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No se me ocurre mayor colofón a mis vaciones operísticas que un Parsifal con una orquesta y coro de primer nivel y un plantel de cantantes rozando casi la perfección. Fue mi despedida de la Staatsoper por todo lo alto y, aunque intentaré explicar con palabras todo lo que sentí aquella noche, ruego que me perdonéis si es más floja que las anteriores, pues me es muy difícil explicarlo.
Falk Struckmann es por lo general, un barítono bastante mediocre, pero sin embargo en el repertorio alemán, es bastante mejor, como pudo demostrar el jueves. Una voz de gran volumen y fuste, con un centro amplio, rotundo y noble y cantando de manera notable.
El más flojo del elenco fue Ain Anger como Titurel, con una voz bella, pero pequeña (también hay que tener en cuenta que cantaba en el fondo del escenario) y agradable.
El Guernemanz fue encarnado por el ya veterano Franz-Josef Selig, que aún ofrece detalles, más actorales que vocales, pero que suena a bajo y cuyo grave es compacto y firme. Aún retumba algo por el escenario y las tablas le dieron un plus más de notoriedad al personaje.
Estupendo el Klingsor de Wolfgang Bankl, al cuál no conocía y que me sorprendió por una voz de gran volumen y actuación, buena acentuación y sobrado tanto arriba como abajo. Una agradable sorpresa.
Christopher Ventris cantó el Parsifal. Comenzó con la voz un poco atrás y con un ligero engolamiento, pero acabó de manera magistral la función. Este señor si tiene voz para el papel y no es el típico mozartiano cantando un papel que le excede por los cuatro costados. La voz es bellísima, correctamente impostada, con buen fraseo y voz colocada. Por arriba también dió la sensación de estar bastante cómodo, y aunque algo tensos y resentidos algunos agudos (sobre todo al final), compuso un Parsifal muy disfrutable.
Lo de Waltraud Meier no es de este mundo. A día de hoy, ninguna wagneriana es capaz de toserla, ni como soprano, ni como mezzo. La voz muestra los típicos signos de decadencia vocal, a causa de la edad, pero son mínimos si tenemos en cuenta la excepcional Kundry que nos brindó. Un centro que es bellísimo, que enamora, con una voz plena, que corre por un teatro de manera magistral, grande y amplia, con un grave, aunque algo mermado, aún escalofriante. Sí, está fuera de tono en alguna ocasión en la que necesita tomar aire, pero son defectos que apenas se notan cuando sale y te canta así. El agudo está inconmensurable, impresionante la voz que mete ahí arriba, brillante, penetrante, pero nunca gritando como si hacen otras que cantan este papel. No tengo palabras de agradecimiento ni voz como para agradecerle todo lo que nos dió en esta función, tras el memorable recuerdo que tenía de su Kundry valenciana del año pasado.
El otro lujo, fue una orquesta dirigida brillantemente por Ingo Metzmacher, sacando una amplia paleta sonora de la densa orquestación wagneriana. Sin tocar todo en forte, sino más bien refinado, elegante, vibrante en los pasajes dramáticos, lleno de tensión, de pulso constante. Magníficos los preludios, envolvente, impactantes y ese final escolofriante.
El coro, así mismo, inigualable, tanto el titular como el coro de niños, bien impostado y empastado.
Horrible puesta en escena de Christine Mielitz. Empezó con una estancia llena de lavabos por doquier y los figurantes y el coro, vestidos con atuendos típicos de la esgrima, bailándose además un bailecito inenarrable. Mejoró algo durante la escena de Amfortas, con varios baúles a modo de asientos circulares, pero luego decayó estrepitósamente hasta rozar lo denigrante. El segundo acto se trasladaba a una especie de prostíbulo, con sillones rojos, con sus respectivas mesas y lámparas, las chicas salían con cuerpos y vestidos espectaculares, mientras el tenor iba en vaqueros. La bola discotequera ya era vergonzosa. Y el final, que parecía las afueras de una ciudad, con montañas de fondo y unos edificios a medio construir, con la escombrera al lado.
Pero, ¿Qué más da como fuera la escenografía? Cuando uno solo podía estar pendiente de los cantantes y de la Diosa, Meier. ¿Qué más da? cuándo los cantantes son de calidad, audibles y te hacen vibrar en el asiento. Cuándo te dejan sin poder reaccionar y las lágrimas inundan nuevamente tus ojos, tras muchas funciones flojas. Cuándo tras los silencios del público, uno rompe a gritar y de queda afónico de gritar "Brava" a Meier. Esto es sentir la emoción de la ópera, dónde la puesta en escena quedó en un segundo plano, cuándo te emocionas en un escenario. Y eso, nadie nos lo puede arrebatar, la ópera es pasión, es sentimiento, y lo que yo viví el jueves, no tiene nombre. Jamás olvidaré esta función.
Además, a Meier se le otrogó el anillo Lotte Lehmann por su experiencia vocal y su estado actual impecable. Emocionantísimo, tanto las palabras del intendente, como las de la propia Meier.
P.D Me acordé mucho de angelparsifal, que hubiera disfrutado un montón en esta función.
P.D (2) Así mismo, un placer haber coincidido durante esta pasada semana con Naaman, con el que tuve agradables conversaciones antes, durante y después de las representaciones.
Última edición por Arnold el 17 Mar 2012 15:03, editado 1 vez en total
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