En general coincido con las apreciaciones del señor Mitchum, salvo en algunas cosas puntuales, pero el resultado global me pareció más bien regular, y no fue una función de excesivo disfrute. Lo mejor lo puso Albelo, es verdad, pero también es verdad que se quedó más en las intenciones que en los hechos. La voz no acaba de estar bien puesta en toda la tesitura, y a frases y sonidos buenos, le suceden otros descolocados, sin redondez, o desvaídos. La
Furtiva lagrima fue un ejemplo perfecto de esa mezcla extraña de buenos propósitos y resultados dispersos.
A Capitanucci lo dejamos al margen porque estaba mermado de facultades, como se anunció al comienzo. Schrott destrozó a Dulcamara, cantado a bocinazo limpio, además de una acentuación del texto, una cuadratura, y un sentido de la medida, de su propia cosecha, que nada tenían que ver, no ya con lo escrito por Donizetti, sino ni siquiera con lo que marcaba el director de orquesta. La señora o señorita (no controlo del tema) Machaidze, simplemente pasaba por allí y aprovechó para marcarse unos gorgoritos. Aparte de cantar en un idioma de la galaxia exterior, incomprensible al menos para mí, la voz está emitida a presión, sin un verdadero y ortodoxo control, por lo cual el sonido sale un poco a empellones, lo que hace imposible un mínimo sentido del legato. Y en mi opinión, la zona aguda es excesivamente desabrida.
Otro destrozo descomunal el realizado por el director de orquesta, Marc Piollet. Dirección completamente desangelada, sin matices, sin colores, sin gracia, sin nada de nada, más que marcar el compás y meter mucho ruido. Confunde el brillo con el estruendo, y el brío con las prisas (inenarrables las carreras a galope tendido de la orquesta y los cantantes en todas las
strettas). Además de todas esas "gracias", realizó una brutal carnicería en la partitura, que dejó reducida, en su estructura, a la mínima expresión. Algo así como un
Elisir de hace cincuenta años, pero sólo en lo malo

.
A mí tampoco me disgustó la puesta de Michieletto, pero viniendo de él esperaba más. No hay desnaturalización de la historia, como dice el señor Mitchum, pero el problema es que la idea (que es buena y brillante) no avanza ni se desarrolla, y tampoco se le saca partido a la mayoría de las situaciones, ni a las originales del libreto, ni a las que surgen del nuevo contexto.
Al final, aplausos para todos (el espíritu navideño nos empieza a acechar), más encendidos para Albelo y Schrott, y algunos pitos para el equipo escénico.