Carl Tunner escribió:
Parece lo mismo, pero no lo es ¿Cuáles son las 5 mejores actuaciones de cantantes que ha visto en vivo?
Otra pregunta difícil e importante. En un orden más o menos aleatorio, y limitándome mentalmente a las actuaciones de los "mejores cantantes" antes citados:
La lista en realidad se podría llenar de pe a pa con las actuaciones que le he podido disfrutar a Juan Diego Flórez. Una de las cosas de las que creo que podemos considerarnos "objetivamente" afortunados los aficionados que hemos vivido en estos años es de la oportunidad de seguir la carrera de un monstruo de dimensiones históricas como este. Dada la regularidad increíble que ha tenido a lo largo de años, y la facilidad increíble con que ha resuelto uno tras otro y una vez tras otra los papeles más irresolubles, resulta muy difícil escoger una sola actuación. Voy a proponer el Giacomo V de
La donna del lago que cantó en La Scala en noviembre de 2011. Ha sido una de las ocasiones en que le he encontrado más cómodo, más dueño de todas sus posibilidades, más sobrado y templado a la hora de merendarse este papel como si fuese la cosa más sencilla del mundo. Una de las ocasiones en que Flórez ha anonadado todos los superlativos imaginables. Inmediatamente después volvió a hacer todo eso en el Liceu con su Carlo de
Linda di Chamounix, provocando al final de su aria una de esas explosiones colectivas de júbilo que definen lo que es la ópera.
Otra de las actuaciones más impresionantes que he escuchado en vivo ha sido decididamente la de Waltraud Meier en aquella Isolda berlinesa que comentaba anteriormente. Meier ha sido también una extraordinaria Kundry, pero quizá en ninguna ocasión me ha llenado tanto como en aquella Isolda, tan seductora, tan ambigua, tan pletórica. Apurada por arriba como apuntaba Gino hace poco, pero de una intensidad tan grande que anulaba la viabilidad de un análisis frío, o más bien que lo hacía irrelevante. Curiosamente, le leí hace poco una entrevista a Meier en la que decía que no había llegado realmente a perfeccionar su Isolde hasta un momento posterior, la producción de Chereau en La Scala, que corresponde a una fase de su carrera que puede ya considerarse como de relativo declive.
El Lohengrin de Kaufmann es también otra de las cosas francamente grandes que he podido presenciar. Grande no solamente por esa voz tan extraña, tan atractivamente oscura en el centro, tan brillante en el agudo, que parece a menudo a punto de perder la línea y que verdaderamente gana tanto en vivo respecto al disco, sino sobre todo por la manera de construir el personaje, de matizarlo, de ir graduando un momento como
In fernem Land con la pericia de un liederista (lo mismito hizo después con
Ah si ben mio), haciendo crecer la intensidad de su narración en un arco perfectamente trabado.
En la lista también tiene que estar la Zerbinetta de Gruberova, que antes también mencioné, y que pude escuchar en dos ocasiones en vivo: en el Liceo en 2002, y después en Viena, en diciembre de 2009 (la producción maravillosa de Filippo Sanjust) en la que acaso fuese una de sus últimas apariciones en el papel. En las dos ocasiones, el público enloqueció (enloquecimos) por completo como había sucedido en aquella retransmisión radiofónica, y con sobrados motivos. Este es uno de los casos en que creo que más marcado me ha dejado la interpretación de un papel por un cantante, hasta el punto de que ninguna de las demás Zerbinettas que he escuchado, alguna de ellas muy buena como Damrau, pueden seriamente suponer un punto de comparación, y por más que quiera evitar esas comparaciones, en este caso me resultan inevitables.
Me queda un nombre, y podría o debería quizá ocuparlo con la Eboli torrencial de la Zajick, o con el Marke impresionante de Pape, o con la Mariscala sexual y contemporánea de Fleming. Pero voy a quedarme con un cantante que apenas frecuentó los escenarios de ópera, y que sin embargo fue de mis absolutos predilectos. Thomas Quasthoff. Le escuché por primera vez cantando en una
Pasión según San Mateo, en un concierto de la ONE dirigida por Frühbeck, en 1999 o 2000, y me dejó sorprendido la belleza, la profundidad y la expresividad de aquella voz, tan fácil, tan auténtica, tan llena de emociones. Después traté de seguirle allá donde cantase y cantase lo que cantase. Siempre, incluso cuando la voz empezó a dejar de acompañarle, fue muy especial.