
Dentro de esta crisis de la mediana edad que me asalta (que una diva no tenga edad no significa que no tenga achaques), en plan revisitación del pasado discográfico, ando últimamente muy moffiano. Pionera y top de una ristra de sopranos talentosas y piradas (Ricciarelli, Chiara), y quizá la única que sí que fue todo lo que pudo ser, la fama que Anna Moffo obtuvo en su época (una época muy difícil para las sopranos, con la rivalidad Callas-Tebaldi invisibilizando a las Zeanis, Tuccis, Stellas, Oliveros, Gencers, Pobbes y compañías) parece desmedida para el oyente actual, pero también me parece exagerado el revisionismo austero que se impone a su memoria. Desde luego, Moffo, una lírica
carina instrumentalmente limitada, no fue una Callas, pero tenía la voz de 25 Ciofis y el talento de 250 Hartéroses.
Éste es su primer recital en RCA, casa de la que sería la lírico-ligera de bandera, saliente de una EMI donde grabó con mucho encanto Nanetta, Musetta, Susanna y la cantante de Capriccio, pero donde el futuro como seconda donna de Callas no iba a dar mucho de sí. Se nos presenta aquí una voz no grande ni robusta, pero sí un primor de juventud, de timbre con un peculiar tono sensual y emisión siempre ligeramente "turbada", que te hace estar atento a un fraseo donde en cualquier momento pueden surgir delicadezas. La emisión presenta más problemas en el paso al agudo (Aaaaaaa
ah je ris, il pri
mo bacio dell'aprile, io chiu
do stanca gli occhi) que en el agudo mismo, no muy estable pero siempre aceptablemente emitido, con un sobreagudo ocasionalmente brillante. Lírica con pretensiones de coloratura, saca aquí la Dinorah con muchísimo decoro y la Semiramide con cierto encanto, pero el aria de las campanas la supera tan nítidamente (pone los Mi5, pero desafina los infernales picados, trina peor y es mucho más imprecisa en la agilidad) que debió escogerse otra pieza para cerrar el recital. De modo que lo mejor del disco terminan siendo las piezas líricas: unos bellos Puccinis (muy destacable la Mimì) y una emocionantísima lectura del aria de Micaela.
Sin embargo, como se dijo, lo que sería el gran tesoro del canto de Anna Moffo no son tanto las cosas, sino las
cositas. Y aunque aquí las hace ocasionalmente, es una lástima que Tullio Serafin, al que se suponía un conocimiento excepcional de voces, sentido italiano, suelas de los zapatos desgastadas de tanto andar en teatros y blablabla, agobiado como anda por tapar las ostentosas carencias de la Orquesta de la Ópera de Roma, no la estimule pero ni un poquito en este sentido, dejando lo que podía haber sido un disco verdaderamente grande en un divertimento encantador. Peccato.