|
Seré breve, porque tampoco hay mucho que decir ante un Rigoletto de Leo Nucci. Lo que ya todo conocíamos, un gran actor, esa interpretación suya a ratos trituradora del legato, a ratos carente de matices, pero vivo y sentido como pocos jorobados. Agudos, todos. Claroscuros, algunos menos. Graves, los propios de los casi setenta años del maestro. Lo dicho, no descubro nada. Resultado: la Scala a sus pies.
Aunque esta última reflexión queda empañada por un público turista que fue capaz de bravear la vergonzosa e indigna actuación de Stefano Secco como Duca. Un tipo que carece de agudos, que no se oye siquiera en los dúos con la soprano (y no digamos ya cuando tiene que hacer frente a la orquesta), que cada vez que sube en la escala suena asfixiado, corto de fiato, con un registro agudo estrangulado, pobre, abierto, de voz fea, sin estilo ni nada que se le parezca, es una estafa en toda regla para el primer teatro de ópera de Europa (y quizás del mundo). Por todo eso, algunos le abucheamos un segundo acto de museo de los horrores, un bochorno de Duca (más allá de las puntuature que enloquecen a este tifoso) que fue todo un lunar en la función.
Como sorpresa agradable, Aleksandra Kursak, la segunda soprano del reparto, y que cuajó una Gilda interesante. Pianos bellísimos, voz ancha y muy poco subrettera, pero quizás necesita controlar más cuando sube al forte en el registro agudo y que no suene desbocado. Pero para ser una joven promesa, dignísima e interesantísima, diamantito a pulir.
El resto, correcto sin más.
La producción, la ya conocida de Gilbert Deflo (sí, el mismo homicida del reciente Trovatore del Liceu) estrenada a finales de los ochenta, clásica y mítica. Con qué poquito se hace un buen Rigoletto, en serio.
Y en el foso, James Conlon. Al parecer ha sido el grna triunfador de este Rigoletto, junto a Nucci, aunque a mi no me entusiasmó. Hizo de la orquesta un Verdi chimpunero, con mucha percusión y viento, y marginó la cuerda, que en esta obra tiene un valor fundamental para acentuar los matices de los personajes. Me dejó algo frío, quizás porque se plegó demasiado a silenciar a sus músicos para que se intentara escuchar a Secco (quien diga que este tipo puede cantar algo bien que no sean rancheras...).
Disfrutable, porque sólo respirar el aire de La Scala es sentir la ópera, pero yo me replantearía muchas cosas si fuera el director artístico. Para empezar, sobornar a Albelo o Beczala para que me canten un Duca que no dé vergüenza ajena.
_________________ "El Verdiano tiene tranquilidad, aplomo. Todo a su alrededor, en cambio, son arenas con las que el mar juega, excepto el teutón innombrable aquel, que es una especie de risco inaccesible, en el que nunca crecerá la hierba ni hollará pié humano."
|