
Una de las cosas buenas de estos tiempos operísticos (no todo va a ser malo

) es la curiosidad por ampliar el repertorio y por dejar constancia de esos redescubrimientos con las mejores condiciones técnicas. En ese sentido, ¿quién podía imaginar hace tan solo unos años que pudiéramos tener entre manos un vídeo, con una calidad de imagen inmaculada, de un título mítico como
Robert le diable?... Pues bien, aquí está.
Y no todo queda en el envoltorio, porque incluso se puede disfrutar de la obra sin echarse a llorar, ya que el nivel artístico es al menos aceptable. El protagonista, Bryan Himel, es un cantante entusiasta y valiente, que no se arredra ante las dificultades, y eso se agradece, pero también es verdad que está muy verde para estas empresas. La voz, que tiene un timbre un poco gangoso, está completamente atrás, se abre en el paso al primer agudo, y los sobreagudos (se va a los re naturales optativos en su dúo con Bertram) surgen sin brillo y sin proyección, casi siempre con apoyos nasales, y con una sensación de aplastamiento del sonido. La impresión que se tiene es que es una voz que en vivo no se debe de escuchar demasiado ni por expansión ni por volumen. En cuanto al estilo, hay que reconocer que no canta al barbárico modo, pero le falta ductilidad y fantasía para las vaporosidades del canto francés, todo lo cual se traduce en una sensación de monotonía y de que todo está resuelto un poco por las bravas, sin recrearse demasiado en la faena.
Patrizia Ciofi sigue ofreciendo una voz muy dura, con poca flexibilidad para las dinámicas y para las agilidades. El canto parece siempre demasiado esforzado y sin sensación de disfrute para ella. Además, hay bastantes momentos en que el papel le queda demasiado grave, lo cual pone más en evidencia sus habituales sonidos sordos y desprovistos de sustancia. Aún así, su musicalidad y su entrega consiguen buenos momentos, como el doliente
Robert, toi que j'aime. La rusa Poplavskaya tiene una voz importante, pero su problema son sus maneras toscas y sus rudimentarios recursos técnicos, sobre todo en el control del aire. La voz sale a empellones, desbordada y destemplada en el forte, y con demasiada presión cuando la recoge, lo que da como resultado un sonido tembloroso y con intermitencias, sin verdadero engarce ni ligazón entre las notas.
John Relyea, con su habitual voz cavernosa y ahuecada, es una broma para un papel con la enjundia de Bertram, uno de los caballos de batalla de todos los grandes bajos que en el mundo han sido, por lo menos durante una buena parte de la historia del canto mientras la obra se mantuvo en el repertorio. Llega a confundirse lo grotesco de su personaje con lo grotesco de su canto. Se defiende mejor por abajo que por arriba (los fa sostenidos optativos son un auténtico ladrido), y sin embargo hay un momento en que se obra el milagro: la frase
Voici donc les debris du monastere antique, que abre la escena del cementerio, es un modelo de canto mórbido y sedoso. Si siempre sonara la flauta de esa manera, Pasero, de Angelis y Ramey serían unos aprendices

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Brillante, variada y colorista la dirección de Daniel Oren, que consigue además dotar de unidad a la partitura, caracterizada, como es habitual en Meyerbeer, por ser un Frankenstein musical, que coge de aquí y de allá. Y como era de prever tratándose de Laurent Pelly, la puesta en escena es inteligente, plástica, y lo que supone todo un acontecimiento hoy en día: con sentido de la narración. Hay capacidad para recrear y para dejar su propia huella (entre otras cosas, la ironía con que está vista la historia, rematada con una guinda final que no voy a desvelar), pero siendo fiel a la historia. Un oasis de clarividencia y sentido común en los tiempos que corren

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