La nueva producción de “
Favorite”, de la Ópera de Baviera, con el debut escénico (si no me equivoco) del papel protagonista a cargo de Garanca, quien lo había cantado ya en Salzburgo, pero en versión de concierto. La letona ofrece una emisión sanísima y rotunda, sobre todo en centro y agudos (el grave le queda algo más velado y pobre), pero falta relieve dramático. Todo está muy bien cantado pero no emociona. Algo parecido le pasa a Kwiecien, que se ve que está hermoso y bien alimentado, pero que canta todo a grito pelado, sin saber de qué va un personaje refinadísimo, y que es quintaesencia del belcantismo baritonal, aunque conviene señalar que no le ayuda nada la puesta en escena, que convierte al Rey en un monigote, a medio camino entre gilipollas e imbécil integral. El bajo Kares ladra a placer.
El mejor es Polenzani, quien hace un Fernand muy bien cantado, con mucho aplomo y sin ningún atisbo de duda ni temor ante un personaje mítico y referencial del tenorismo romántico como es éste. Es verdad que la voz es feúcha y un poco gangosa, además de que no acaba de cubrir y sombrear los sonidos como debiera, pero juega sus armas con inteligencia. Hace un buen uso del mixto en su primera aria, pero también asciende a plena voz en momentos más heroicos como “
Oui, ta voix m’inspire”, y se defiende con gallardía en los momentos más dramáticos del tercer acto. En “
Ange si pur” hace alarde de fiato en el enlace del final de la primera estrofa con la segunda, como los grandes. Lástima otra vez que la dirección escénica rebaje el idealismo del personaje a un botarate histérico y espasmódico.
Es un lugar común, que el señor Polenzani no es santo de mi devoción, pero siempre trato de ser objetivo.
Cuando escuché su Fernand de estas representaciones, lo que me confirmó es que el papel le queda grande y que no creo que lo repita.
Todo lo canta al límite y muy lejos de lo que debiera esperarse de quien se anime con este rol.
Cumple su estándar cuando asume el bel canto desde su perspectiva: canta bonito, nada más.
Saludos.
Karel Mark Chichon, "el esposísimo", dirige a trompetazo limpìo y a toda carrera, que el último autobús sale a las once. De romanticismo, tragedia y atmósferas, nada de nada. Y la puesta en escena es la de siempre, ésa que vale para cualquier título operístico desde Monteverdi hasta Stockhausen: diez sillas mal puestas y cuatro paneles cutres que van de acá para allá. Como de costumbre, los cantantes se pasan más tiempo empujándose y revolcándose por el suelo que en pie, perdiendo los personajes, como he comentado, todo valor y entidad, para quedar reducidos a energúmenos de tres al cuarto, lo que conlleva, obviamente, que no se entienda un carajo de lo que se está contando.
¡Qué hartazgo!...

Es un lugar común, que el señor Polenzani no es santo de mi devoción, pero siempre trato de ser objetivo.
Cuando escuché su Fernand de estas representaciones, lo que me confirmó es que el papel le queda grande y que no creo que lo repita.
Todo lo canta al límite y muy lejos de lo que debiera esperarse de quien se anime con este rol.
Cumple su estándar cuando asume el bel canto desde su perspectiva: canta bonito, nada más.
Saludos.