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 Asunto: Il Postino, Théâtre du Châtelet, París
NotaPublicado: 06 Jul 2011 21:11 
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Segundo atril
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Una ópera muy poco original del mexicano Daniel Catán, fallecido el pasado abril a los 62 años, entre el estreno mundial en septiembre de 2010 en Los Ángeles, por encargo de Plácido Domingo, y este estreno en Francia del Châtelet parisino el pasado junio, en coproducción con Los Ángeles y el An der Wien (donde se estrenó en diciembre de 2010). El libreto, en castellano (sin que se sepa por qué se titula Il postino), es del propio Catán, basado en la novela corta del chileno Antonio Skármeta Ardiente paciencia, y en su adaptación cinematográfica, dirigida por Michael Radford en 1994.

Poco original, anacrónica incluso, con algún que otro chispazo brillante: Puccini alarga su sombra a lo largo de toda una partitura que también recuerda al Ravel más naif, cuando no al Debussy más lánguido, muy descafeinados los tres. Menotti también asoma la patita. Pero el color Puccini termina haciéndose molesto a fuerza de insistente. La función, que arranca con un cierto brío, termina estancándose en el puro pastiche sin que la dirección de Jean-Yves Ossonce, al frente de la Orquesta Sinfónica de Navarra, pueda hacer nada por evitarlo. Más bien se abandonan a él con una indolencia que aburre. La muy modesta y plana puesta en escena del brasileño Ron Daniels opta por la sencillez y el minimalismo en un decorado convencional, con algunos (pocos) efectos dramáticos vistosos y determinadas proyecciones que ayudan a enmarcar el contexto de la ficticia historia: exiliado en una imaginaria isla italiana con su esposa, Pablo Neruda (que vivió, cierto, un exilio real en Capri en 1952) introduce al cartero local en el compromiso político y en la poesía, la justa cuenta para enamorar a la novia. Al fondo, sigue estando Cyrano: Plácido Domingo nunca deja de saber muy bien lo que hace, aunque en esta ocasión, y a pesar de que su papel exige una presencia escénica importante, la partitura lo sitúa en un discreto segudo plano, instalado sin esfuerzo en un homogéneo registro medio, con su timbre característico, y con posibilidades de seguir luciendo bonitos juegos de tesitura. No faltan ocasiones de volver a constatar su innegable e incombustible poderío: el comienzo del Acto I es todo suyo y da gusto disfrutarlo. Listo, sabio, astuto, impecable, profesional, lo de este hombre es asombroso, a mí así me lo parece, y me lo siguió pareciendo el otro día, en la retransmisión del Boccanegra del Met.

Il postino se apoya en el papel del cartero que le da título, a cargo del tenor norteamericano Charles Castronovo, actor pésimo que aquí pretende hacerse el ingenuo pero que parece completamente lelo de solemnidad. A mí tampoco me gusta nada como cantante, desde unos agudos que se pierden a sus pocas anchas por los cerros de Úbeda, hasta unos medios completamente insulsos. Muy blando y artificioso. Hace años me cantó en Londres un Tom Rakewell imperdonable. Y aquí contribuye no poco a la impresión general de cursilería que pesa sobre toda una función que pretende ser tierna y conmovedora pero que resulta almibarada y tontorrona. Al final cae de cabeza en la caricatura del melodramón lacrimógeno. La novia la cantó Amanda Squitieri de una forma que te pasabas la función preguntándote dónde demonios se había escondido su Masetto, seguro que escapado de sus agudos descontrolados. Matilde, la esposa de Neruda, era la también chilena Cristina Gallardo-Domâs, que no tuvo una buena noche, con un molesto vibrato continuo que me puso nerviosa, por no hablar de los nervios evidentes de la cantante. Laurent Alvaro cantó con su habitual solvencia el papel del fascista político local, poco y corto para su altura. La dirección de actores brilló por su ausencia.

Era la noche del estreno, el 20 de junio. Salió a saludar Skármeta. Y la recepción general, en comparación con la increíble apoteosis Plácido de 20 minutos a la que tuve la suerte de asistir tras su Cyrano en ese mismo teatro, en mayo de 2009, fue más bien tirando a discreta. No mala, pero discreta, a pesar de que el Châtelet parecía más bien la Embajada chilena. A la hora de los aplausos, Plácido Domingo hizo gala de una modestia admirable. Hasta ahí llega su savoir faire.

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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com