|
Bueno, vamos allá, por fin, con el prometido comentario. Como ya os dije, no os puedo ofrecer un comentario “musical”, en sentido estricto, porque mis conocimientos son limitados. De modo que me limitaré a citar los momentos qué creo que tienen interés a través de referencias al texto de la canción y al minutaje de la interpretación de Van Dam, que tomo como referencia de mi comentario.
Como vais a ver, creo que la canción tiene tres partes bien diferenciadas, en un crescendo bastante evidente, y muy bien subrayado por Van Dam, por cierto.
La primera de estas secciones se asemeja a un recitativo inicial, donde el fraseo –por fidelidad al texto- requiere un menor énfasis. Digamos que se trata ahí de solemnidad, sobre todo, casi de una introducción formal a la plegaria. Fijémonos, avanzadas las primeras frases y las primeras agilidades (0:16 , 0:20, 0:30, 0:40), en cómo traza Van Dam el arco de “v'yamlikh malkhuteh” (0:50 ), precioso y contemplativo, deteniéndose en las vocales “i” y “u”. El agudo de esa frase contrasta con el firme y preciso grave algo más tarde en “b'chayekhon” (1:08 ). Esta primera sección culmina en dos puntos: en esa leve subida de “uvchaye” (1:18; también la subida en 1:33) y, sobre todo, en la última frase (1:50), presidida por un par de leves agilidades hasta el último “amen” (2:00), que Van Dam ataca con una contención piadosa.
Los acordes del piano cambian ahora (2:06) y dan paso a la que entiendo es una segunda sección, requiriendo otro fraseo y otros acentos. Hay más tensión y más dolor en la voz de Van Dam ahora (2:24). Dicho de otra forma: menos plegaria y más encuentro a carne abierta con la divinidad. La sintonía entre el fraseo de Van Dam y los acordes del piano es estremecedora. Hay algunos momentos de especial interés vocal. Fijémonos, por ejemplo, en la lacerante precisión con que alarga el fraseo hasta “b'rikh hu” (2:55), con ese hermoso grave en la “u” (2:58 ). Justo a continuación, con que contención levanta y vuelve a bajar la frase en “l'ella min kol birkhata” (3:06 – 3:15), con esos sonidos líquidos de las consonantes, tan sugerentes. Hermosísimo. Justo ahí, que no os pase por alto cómo susurra el “v'shirata” (3:16), como turbado, como experimentando una transición, un cambio, un encuentro. Y por último esa forma tan sugerente de cantar “el hatahwnehamatha” (3:25), como si fuese casi un recitativo al borde de los labios. Hasta llegar al final de esta sección, con ese “ma” en morendo que produce escalofríos (3:41).
Y llega ahora la última inflexión, con otros acordes del piano decisivos (3:46). Es la tercera y más desgarradora sección de la canción. Es un momento a mi juicio desgarrador. El piano se vuelve más agresivo y doloroso y el fraseo de Van Dam no es ya orante sino que clama, suplica, dibujando el desgarro del que implora piedad y se reconoce minúsculo. Llegan ahí esos dificilísimos “ah” (3:48 ). Difíciles por cómo están escritos y por el reto dramático que suponen, al ser puros lamentos, digamos que vacíos de contenido, dados ahí al intérprete para que los haga suyos. Ravel se muestra aquí como un compositor inmenso, a mi parecer. Y la resolución de Van Dam es increíble. No sólo es preciosa sino de un virtuosismo técnico deslumbrante. Por varios motivos: por cómo dosifica el fiato, por cómo dibuja cada ataque a esos “ah”, por cómo resuelve sus agilidades (3:59, 4:04), por cómo sube al agudo, por esa mezcla de mesura y desgarro… Enorme Van Dam y enorme el momento de la canción. Pero todavía queda un momento más elevado y más difícil si cabe para el intérprete: ese último “amen” (4:22), atacado bien arriba, al desnudo. Es impresionante cómo lo hace Van Dam, con qué plenitud lo ataca y como lo hace suyo dibujando un arco hasta cerrarlo, como sujetándolo poco a poco, tensándolo.
Lo sigo escuchando una y otra vez y no deja de maravillarme y estremecerme como pocas piezas han hecho. Fabuloso Ravel.
Y sobre Van Dam, sólo un par de apuntes más. El primero es que no advierto esa sensación de temor y pesadez, como un lastre de la tradición, que algunos habéis subrayado. Más bien advierto un acento suplicante, una plegaria lacerante, de un hombre herido y lleno de dolor, pero con esperanza. De ahí que lo siga preferiendo, por descontado, a las interpretaciones de Caballe y de los Ángeles, pero también a Norman, que sigue resultando un tanto contemplativa, y que, técnicamente, queda algo por detrás de Van Dam: véanse sus agilidades, su menor solemnidad general en el fraseo, la escasa evolución que hay entre las partes de la canción, o sobre todo, muy revelador para mí, su forma de abordar el último “amen”, mucho menos lograda que Van Dam. Una gran interpretación de Norman, en cualquier caso; son objeciones al detalle pero no al todo.
|