|
En medio de esta crisis pertinaz y cruel, en medio del aniversario wagneriano, el Liceu emprende el proyecto ambicioso por excelencia para cualquier teatro de ópera: un nuevo Anillo, presentado prudentemente a lo largo de cuatro temporadas, sucediendo al anterior de hace una década, el que dirigió De Billy con la escena de Kupfer. Si aquella producción procedía de la Staatsoper berlinesa, ésta de Carsen viene de Colonia, es decir, parece que ha querido apostarse por un producto conocido que se considera de calidad, antes que asumir la incertidumbre de una nueva producción.
A juzgar por lo presenciado en la función de ayer, este es un Rheingold mucho antes para el cerebro que para el corazón, mucho antes para la razón que para la emoción. Si el trabajo de Carsen ya habitualmente se caracteriza por la toma de distancia respecto de la obra presentada, sin embargo en pocas ocasiones como en ésta ese distanciamiento conduce a una mirada tan escéptica, diría que tan gélida, acerca de los personajes y acerca de la historia misma que se narra. Los muchos excesos a que nos ha sometido, somete y someterá el Regietheater y sus aledaños, hacen que seamos ya capaces de asistir impávidos, sin mayores sobresaltos, a una propuesta como la de Carsen, en la que el paraje despejado en las cumbres montañosas donde se desarrollan según el libreto las escenas pares se transforma en una inmensa y casi vacía nave en construcción; los Dioses son miembros de una suerte de alta burguesía (con su líder en atavío militar) autocomplaciente, instalada en la molicie, incapaz de entender lo que va sucediendo a lo largo de la obra; Loge es el mayordomo que sabe cómo resolver todas las cuitas de esa altiva y decrépita familia; los Gigantes son los capataces de una abundante cuadrilla de obreros de la construcción; y las Ondinas son reconocibles habitantes de alguna esquina de nuestro cuarto mundo, o de algún otro quizá posnuclear, en todo caso sucio y deshumanizado. Carsen renuncia a intentar siquiera los habituales efectos teatrales en escenas que parecen reclamar espectacularidad como las transformaciones de Alberich, el descenso y ascenso al Nibelheim o la tormenta convocada por Donner. La aparición de la serpiente se resuelve de manera muy imaginativa: los nibelungos inertes a los bordes del escenario comienzan a reptar hacia el centro hasta formar una suerte de espiral, trabándose por parejas en una pelea que solamente termina con la mutua exterminación de los contendientes, logrando un efecto estremecedor. La transformación en sapo, que apenas se resuelve con el paso de Alberich a la parte trasera del escenario y con algunos efectos de iluminación (un foco desconcertado a modo de linterna tanteando la oscuridad), exige en cambio del espectador una dosis extra de generosidad en eso de la suspension of disbelief. Los viajes al Nibelheim, espectaculares en aquella producción de Kupfer, con el escenario desplazándose verticalmente, se resuelven aquí con una simple bajada de telón y cambio de escenario. Finalmente, si no nos había quedado clara la opinión que a Carsen le merece la ajada casta de los dioses, la imagen de Donner transformado en un torpe golfista que para desatar la tormenta pega un buen meneo a la pelota, es más expresiva que mil palabras; todo un contraste con la imponente realización de esa escena en el Anillo valenciano, con Donner suspendido sobre la imponente orquesta. Espléndido el preludio, con figurantes que cruzan la escena de izquierda a derecha, arrojando cada uno al suelo unas hojas de periódico o algún objeto parecido, cada vez más personas y caminando más rápido según avanza la música, hasta que finalmente echan a correr; imágenes que sugieren quizás la aceleración en la marcha (no se sabe hacia donde ni para qué) de la historia y en la degradación del entorno: curioso que en este caso empiece el Anillo presentando un mundo sucio, irrespirable, terminal, al contrario de lo que por ejemplo planteaba Kupfer. En fin, un planteamiento teatralmente irreprochable, que mantiene una lógica interna y que capta sin decaer el interés del espectador. Ahora bien, si es innegable que la propuesta guarda muchos puntos de conexión con la obra de Wagner, para mi gusto propone una lectura demasiado sesgada de la misma, porque Rheingold no es solamente crítica social e ironía. La dimensión mítica, la dimensión fantástica, la dimensión romántica, son no solamente desconocidas sino negadas en esta visión.
Otro tanto puede decirse sobre la interpretación del director de orquesta. Estas funciones significan la presentación de Pons como titular del coliseo, lo que supone un reto sobreañadido al que esta obra implica de por sí. Protestado al parecer en el estreno, no así ayer, Pons parece haberse centrado en trabajar la sonoridad del conjunto, logrando en general un rendimiento más que aceptable de la orquesta, cuya interesante progresión a lo largo de esta temporada parece a estas alturas ya innegable, descontadas las limitaciones obvias y conocidas. Si esa es la parte positiva en el desempeño del maestro, justo es también señalar que se echa a faltar un mayor pulso, una mayor temperatura, una mayor continuidad en la narración, serios inconvenientes en obra como ésta, que ayer sonó más como una sucesión de (más o menos) bellos momentos que como una obra unitaria.
Justo es también reconocer el mérito del Liceo al convocar un reparto en principio muy interesante y a la postre muy digno, con varios de los nombres que estuvieron en el Anillo de Thielemann en Bayreuth. Si en 2003 fueron Falk Struckmann, Graham Clark, Gunther von Kannen, Kwanchul Youn y Lioba Braun quienes encabezaron el reparto, los protagonistas de 2013 no se quedan en general atrás de sus colegas de entonces. No se presentó en su mejor forma un Dohmen que pasa como de puntillas por la función, como abstraído en lo expresivo (quizá en parte por el planteamiento del director escénico), dejando destellos de su categoría en algunas frases, pero no muy audible en más de un momento; no es éste el tonante, enérgico y joven padre de los dioses. Shore tiene el color feo que puede ser esperable o asociable para Alberich, recurre con algo de exceso a eso de "actuar con la voz" y se crece de manera considerable en alguno de sus parlamentos, en particular en la escena tercera (estremecedor en Habt ihr´s gehört? Habt acht!); bien igualmente en su intervención final. De todas maneras, hoy creo que cantantes como Kränzle (con Barenboim) o Koch (con Nagano), este último próximamente transformado en Wotan, son los que ostentan ya el cetro en este rol. Streit cantó ya en este teatro hace años un estupendo Erik y revalida ahora su éxito, con un Loge no tan cáustico como aquel magnífico de Clark, pero de segura línea, variado fraseo e impecable estilo, que le vale el mayor aplauso de la noche. A mí en cambio quien más me gustó fue la Fricka de Fujimura, con un instrumento ayer de bellísimo color y generosa proyección, sabiendo otorgar un relieve inusual a cada una de sus frases. Muy notables asimismo los gigantes, en especial el Fasolt de Anger. Soy muy admirador de Podles, pero ayer no me gustó. Cambios de color aparte, me dio la sensación, y no es la primera vez, pero en Wagner es más problemático que en otros compositores, de ir más bien a su aire; el instrumento, además, no suena con la insolencia de antaño. No muy imponente el Donner, entre lo correcto y lo discreto los demás solistas.
Al final, aplausos entusiastas aunque algo breves de un público que permaneció considerablemente atento y silencioso a lo largo de la función.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
|