Gino escribió:
La pregunta es cuánto hay en todo esto de emoción sincera y pasión por el arte y cuánto de coleccionismo cultural, afán de protagonismo, síndrome del trofeo y culto al propio ego.
La respuesta, en el próximo episodio de "Cómo ser Carl Tunner".
Bueno, puede pensar lo que quiera. Le aseguro que cuando empecé a ir a la ópera bajaba siempre (desde la segunda función que ví, como he dicho) con toda la ilusión, emoción y pasión por el arte que se pueda imaginar. Para mí los cantantes eran como Dioses y no digamos un Kraus (especialmente), una Caballé, un Domingo... Era como un ritual, bajar con el programa y que te lo firmaran todos, ir recogiendo las fotos dedicadas que daban y luego, en casa, colocarlas en el álbum. Una ilusión desbordante. Ojo, cuando no había foros ni internet, para contarlo y cultivar egos y protagonismos.
Ahora cada vez voy menos, sólo si son cantantes de mi especial predilección o grandes divos de los pocos que quedan o cantantes con los que tenga amistad o que los conozco de hace tiempo y siempre voy a saludarlos.
Por lo demás, no veo el problema o lo negativo al coleccionismo cultural, ni el síndrome de trofeo. Todo ello inocuo. Mis cuotas de afán de protagonismo y de ego, nunca las he negado

, pero son de un porcentaje ínfimo al lado de mi pasión por la ópera.
Le voy a poner un ejemplo, yo he tenido la suerte de poder esar presente en cenas, por ejemplo, con Raina Kabaivanska o Edita Gruberova, la dicha inmensa la constituía tener un mito de la ópera delante, poder preguntarle (¿Sabe lo que es poder preguntar a una Raina por Del Monaco o Christoff o escucharla hablar de sopranos contemporáneas suyas o por su opinión sobre tal o cuál papel?)
Dicho esto, no niego lo que se farda contándolo, pero sería como decir que si uno echa un polvo con Scarlett Johannson, disfruta más por el hecho de contarlo, que por el evento en sí.
En resumen, deje la mesa camilla, que aún está a tiempo de llegar a ser Tunneriano (Carl Tunner no, porque es único y simpar

)