ROBERTO DEVEREUX (Gaetano Donizetti) Marsella, 27-11-2011
Mariella Devia, Stefano Secco, Fabio Maria Capitanucci, Beatrice Uría-Monzón
Dirección Musical: Alain Guingal. Dirección de escena: Afortundamente nadie y nadie lo echó en falta

. Versión concierto.
Mariella Devia, ya convertida en una leyenda del bel canto a causa de su longevidad vocal, su técnica e inteligencia inatacables y su permanencia y revalorización a lo largo de los años ante un panorama ayuno de sucesión en las jóvenes generaciones, debutaba el terrible papel de Elisabetta de Roberto Devereux. Una obra maestra absoluta del maestro Donizetti, que a cada escucha, se agiganta como un melodrama redondo y rematado, tanto en lo dramático, como en lo musico-vocal.
Muy positivo me pareció este acercamiento al papel (y a ella también por la satisfacción que denotaba ante las ovaciones y braveos interminables que recibió en sala, como en el momento de las felicitaciones de los aficionados en la salida de artistas). Evidentemente, la gran soprano italiana carece de entidad en el centro y grave para las exigencias vocales de la gran Reina, así como el gran temperamento dramático necesario en muchos momentos. Así el acto II (dúo con Nottingham y stretta final, de testitura muy baja y con tremendos saltos interválicos) fué el que más problemas le planteó y donde más apurada y prudente se la vió. Poco importa todo ello, ante la exhibición de un canto que, prácticamente, ha desaparecido de los circuitos teatrales. Llevó el papel a su terreno, sin caer, lógicamente, en la tentación de falsear graves de pecho o buscar resonancias extrañas para los mismos. Ya desde la cavatina de salida, uno asiste a una clase magistral de canto italiano. Colocación y firmeza total de la emisión, legato de alta escuela, fiato inacabable, control absoluto de la respiración, dominio total de las regulaciones dinámicas, agilidad de una precisión portentosa y ascensos al agudo y sobreagudo todavía desahogados y con squillo. Todo ello con un timbre, aún sano, si dejamos de lado alguna nota central árida. Los bravos atronaron el teatro, después de una asombrosa interpretación de la cabaletta "Ah ritorna qual ti spero" (con variaciones en la segunda estrofa), toda una lección de coloratura en una época en que las supuestas divas de la actualidad, que acometen este repertorio, no saben ni ejecutar un trino, ni reproducir una roulade, una volata o unos pichettati, con la mínima decencia.
En fin, debo confesar que todo eso ya lo esperaba en Donna Mariella, después de tantas veces que uno ha disfrutado de su arte, pero lo que me sorprendió, fué la conmoción que logró en la fabulosa escena final. Un pieza magistral, que como guinda de gloria, corona una ópera grandiosa. Después de haber alcanzado el éxtasis las veces que había visto esta ópera en teatro (siempre sólo y exclusivamente a Edita Gruberova, una de las escasas destacables intérpretes históricas del papel junto a Sills, Gencer y Caballé) lo volví a alcanzar con la genial soprano italiana, que abordó la escena con una inteligencia y sentido de la planificación supremas, también con variaciones en el da capo y logrando, que esa progresión diseñada por el genio de Bergamo, llegara a ese clímax paroxístico culminado, además, con un estupendo sobreagudo que provocó que los bravos salieran de lo más hondo, sólos, de manera irracional y desgañitante. En estos casos con cantantes veteranos de esta dimensión, siempre me pasa lo mismo: por un lado, el inmenso gozo del disfrute del momento, por otro lado, una indisimulada tristeza, hondamente acendrada, de que esto se acaba, de que nunca volveré a escuchar cantar así.
A su lado, el tenor
Stefano Secco, extrovertido, efusivo y con cierta intención en los acentos, si bien faltos totalmente del correspondiente sentido áulico (este repertorio nos evoca el ideal de belleza, algo superior, inmarcesible y el hombre parece un cobrador del metro

) mostró timbre modesto, impersonal, agudos falseteros y sireniles, propios de Jaroussky junto a una falta total de clase y elegancia. Algo parecido sucede con
Fabio Maria Capitanucci, de medios vocales superiores por calidad y belleza tímbrica, pero con una emisión caída de posición, unos viajes al al agudo poco desahogados, en los que el paso no está solucionado y el sonido se blanquea y carece de expansión. El canto, efectivamente, resulta correcto y cordial, muy italiano, pero de modos plebeyos.
Fuera de juego en este repertorio
Beatrice Uría-Monzón, guapa y de estupenda figura como siempre (es una genuina "sexy mature"), de medios sopraniles, carente de graves, y que, junto a potencia vocal y algunos sonidos percutientes (no exentos de estridencia) en la zona alta, muestra una falta total de estilo y clase ante un repertorio y un papel como Sara, en el que no puede compensar con su temperamento "desmelanado", más bien vulgarote.
Fantástica dirección musical del veterano
Alain Guingal a la estupenda orquesta de la Opera de Marsella. Sonido bello, luminoso y transparente. Al mismo tiempo, ligero, dúctil y flexible, que acompañó y respiró con los cantantes y mantuvo una tensión progresiva durante toda la obra. Así debe ser una dirección de ópera como corresponde a un veterano y conocedor director de foso.
Muy agradable estancia en Marsella y la coincidencia con un forero que ejerció de anfitrión y otr@s que viajaron también desde la piel de toro.