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No es para tanto, que sólo es un dibujo.
No, hombre, es una foto (o algún ancestro respetable como el daguerrotipo). Si el muerto era famoso, le hacían una mascarilla. No bien se inventó la foto (carísima como era al principio), era de lo más usual sacarle una a los muertos, a veces disfrazándolos de vivos, a veces en estado algo impresentable, e incluso hacer postales para mandar a los parientes.
A veces nos quedamos con la imagen almibarada e idealizadora del romanticismo del XIX y olvidamos que fueron unos tétricos de primera (ya sé, ya sé, Rossini abarcó también la etapa anterior, pero murió cuando los románticos tardíos hacían de las suyas).
Para dar un ejemplo más repugnante todavía que el del Inqui, les transcribo un fragmento de La dama de las camelias de Dumas hijo en el que Armand inisite en ver lo que quedó de su amada Margarita (en la novela el rollo del sacrificio no se revela a tiempo y Armand queda con una culpa del tamaño de África):
La humedad de la tierra había oxidado los tornillos y no sin esfuerzos abrieron el ataúd. Un olor infecto salió de él, a pesar de las plantas aromáticas de que estaba sembrado.
––¡Oh, Dios mío, Dios mío! murmuró Armand y palideció aún más.
Hasta los sepultureros retrocedieron.
Un gran sudario blanco cubría el cadáver, dibujando algunas de sus sinuosidades. El sudario estaba casi completamente comido por un extremo, y dejaba pasar un pie de la muerta.
[...] Entonces uno de los dos hombres extendió la mano, se puso a descoser el sudario y, agarrándolo por un extremo, descubrió bruscamente el rostro de Marguerite.
Era terrible de ver, es horrible de contar.
Los ojos eran sólo dos agujeros, los labios habían desaparecido y los blancos dientes estaban apretados unos contra otros. Los largos cabellos, negros y secos, estaban pegados a las sienes y velaban un poco las cavidades verdes de las mejillas, ––y sin embargo en aquel rostro reconocí el rostro blanco, rosa y alegre que con tanta frecuencia había visto.
La Traviata de Zeffirelli, justo, justo. Baci,
Maddalena