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Espectacular tramo final del festival. Boris Godunov, en la nueva producción estrenada en febrero de este año, era retransmitida en directo a una Max-Joseph Platz abarrotada de personas disfrutando de la cálida (demasiado cálida) tarde de verano. Y en uno de esos contrastes fascinantes que a menudo se producen en este país, no cabría imaginar mayor disparidad entre la alegría, la ligereza, las ganas de pasarlo bien de ese público que llenaba la plaza, y la negrura, el pesimismo, el nihilismo del espectáculo que se les ofreció. Se despide estos días Kent Nagano del puesto de Generalmusikdirektor que durante las últimas campañas ha ocupado, y se despide por todo lo alto, con una serie de actuaciones de máximo compromiso en repertorios muy diversos. Mussorgsky es claramente uno de los caballos de batalla del maestro, y admira comprobar la manera en que lo traduce dentro de las coordenadas habituales de su estilo. No es el Boris de Nagano un Boris de colores crudos, de acentos violentos, de sugestiones fácilmente bárbaras. Nagano alcanza la crudeza, la violencia, la barbarie, a partir de una lectura asentada en la claridad, la limpieza, el control rítmico; es de esa misma contención, de lo escueto y esquemático de la expresividad, de la negación casi atroz de todo escape lírico, de donde surgen las emociones en su lectura tensa, hipnotizante, cruel como la obra que interpreta. En el reparto, globalmente excelente, se imponen tanto la autoridad en el decir y en la escena de Kotscherga (Pimen), como la presencia dominante, manipuladora e incisiva de Siegel (Shuisky). El protagonista, Alexander Tsymbalyuk, sin poseer unos medios deslumbrantes sabe construir su personaje, mostrar su evolución y traducir sus estados de ánimo, redondeando sobre todo una escena final magnífica. Pero, si un elemento puede destacarse de los demás en esta lectura increíblemente unitaria, lo que definitivamente convierte a este Boris en una función para el recuerdo es sin duda la puesta en escena de Calixto Bieito. Lejos de la banalidad, de la provocación gratuita, del carácter excesivo de otros de sus trabajos, en esta ocasión Bieito ha sabido presentar un Boris a la vez de nuestro tiempo y universal. No es éste un Boris específicamente ruso; tampoco un Boris específicamente sobre el presente, aunque mucho de lo que se ve remita de forma inmediata al espectador a la parte más hedionda de lo que tristemente identificamos, peor aun, hemos llegado a asimilar como presente. Más allá de todo ello, Bieito ha logrado plasmar una reflexión desesperanzada sobre el poder político, sobre la manera en que hace de las personas seres brutales, sobre la imposibilidad de escapar del círculo de violencia (los hijos de Boris, legítimos sucesores, asesinados por Grigori como lo fue en su momento por el propio Boris quien entonces era el legítimo sucesor). Como se dice en las revistas, de conocimiento obligatorio.
Al día siguiente, el público de la Max-Joseph-Platz, que seguía con el mismo calor y las mismas ganas de disfrutar de una alegre tarde de verano, fue obsequiado con otra obra ligera y festiva, el Requiem de Verdi, interpretado por un cuarteto solista ciertamente festivo, aunque no ligero: Radvanovsky, Gubanova, Calleja, Pape. Dirigía un veterano en eventos de masas, desde Caracalla a la terma que era Munich estos días, el gran Zubin Mehta. Y el público, llenando la plaza, escuchaba en un admirable silencio cuasi religioso, conforme al carácter de la música. Casi a la misma hora, en el Prinzregententheater, se presentaba Written on skin, del compositor inglés George Benjamin. Estrenada el año pasado en el Festival de Aix-en-Provence, Written on skin parece haberse instalado de inmediato en el olimpo operístico, arrasando allí donde es presentada y pillando desprevenidos a propios y extraños, como suele suceder en estos casos. La obra resulta absorbente, apasionante, conmovedora. Representada sin pausas, sus tres actos de poco más de hora y media de duración total pasan en un suspiro gracias a la intensidad dramática de la ópera, a la claridad de su estructura, a la fuerza animal de las pasiones que expone y a la sabia dosificación de sus tensiones, simultaneando todo el tiempo los planos temporales, los espacios de lo real y lo angélico, de lo pasado, lo presente y lo eterno. La música, sorprendentemente legible, deja escuchar ecos del barroco, un barroco convertido como en marco, a modo de una patria intemporal, que convive con la ambigüedad de Debussy, con el lirismo de Mahler, con la fuerza agónica de Shostakovich, con el colorido inagotable de Messiaen. Parece imposible concebir esta obra con otra puesta en escena, con otros intérpretes; de hecho, habiendo visto en el vídeo de Aix a Mehta, la figura de Davies (brillante, irreprochable en el plano canoro) se antoja extraña, como impostora, como ausente. Purves y Hannigan, en cambio, son de una manera extrañamente elocuente y real, el Protector y la Mujer; él declamando con una intensidad casi insoportable, anunciando todo el drama por venir desde que proclama a la Mujer “my property”, y uno sabe que todo le va a ir mal a ese personaje; ella definitivamente una diosa de la música contemporánea, con un instrumento dúctil, poderoso, radiante, en manos de una intérprete física, y química, y sabia. Nagano dirige con su acostumbrada exactitud, pero también con fiereza; no rehúye ni la delicuescencia sonora de los momentos líricos, ni el sabor metálico de las brutales explosiones de la orquesta, siempre en flujo, siempre dinámica, siempre abriéndose y replegándose sobre sí misma; ciertamente un personaje más de la obra, acaso el más importante, aunque en la memoria lo que se instala es la peripecia de la Mujer, la libertad y la insolencia y la pureza de la Mujer. Éxito importante al final de la velada, bravos, pateos, conmoción. Si les gusta Otello, si les gusta Pelléas, les gustará Written on skin. Como se dice en las revistas, de conocimiento obligatorio.
Al día siguiente, la Max-Joseph-Platz ya no estaba abarrotada, sino vacía, y la razón es que todo Munich y todo lo que no es Munich estaba en el interior del Nationaltheater, calor o no, para el Don Carlo dirigido por Mehta, con un reparto de esos que dentro de veinticinco años recitarán en la versión 19.9 de lo que en ese momento sean los foros de ópera: Kaufmann, Harteros, Tézier, Gubanova, Pape; ahí es nada. Dirigió sus pasos el Wanderer, en cambio, hacia el Cuvilliés-Theater, atraído por un lado por posibilidad de descubrir el recinto, y por otro por lo inhabitual y atractivo del programa que se ofrecía. Ofusca ante todo los sentidos la belleza del teatro, pequeño pero inesperadamente alto, todo él en oro, todo él una joya, hasta el punto de sentirse uno justamente en el interior de una joya. Aturde pensar lo que pueda haber sido aquí una sesión de ópera en el siglo XVIII como las que reproducen los dibujos que están expuestos en los pasillos del teatro, la increíble proximidad entre los cantantes y el público, la increíble proximidad de unos espectadores con otros, en fin, todo el ritual del teatro entendido como lugar de exhibición, lugar donde mostrar y donde mostrarse, en un mundo donde las comunicaciones, y por tanto los tiempos, y por tanto las presencias, no eran lo que hoy son. Cumplió también con las expectativas la música. En la primera parte, una versión de los Wesendonck-Lieder para mezzo y sexteto de cuerdas, escrita por Rudolf Leopold, en la voz límpida, moderadamente expresiva y luminosa de la mezzo Angela Brower. Pero lo más interesante vendría en la segunda mitad, con un arreglo fascinante de Das Lied von der Erde, obra de Arnold Schoenberg y Rainer Riehn, para conjunto de trece instrumentos (cuarteto de cuerda más contrabajo, quinteto de vientos, armonio, piano y generosa percusión), que junto con la dirección exacta, quirúrgica, escrutadora de Nagano, desnudó la obra de toda ganga, manteniendo y hasta realzando la mayor parte del tiempo el sugestivo colorido de la composición original, su parentesco inmediato con la coetánea Klangfarbenmelodie, con un toque de Schrammelmusik para el primer movimiento, tan adecuado en principio como algo cargante a la postre; quizá en la gran transición instrumental entre las dos secciones de Der Abschied se echara de menos el poder y el peso del aparato orquestal al completo. El tenor, de cuyo nombre no quiero acordarme, demostró de manera bien elocuente que no es el poder y el peso del aparato orquestal al completo lo que hace que una voz se ahogue, se vuelva inaudible y no pueda responder a las demandas terroríficas de Das Trinklied vom Jammer der Erde. Atención, en cambio, a la mezzo Okka von der Damerau, una voz de credenciales wagnerianas, todavía con mucho por explorar en el aspecto puramente expresivo, pero lujuriante de sonido, una Brangania y probablemente una Gundryggia en ciernes. Como se dice en las revistas, de conocimiento obligatorio.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
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