmente opuestos, y queriendo caracterizar a uno bastaría indicar las cualidades de que carece el otro, exceptuando el ingenio que los dos comparten. Experimentamos la tentación de reflexionar si no estaremos locos cuando se piensa en el éxito que acompaña a Meyerbeer en nuestra musical y sana Alemania, cuando los elogios a este maestro se hallan en la boca de gente que no ha encontrado una palabra para las serenas victorias de Mendelssohn. Conmovido aún por las sublimes notas de la Schroeder Devrient en el Fidelio, fui por primera vez a escuchar Los Hugonotes. ¿Quién no se siente atraído por la novedad? ¿Quién no espera grandes cosas de ella? Ries nos había manifestado que algunos personajes de Los Hugonotes recordaban a Beethoven. Pero ¿Qué es lo que dicen nuestros amigos? Coincidí enseguida con Florestán, quien mostrando el puño al escenario exclamó: Con el Cruzado contaba todavía a Meyerbeer entre los músicos, con Roberto el Diablo comencé a abrigar mis dudas, con los Hugonotes coloco a Meyerbeer en la compañía del circo Franconi. No alcanzo a expresar la contrariedad, la ira que esa ópera me inspiró. Se alaba la parte de la bendición de los puñales: reconozco que su movimiento es dramático y que sobre todo, el coro tiene un efecto considerable: la situación, la presentación escénica, la instrumentación se funden, y como lo horrible es el elemento natural de Meyerbeer, éste ha usado de él con énfasis. ¿La frase musical no es acaso una Marsellesa remendada? ¿Se logran efectos artísticos usando de estos medios? En el caso de exclamar ¡Soberbio!, porque una docena de tambores, de trompas y de oflicleides acompañan las voces de cien hombres al unísono??? Pero esto es, precisamente, uno de los artificios de Meyerbeer, que conoce demasiado bien a su público para no saber que el exceso de ruido acaba por asombrar. Después de esas expresiones nos ofrece, como por contraste, arias enteras acompañadas por un solo instrumento, como para decirnos ¡Vean Uds. señores alemanes! Posee ingenio, eso no se puede negar, pero nos falta tiempo para detallar sus tendencias la extrema penuria de su originalidad y de su estilo y sus numerosos hurtos a Rossini, Mozart, Hérold, Weber, Bellini, y también a Spohr; en una palabra a todo el repertorio musical. Cierto que solo la envidia o el odio podrían restar a su ópera muchas cosas de elevado orden y muchas sublimes emociones: por el ejemplo, el canto de guerra de Marcelo es de pleno efecto, el aria del paje es encanadora, el dúo entre Valentina y Marcelo tiene carácter, así como todo el tercer acto desde el punto de vista histórico y racional. El septimino es interesante, la bendición de los puñales presenta mayor originalidad que la que Meyerbeer muestra habitualmente, y el dúo que sigue entre Raúl y Valentina, es musical y correcto. Pero ¿qué es todo al lado de la vulgaridad, de la inmoralidad y de las contorsiones antimusicales del conjunto? Después de esto no se puede pedir nada peor, a menos que no se alce al patíbulo en escena. Por su parte, Berlioz comenta: "La influencia de Meyerbeer y la presión que ejercía sobre los administradores, los artistas, los críticos y el público con su inmensa fortuna, por lo menos tan grandes como las que ejercía con su auténtico talento ecléctico, determinan que cualquier éxito serio en la ópera sea casi imposible". Por otra parte, admiraba realmente a Meyerbeer, cuyos Hugonotes consideraba una obra maestra, y deseaba convertirse en un gran hombre "con el fin de poner la gloria y el genio que uno posee a los pies de Meyerbeer". Pues bien, en la comparación Schumann/Meyerbeer, el primero, al que admiro como hombre y músico, queda descalabrado ante el talento dramático del segundo. El intento de Schumann de dar una obra maestra a la ópera alemana (aquí Weber parece un referente claro) fracasa ante las carencias de Schumann a la hora de hilar un discurso operístico mínimamente atrayente. Se salvan y aquí allá unas ideas melódicas muy bellas, una orquestación (sí orquestación) sugerente y algunas atmósferas que prefiguran los logros wagnerianos, en una ópera fallida e insuficiente como drama, al lado de cuyo libreto, la Helmina von Chézy de Euryanthe parece Hofmannsthal. Sin embargo, mi primer acercamiento a Meyerbeer (he de reconocer que la leyenda negra que arrastra el compositor me había amilanado bastante) ha sido una sorpresa, al menos en lo que llevo escuchado. La amalgama de estilos, la orquestación, ora pomposa y retumbante, ora sutil, delicada, con hermosos hallazgos tímbricos, y el ritmo dramático me han parecido muy logrados. Un auténtico talento lírico. Estoy impaciente por corroborar estas impresiones con los tres últimos actos. En la batalla operística entre estos tres talentos musicales, doy la palma al Benvenuto de Berlioz, un auténtico huracán de inspiración, conducido con mano de hierro, seguido de cerca por Meyerbeer y, a años luz, el honesto Schumann, cuyo talento debemos buscar, y seguro que encontraremos, en otros ámbitos ajenos al drama operístico.
_________________ Che non men che saper dubbiar m´aggrada
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