Recapitulando crónicas:
EL PAÍSUna pizza para Felipe II
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La radical propuesta del polémico director de escena alemán Peter Konwitschny, que provocó una fuerte división de opiniones al final de una larguísima representación de cinco horas, encendió con virulencia los ánimos del público tras una sorprendente acción teatral que plasma con dureza y violencia salvaje el auto de fe que cierra el tercer acto de la monumental partitura. Antes de llegar a esa escena, Konwitschny ya levantó ampollas convirtiendo el ballet del la reina La Peregrina, que se corta siempre, en una broma doméstica, El sueño de Éboli, en el que la princesa Éboli se cree casada con el infante Don Carlos. Esperan a cenar a sus suegros, Felipe II e Isabel de Valois, pero, como se le quema el pollo, encargan una pizza. que les servirá un repartidor de la empresa Posa?s Pizza que no es otro que el Marqués de Posa. Acaban jugando con una cuna -la princesa está embarazada-bien regados con champagne para celebrar la llegada del futuro heredero al trono. Es, ciertamente, una memez, cuya única función es divertir un poco en medio de un drama oscuro en que se mezclan la política, el fanatismo religioso y los sentimientos.
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Lo del auto de fé, en cambio, no es ninguna broma. Konwitschny dinamita las convenciones de la grand òpera convirtiendo la escena en un estremecedor reality show transmitido en directo por televisión y presentado con desparpajo por la actriz Lloll Bertran. Montado con inequívoco afán de provocar, alcanza su más sensacional impacto al convertir al público en una colosal masa de figurantes que se mezclan con los personajes: la entrada de los reyes, el desfile de herejes camino de la hoguera, golpeados sin piedad por la policía y seguidos de cerca por los paparazzi...el sadismo y el horror convertidos en espectáculo televisivo.
Tras lanzar estos dos torpedos contra la línea de flotación de las convenciones operísticas, el montaje acumula aciertos y despropósitos en el dibujo de los personajes.
La Razón El mayor escándalo del Liceo, o casi
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Como asistimos el sábado en el Liceo a una parodia de la ópera, espero no se altere nadie si a continuación les ofrezco una crítica paródica. Ahí va.
En la Francia del XIX solían representarse las óperas con largos ballets, que poco o nada tenían que ver con el contexto, pero que servían para proporcionar bailarinas a los poderosos así como para distraer al personal en medio de los dramas. En esta versión francesa e íntegra del «Don Carlo» Konwitschny parodia a su aire el de «Don Carlo» con una escena doméstica que subtitula «El sueño de Éboli». La princesa, en la espera de la escena del jardín, sueña con su matrimonio con el infante. La pantomima nos traslada a una vivienda de los años cincuenta, con la única referencia del conocido retrato de Don Carlo sobre una pared empapelada con floripondios. Éboli pone la mesa y cocina un pollo para los invitados: su marido el infante, Felipe II y su esposa. Pero el pollo se quema y han de llamar a «Posa’s Pizza». Los cuatro discuten y bailan con la música ramplona que, a veces, no encaja con la acción.
Furibunda división de opiniones del público al final del cuadro. Como jamás he presenciado. Eché de menos que no se alzase la voz de Carlos I en medio de tal algarabía «¡Pueblo! No sigan el juego a Konwitschny con su excitación. No es otra cosa que la forma inteligente de suplir con un escándalo las carencias de su Don Carlo. Guarden silencio, contemplen a un Felipe II desdibujado y tan pobre en carácter como los inexistentes decorados y pateen al final la poca y arbitraria definición de los personajes». Pero no habló, porque el monje en el que debía reencarnarse prefirió jugar a ser el Melitone de «Forza del destino».
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Yo iaproveché el happening para formular algunas preguntas. Empecé por Marilyn Monroe, la voz del cielo llegada de Iraq: «Me encanta estar aquí para animar a las tropas de Felipe II». La interrumpió un trompeterío en el pasillo. Me colé entre bastidores para preguntar a Sonia Ganassi, la gran triunfadora de la noche como Éboli, cómo se encontraba en la producción. Lo logré, después de que Konwitchny nos descifrase la razón del parche en el ojo y de que el Gran Inquisidor la pillase en la cama con Felipe II, pero antes de que los sicarios de ambos la apuñalasen. «La verdad es que me cuesta mucho centrarme en el personaje porque siempre sucede algo que me saca de él». Se trata de reescribir la ópera en vez de recrearla.
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Señor Konwitschny: ha pasado usted la prueba, posee una gran inteligencia y La Cubana le acepta para diseñar su próximo espectáculo. Y muchas gracias también por hacerme disfrutar tanto al escribir esta parodia de crítica que espero a la altura de la suya sobre «Don Carlo». Ah, y como yo, sonría por favor.
ABCVerdi y la modernidad
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Las primeras escenas de esta coproducción entre el Liceo y la Ópera de Viena de «Don Carlos», en su versión original francesa (estreno en España), en nada hacían sospechar lo que más tarde sucedería. Una lectura convencional de la trama, fría y desangelada, centrada en la dirección de actores ante la ausencia de elementos escénicos, no aportaba nada nuevo dejando protagonismo a la partitura, la auténtica novedad. Pero el director de escena Peter Konwitschny tenía varias sorpresas preparadas para impactar, y lo consiguió con creces con un complejo espectáculo teatral.
Sus dos grandes innovaciones funcionan como espléndidos divertimentos; primero el ballet, transformado en un «show» de televisión de los años cincuenta, coreografiado sobre los protagonistas: es una humorada sin más. El auto de fe fue el otro gran terremoto escénico, transformándolo en un programa de «prime time». ¿Cómo retransmitir en directo, por televisión, una quema de herejes? Konwitschny presenta su propuesta, abucheada por medio teatro.
Bastante menos funcionan otros aspectos, como esa Eboli metida en la cama de Felipe II, ese eterno deambular de rodillas al que obligaba el director a los intérpretes, o la desnudez del escenario.
El Periódico "Don Carlos", levantando ampollas
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La fuerza teatral de la versión que el director de escena Peter Konwitschny propuso para el estreno español de la concepción original en francés del Don Carlos verdiano levantó ampollas, tal y como lo ha hecho con sus anteriores producciones liceístas; esta vez, además, provocó una guerra declarada entre dos facciones del público, con una de ellas bien armada, incluso con algún silbato, para amenizar la bronca.
Escenografía fría, despojada de elementos de apoyo, y cuidado vestuario de época excepto en los reinterpretados ballet La peregrina, sustituido por un sueño de Eboli a lo I love Lucy, impregnado de humor y sarcasmo, y en el auto de fe, visualizado como un programa de telebasura. Peter Konwitschny prueba una vez más que es una animal de teatro, que coreografía con una exactitud impecable las aglomeraciones y que no se olvida ni del último comparsa.
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Un Don Carlos revitalizador y controvertido para el Liceu del siglo XXI.