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Era mi primer viaje a Italia, aprovechando un vuelo low cost que me salió baratísimo. Revisé qué óperas había en Roma en esas fechas y lo único disponible era una Norma (2º reparto) en las Termas de Caracalla. Como dependo de los vuelos chollo de la compañía del loco irlandés, pues casi siempre pillo segundos repartos, óperas que no me gustan demasiado (como esta), etc., y esta vez no iba a ser menos.
También era mi primera vez en un festival de verano al aire libre, tipo Arena de Verona. Pero Caracalla no tiene nada que ver con ésta salvo en los precios abusivos. Tengo la imagen de Verona de un público muy heterodoxo, popular, japoneses aplaude-todo..., pero en las Termas todo era público nacional y bastante sibaritismo. Nada más llegar pedí una cerveza en el bar y me dieron una caña en un miserable vasucho pequeño de plástico a 6 euros. Mal comienzo. Después, entré al patio de butacas: decorado casi inexistente y sillas enanas de plástico que triscaban y te dejaban los riñones para el desguace. Para más inri, me levanté para ver que había huecos en el graderío, y al girarme le di un codazo a una superpija que estaba delante y me riñó en italiano, pero no me enteré de nada...
Y cantantes y orquesta con micrófonos, que tampoco me lo esperaba.
Bueno, a la función: Gabriele Ferro dirigió con batuta de plomo. Si bien en ciertos pasajes y con las ruinas romanas de fondo le daba un toque místico a la obra, en otros provocó bastante sopor. Maria Pia Piscitelli fue una correcta Norma, de voz más pesada de lo que la recordaba. Sus notas medias y graves se deslizaron aterciopeladamente por el aire romano, pero las agudas fueron chilladas y cogidas “con pinzas”. En general, dejó un regusto de frialdad y falta de conexión con el público, ya patente desde su apenas aplaudida Casta Diva. Serena Farnocchia cumplió como Adalgisa, pero es una mezzo de voz ligera que provocó falta de tensión y dramatismo en varias escenas. Tuvimos una Norma que sonaba a mezzo y una Adalgisa que sonaba a soprano. El Pollione de Riccardo Massi fue sin duda lo peor de la noche: voz de ventrílocuo total, toda en la gola, con el mismo soniquete artificial siempre, inexpresivo. Un horror. Me imagino que las comparaciones con Fabio Sartori que cantaba en el primer cast fuesen odiosas. El Oroveso de Riccardo Zanellato fue todo lo mediocre que era de esperar en un cantante tan veterano y tan visto como este. El Flavio de Enrico Cossutta sonó al típico Flavio de todos los teatros del mundo, como acostumbran a sonar todos los Spolettas también.
La puesta en escena minimalista no ayudó nada a levantar el nivel artístico de la función. Una decepción. Otra vez será... Todos los caminos levan a Roma.
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