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Ariadne auf Naxos.(Richard Strauss) Viena, Theater an der Wien, 9-10-10
Anne Schwanewilms, Mari Eriksmoen, Johann Botha, Heidi Brunner, Johen Schmeckenbecher. Director Musical: Bertrand De Billy. Director de escena: Harry Kupfer.
El Theater An der Wien es un bello recinto, pequeño, íntimo, acogedor. Ideal para una obra como Ariadne auf Naxos (una auténtica delicatessen), así como para otras obras de pequeño formato. No se entiende muy bien esta reciente polémica respecto a la programación de óperas barrocas en la Staatsoper, cuando este teatro es muchísimo más adecuado para ese repertorio.
Nada más abrirse el telón, vemos dos elementos típicos de las producciones de Harry Kupfer. La forma fálica que, en este caso, es la proa de un avión, en el que han llegado los artistas, ya que la acción transcurre en el hangar de un aeropuerto. Recuerda directamente al espolón del barco de su producción de Holandés Errante. En segundo lugar, el ala del omnipresente ángel de la producción de Tristán. Se situa en el centro del escenario acordonada y simboliza el escenario donde se desarrollará la ópera seria, la parte “sublime”, es decir Ariadne.
La altiva y distante Primadonna se colocará sobre el ala del ángel, en el sitio que le corresponde, para abandonarla seducida por Harlekin, representante de la parte bufa. Por cuanto Ariadne y Baco cantan su gran dúo, pero no se dirigen el uno al otro, sino la primera a Harlekin y el segundo, a Zerbinetta, ya que ambos han sido seducidos por la parte cómica y desenfadada. De tal manera que la primadonna abrazará y besará a Harlekin y Baco coge la mano de Zerbinetta. En el momento en que Harlekin “invade” el terreno de la ópera seria, Ariadne le rechaza en primer término, para luego caer ante sus besos y abrazos. En ese momento la proa del avión gira hacia el lugar. El falo ha llegado para alegrar a la solitaria Ariadne, pues suponemos, que sus carencias no son sólo afectivas, como le ocurre a cualquiera. En fin, Ariadne sube al avión con Harlekin y los demás miembros de la troupe de actores cómicos. Zerbinetta sube sola al avión, por cuanto el tenor decide no irse con ella y resulta acosado por las señoronas de alto copete que han acudido a la fiesta y representación. El mayordomo entrega el dinero al maestro de música, que entrega su parte al compositor quien deja caer triste los billetes al suelo, mientras cae el telón. Era estreno de la producción y el veterano Kupfer recibió alguna desaprobación, aunque predominaron las ovaciones.
Ariadne fue Anne Schwanewilms a quien vimos en el Real en este mismo papel y veremos este año como Mariscala. Distante, marmórea lo cual no va mal al papel. Su canto controladísimo, muy aquilatado, de gran clase y refinamiento, se ve perjudicado por esos sonidos fijos típicos de la escuela centroeuropea. También hay que decir que, en lo positivo y en lo negativo, es la única heredera actual de todos esos nombres de esa escuela y que todos tenemos en la cabeza. Más que solvente Johan Botha en el terrible papel de Baco. Un rol operístico que más parece una venganza. Caracterizado en esta producción como Pavarotti con su fazzoletto, es un cantante que carece de fantasía, es planote y no ofrece matices, pero la voz es sana y robusta, tiene sonidos con mordiente y es asumiblemente musical. Insisto, en un papel como éste, es más que una garantía. En lugar de la inicialmente prevista Diana Damrau, que sigue de baja por maternidad, la noruega Mari Eriksmoen encarnó a Zerbinetta. Como era de prever, subió al escenario una jovencísima muchacha de pelo rubio, ojos azules y tipito. Carina, desenvuelta y creíble en escena. Eso sí, la voz no podía ser más minúscula. Más que de soprano ligera, habría que inventar otro término como soprano vaporosa o pluma o algo así. Yo la bautizé como perdigón vocal ante el regocijo de mis amigos. Tampoco es que arriba fuera deslumbrante, al contrario agudines como laminitas, más bien ásperos y el último re natural de la balada, claramente calante.
Pésimo el compositor de Heidi Brunner, sra. de De Billy. Además de un registro agudo fibroso, abierto y estridente, se le escurre de las manos todo el sentido poético y carga emotiva de un personaje tan maravilloso.
Una labor con altibajos, a la que faltó redondez y homogeneidad, pero con indudables momentos de inspiración, la de Bertrand de Billy al frente de la también magnífica orquesta de la Radio Austríaca.
_________________ "El canto como la belleza que se convierte en verdad" (Friedrich Schiller)
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