angelparsifal escribió:
¿Podría definir tres experiencias de ópera en vivo que le hayan marcado o que nunca olvidará?
Es una pregunta importante y difícil, reconozco que al leerla anoche comencé a pensarme la respuesta.
La primera experiencia a mencionar sería una experiencia en vivo... a través de la radio. Me remontó a los años ochenta: ni en mi familia ni entre mis amigos había nadie a quien le gustase esto de la música clásica, e internet ni tan siquiera existía como una entelequia improbable, así que durante mis primeros años de aficionado me nutrí masivamente de Radio 2 (ahora Radio Clásica). Entre esas experiencias, recuerdo muy bien una de las retransmisiones de la temporada del Liceu, al inicio del verano, no antes de 1987 y no después de 1992. La ópera ofrecida era una retahíla incomprensible de frases más habladas que cantadas, sin melodía ni asidero alguno para los oídos. Me fui a cenar sin pena. Al terminar, encendí de nuevo el transistor y me puse a leer con la radio. Al cabo de un rato, una voz aguda comenzó a realizar unas acrobacias sorprendentes, cada vez más inverosímiles, al borde de lo inimaginable. Tuve que dejar de leer, estaba atónito de que esa voz pudiera realizar todo aquello, cada vez más difícil, cada vez más apabullante. Al final del fragmento, el público prorrumpió en una explosión de júbilo salvaje, interminable, inconcebible, durante minutos y minutos no se oyeron por la radio más que los bramidos de un público enloquecido. Yo no era consciente de que eso de la ópera podía desencadenar tal grado de felicidad. Lo que yo estaba escuchando era el aria de Zerbinetta, y la soprano era Edita Gruberova. Creo que aquel día decidí que quería ser parte de aquella cosa, al menos desde fuera.
La segunda experiencia ya es más reciente, y corresponde a uno de mis primeros viajes en pos de "aquella cosa".
Tristan und Isolde, en la ahora cerrada Staatsoper unter den Linden. Diría que noviembre de 2005. En la producción aquella de Herzog & De Meuron con la que Seiffert debutó el papel protagonista, producción que a Barenboim no le gustó y que por tanto en seguida fue reemplazada por la vieja del ángel rotatorio. Bien, seguramente no fuese la mejor producción del mundo. Dio exactamente igual. Lo que Barenboim hizo con esa orquesta es simplemente inenarrable: toda la transparente espesura del ser humano estaba en esos millones de capas de sonido, en ese flujo arrebatado, evidente, incomprensible. Solo la protagonista, Waltraud Meier, era capaz de comprender lo incomprensible de toda esa oleada de emociones, de darles réplica, de explicar el por qué y el como y el cuando. Como si fuese Herzeleide y te arrullase al oído todo lo que iba a ser tu vida. El resto del reparto (Forbis, Rasilainen, Lang; seguramente me equivoco) no era ni de lejos tan brillante (Pape pudo ser el Marke), pero se dejó literalmente la vida. La vida después del
Tristan, es lo que a los espectadores de aquella noche nos quedaba.
La tercera experiencia es la más reciente, y sin embargo no es de ayer.
Die Zauberflöte, en el Festival de Edimburgo, a comienzos de septiembre de 2006. Como en el caso anterior, la producción no era la mejor, y tampoco lo era el reparto (aunque no era tan malo: Zeppenfeld, Cutler, Kleiter, Concetti, Miklósa). Como siempre en estos casos, dio exactamente igual. Desde mi asiento podía ver como Claudio Abbado en el foso
no dirigía, simplemente se limitaba a producir magia con el solo efecto de su mirada. Un momento como el dúo
Bei männern, welche Liebe fühlen fue de una sencillez y de una poesía tan increíbles, con el rostro de Abbado dirigido hacia los cantantes, que creo que su simple recuerdo bastará siempre para emocionarme. La emoción: eso tan evidente de sentir como imposible de explicar. Eso es lo que Abbado desataba por completo, justamente lo contrario de lo que se sigue repitiendo acerca de él. Creo que aquel día decidí que quería convertirme en el Wanderer.