
Trittico fallido, y no será porque Lamberto Gardelli (un profesional admirable con bastantes cosas muy estimables, pero del que siempre ha estado de moda decir pestes mientras otras batutas, músicos bastante más mediocres, eran admirados por "estar allí" en épocas mitificadas y "conocer las voces", que en fin) no intente con fruición coordinar sonidos y comprimarios (numerosísimos e italianísimos, en general bastante bien) y crear atmósferas, discretamente conseguidas.
Trittico que se cae, fundamentalmente, por la incapacidad de cada uno de los tres protagonistas de las diferentes partes de dar relieve humano y teatral a sus papeles (lo que hace que la versión de EMI con la que se trataba de competir, bastante mal hecha, mal dirigida y con canto marginalmente cutre, mantenga su supremacía, esencialmente, por lo bien que se enteran Tito Gobbi y Victoria de los Ángeles de lo que les ocurre a sus personajes). Aquí, ni Robert Merrill (un Michele que ni siente ni padece, aunque canta muy bonito -en especial, el aria recuperada en apéndice-) ni Renata Tebaldi (algo más implicada de lo que suele -espléndida la escena de la confrontación con la Zia- pero también cantando algo menos gloriosamente de lo que solía) ni mucho menos el payasísimo Fernando Corena (un Schicchi sin cinismo, si es que eso es posible) logran alzar la estatura de sus roles hasta emocionar al oyente.
A la que menos mal le va en la vida es a Renata Tebaldi, que tiene el legato y el sentido del canto italiano para hacer cosas muy hermosas en la monjita y la muchacha florentina y el suficiente 'background' verista para sacar la Giorgetta. Tebaldi no nos ofrece la polifacética humanidad de las tres mujeres con la cantidad de matices de otras colegas (singularmente, Scotto) pero tampoco revienta sus grandes números, principalmente por el preocupante estado de un registro agudo ora evitado, ora calante, ora extrañísimo. Nos quedan frases bellísimas por toda la Suor Angelica, en el dúo del Trittico y en un Babbino caro que DECCA se pasó décadas incluyendo en todas sus recopilaciones, pero también cierto lamento por el disco que pudo ser de haber pillado a la soprano en mejor forma.
Y poco más. Porque Merrill y Del Monaco están interesadísimos en el crimen pasional del Tabarro pero absolutamente nada en la cruda descripción de la soledad y el desamor, porque el inenarrable Corena convierte Gianni Schicchi en un gag guiñolesco (lo que no deja de dar cierta pena, porque los medios de Corena no eran nada desdeñables y alguna prestación discográfica revela cierta pericia técnica de la que trágicamente claudicó) y porque, en última instancia, solo Giulietta Simionato comprende la exigencia pucciniana de dar más con menos y logra, así, aproximarse a la verdad última del canto.