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Pues la Orquesta y Coro Nacionales de España han programado en su temporada tres funciones en versión concertante de la versión que Hector Berlioz preparase en su día del Orphée de Gluck, contando para ello con algunos nombres importantes que la hacían una función a priori interesante. Dio al traste con todo el hecho de programar esta ópera en un espacio tan grande como el Auditorio Nacional. No tiene razón que ser: la acústica es la que es, las voces son las que son y los elementos de orquesta y coro más de lo mismo... Así, el sonido tendía muchas veces a llegar tenue, falto de fuerza y falto de volumen... De entre las tres solistas, solo Ann Hallenberg en el extenso papel titular consigiuió hacerse escuchar con propiedad, a veces no sin esfuerzo, y no sin disimular que este papel le queda especialmente grave. Canta con entrega y convicción, y afronta la la peliaguda cadenza (salto interválico de octava incluído) del aria que cierra el primer acto sin temor pero con cierta cautela (Ewa Podles hace doce años en Coruña estaba más desahogada en este aspecto). Con todo, fue la mejor, porque la acompañaron dos elementas que deben incorporarse a nuestro amado teatro de Manolita Chen a la mayor brevedad, dos auténticos blufs barrokaris: la leve (por la vocecilla de dos gramos) e intrascendente Eurydice de Carolyn Sampson, que dejó pasar un papel que es breve pero muy agradecido de hacer; y el paupérrimo Amour de Helen-Jane Howells, a quien apenas se pudo intuír, con esa vocecilla de medio miligramo, por mucho taconazo que llevase... Aplicado el Coro Nacional de España (muy, pero muy poco idiomático, eso sí) y regular la orquesta, con solos brillantes (¡esas flautas en la danza de los espíritus bienaventurados!), pero algo falta de afinación y empaste, en parte por culpa de una dirección de Paul McCreesch que hizo cosas interesantes jugando con la distribución de los planos sonoros, pero olvidó que estaba dirigiendo la versión de Berlioz y que, por tanto, lo que tenía enfrente era una orquesta moderna: y ciertas cosas extremas a una orquesta moderna o se trabaja mucho con ellos o no se le pueden pedir sin que se produzca el descalabro. Aplausos tibios. Lo mejor, la mencionada cadenza de Hallenberg, que yo ya le había escuchado en vivo a Podlés. Estoy seguro de que en otro tipo de teatro el resultado habría sido otro completamente diferente... Lo olvidaba, dos cosas: 1. Dar la ópera en versión de concierto y sin subtítulos (ni una triste sinopsis en el programa de mano) en una versión tan poco idiomática no tiene demasiado sentido. 2. Hacer la ópera del tirón (1h40min sin parar casi ni para aplaudir) tampoco...
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