
He estado estos últimos días alternando dos versiones de
Falstaff, una estrictamente contemporánea (la que se puede ver en la imagen) y otra del San Carlo de Nápoles de hace casi treinta años (de 1985 en concreto). Lamentablemente, vuelve a confirmarse la regresión en el canto

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El protagonista de la versión de Nápoles es Sesto Bruscantini, que hace un Falstaff señorial y de extraordinaria clase. No hay una sola nota fuera de sitio, domina la tesitura del personaje con una facilidad pasmosa en alguien que procede de la cuerda de bajo, y la precisión y la incisividad del fraseo es superlativa,
cantando siempre, sin ceder al parlato, ni a otros vicios ni aliviamientos. En la versión de Zurich, el protagonista es Ambrogio Maestri, supuestamente el Falstaff del presente. ¡Aviados vamos!... Es el reverso de la moneda de Bruscantini: no hay una nota en su sitio; rebaja el personaje hasta lo palurdo y lo baboso; se vale de todo los recursos típicos del anticanto (vociferaciones, falsetazos ridículos, escupitajos vocales, eructos canoros…) hasta el extremo de romper continuamente la exquisita fusión de texto y música que es una de las claves de esta partitura única. En dos palabras: un horror.
Lo mejor de esta versiópn moderna de
Falstaff es la Alice de Barbara Frittoli, un personaje que le permite demostrar su buena escuela y su buen gusto. Es preferible a la Kabaivanska, que aunque va de menos a más, aparece con la voz demasiado pesada y poco flexible para las sinuosidades de la señora Ford. También es mejor la Quickly de Zurich (Naef) ante el espanto de Martha Szirmay en Nápoles. Y en condiciones parecidas (para mal) los dos Fenton: Lopardo era un cantante poco presentable y Camarena decepciona en este papel, sobre todo por las complicaciones que le presenta su momento solista del último acto.
El papel de Ford se lo reparten Massimo Cavalletti (un ventrílocuo insoportable) y Leo Nucci, que con la voz fresca (aunque ya con sus trucos caractéristicos) siempre hizo una buena defensa de este personaje. Por último, la Nannetta de Zurich es Eva Liebau, modosita, pero sin un control seguro del aire, que tiende a mezclarse con el sonido, en ese
totum revolutum tan habitual en el canto moderno. En cambio, en Nápoles del papel se encarga Alida Ferrarini (por cierto, fallecida el año pasado a una edad relativamente joven), una cantante de segundo nivel en aquellos años, pero comparado con lo que se ve hoy en día, da gloria escucharla: una voz muy bien emitida, morbidísima, y que se marca una estupenda versión de su aria, que al público no le queda más remedio que interrumpir con gozosa algarabía.
Los directores son Gatti y Oren. Dos buenas versiones, aunque quizá Gatti peque en ocasiones de un sonido demasiado “tocho”. Y por último, decir que lo de esta música sigue siendo un misterio: cada día parece más fresca y más juvenil

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