|
Extracto de la última revista del Teatro Real. Para reanimar el debate sobre los iluminados (o no) directores de escena...
Wozzeck Christoph Marthaler, el director de escena suizo que debuta en el Teatro Real con una puesta en escena de Wozzeck, de Alban Berg, explica en este texto el origen de la misma a partir de una conversación con su escenógrafa habitual, Anna Viebrock, en la ciudad belga de Gante. La producción, que llegará al Teatro Real en junio, sitúa la acción en una especie de cantina popular, escenario único en el que se desarrolla todo el drama del soldado Wozzeck, protagonista de una de las óperas cimeras del siglo XX. Las reflexiones esenciales sobre el contenido y el espacio respecto a la puesta en escena de Wozzeck, que se estreno en la Opéra Bastille de París en 2008 y ahora, de manera más o menos igual en la forma y el reparto podrá verse en el Teatro Real –de lo cual me alegro mucho–, surgieron durante hace años, por la ciudad belga de Gante. Casualmente, durante nuestro recorrido por la ciudad, fuimos a dar con una antigua nave industrial, en cuya entrada estaba escrita la palabra “Speelkade” (literalmente: muelle de juegos). Lo que podía significar exactamente quedó algo más claro cuando accedimos al interior del edificio: el centro del “Speelkade” lo configuraba una especie de tienda de festejos con un interior bastante descorazonador. Junto a un buen número de mesas, a las que se sentaban adultos solos, había un mostrador de bebidas, del techo colgaban lámparas. Por todas partes había zapatos de niños, y aquí y allá chaquetas infantiles abandonadas en el suelo o en los respaldos de las sillas. Los niños a los que pertenecían estas piezas de ropa no estaban en la tienda con calefacción, sino que jugaban en enormes castillos de plástico hinchados con aire en los que podían saltar, colocados en torno al pabellón. Anna y yo tuvimos la misma impresión de angustia; los padres no habían acudido a ese lugar para pasar el rato junto con sus hijos; parecía más bien que acudían al centro municipal gratuito para poder estar solos un cierto tiempo. Y sin ser observados. Los pocos adultos que había a las mesas tenían un aspecto apático. Como a través de un velo, las voces de los niños jugando penetraban por las paredes del pabellón. El “Speelkade” nos pareció a Anna y a mí como el intento impulsado por el Estado de crear una zona, en medio de un entorno municipal, ajena a las discrepancias que generan las diferencias sociales que jerarquizan a los seres humanos. Sin embargo, el lugar nos parecía un centro de reunión de individuos exhaustos, un área en la que se superponían historias que solo acontecen en los márgenes más extremos de la sociedad. De repente, Anna y yo tuvimos la misma idea: ese lugar también lo frecuentaría un Wozzeck actual junto con su María y el hijo de ambos. Aquí podrían huir por breves momentos de aquellas subordinaciones a las que se ven inevitablemente expuestos en su vida cotidiana. Podrían sentarse simplemente ahí y soñar con otras realidades, mientras su hijo se pierde entre los blandos objetos de plástico. Pero tal vez fuera distinto y fuera precisamente en este “Speelkade” donde Wozzeck llevara a cabo uno de sus numerosos empleos como camarero o limpiador. Y todos los personajes inventados por Büchner, los doctores, capitanes, tambores mayores y vecinas aparecerían en su puesto de trabajo para provocar y humillar a Wozzeck, alimentarlo con guisantes, dejarse afeitar, e instigarle para que llevara a cabo su desesperada acción. Mientras él recoge las botellas vacías y limpia las mesas, acompañados por el canto de borrachos de los demás visitantes del “Speelkade”, Marie bailaría con otro hombre de mejor rango social y pondría en evidencia ante Wozzeck que este está a punto de perder todo aquello por lo que lucha con sus últimas fuerzas. La palabra “Speelkade”, que en la realidad visitada por Anna y por mí ya parece muy discordante, cobraría en este contexto un sentido múltiple casi amedrentador. Y la situación aparentemente plácida del pabellón y en los castillos para saltar se mostraría como un espacio que no sería la esperada excepción a la regla, sino la regla misma. El lugar que habíamos descubierto casualmente Anna y yo, se había convertido en punto de partida de una puesta en escena que tematiza la narración de Wozzeck de Alban Berg como un fenómeno profundamente actual. Un testimonio musical y dramático de una realidad de la Europa occidental, en la que los espacios de la acción, a través de las limitaciones que imponen la exclusión y la humillación, sitúan a los afectados en tales situaciones de emergencia existencial que sólo pueden reaccionar con impotencia frente a circunstancias que no pueden descifrar porque resultan incomprensibles. Christoph Marthaler.
_________________ Audience´s the same everywhere. There´s much bigger response if they understand what you're singing. Supertitles do help in that regard. Sutherland 85
|