Siddharta escribió:
la verdad es que varias veces me he planteado si me gusta la ópera.
Es una contradicción que gracias a mi edad, afortunadamente, yo tengo resuelta: a mí no me gusta la ópera. No me gusta enumerar las decenas de funciones a las que he asistido en el último semestre, no me gusta que otra gente decida por mí que son amigos míos de tanto coincidir en los teatros, no me gusta sufrir infartos en una sala a oscuras y llena de gente por el agudo de un tenor, y no me gusta esperar 40 minutos a la intemperie a un señor al que acabo de bravear para decirle otra vez que me ha gustado mucho, para que él vea que soy yo, y no otro, el que se lo dice. Lo que sí me gusta (de hecho, me entusiasma y me hace inmensamente feliz) es hacer música vocal con otras personas y escuchar música vocal (y en particular, ópera) en mi casa. Por eso, todo este debate que se traen de las producciones me resulta hasta cierto punto tangencial, porque como casi no voy a los teatros, no me suelo encontrar con todo esto que uds comentan. Sin embargo, sí que me siento interpelado por la viabilidad de lo que Siddharta ha llamado la "resemantización" de la ópera (proceso ante el que solo me rebelo cuando se emplea como argumento para no lamentar la profunda crisis de voces que se vive, en especial, en determinados segmentos de la ópera italiana).
Hace como año y medio vi en París lo que durante años se conoció como el "Tannhäuser de los cuadros", la producción de Robert Carsen que retrata a Tannhäuser como un pintor desgarrado por el anhelo artístico de representar sobre su lienzo el ideal femenino (por cierto, vaya tela algunas de las cosas que se leyeron en este foro a propósito de aquella producción, tras su estreno en 2008. En eso también hemos avanzado algo como audiencia). La producción me pareció espectacular (la bacanal era de una perfección técnica arrolladora), pero el punto fundamental me pareció el final: Elisabeth y Venus, vestidas con túnicas blancas, encarnaban ambas, fusionadas, espectrales, el mismo ideal del amor, que proveía a Tannhäuser del pincel con el que por fin podría culminar su obra y ser reconocido. Se superaba así la contradicción entre el amor carnal y el espiritual, indicándose que todo ello era uno y lo mismo, y además, tenía la capacidad "redentora" de llevar a una persona a su realización máxima. Fascinante.
Fascinante, pero... exactamente lo contrario de lo que Wagner quiso plasmar con
Tannhäuser, que era un canto a la capacidad redentora del amor espiritual y puro, que redime los pecados que el propio Papa no es capaz de perdonar, es decir, el abandono lascivo al deseo carnal. Y al mismo tiempo que como espectador, me vi fascinado por aquella puesta espectacular, me entró el dilema de si de verdad,
semejante resemantización (en realidad, una antonimización radical) era, por decirlo de alguna forma, "lícita" o no. Como ejercicio intelectual, para mí, que ya conocía
Tannhäuser de sobra, me pareció espectacular, pero ¿y si alguien asistiera por primera vez en su vida a una representación de esa ópera? ¿Cabe decirle que
Tannhäuser encarna un ideal del amor opuesto al pretendido por Wagner? ¿Puede la libertad artística resemantizar todo lo que pilla por delante y convertir, por ejemplo,
El Tragaluz de Buero Vallejo en una loa al bando nacional de la Guerra Civil española? Sinceramente, no lo tengo nada claro. Creo que hay algo de estafa en apoderarse de una obra artística ajena para mutarle significativamente la tesis que expresa. Y con todo, volvería a ver sin dudarlo el
Tannhäuser de los cuadros, si se me planteara la ocasión. Esa contradicción, pese a mi edad, no la tengo resuelta. Pero como a mí no me gusta la ópera, tampoco me apremia.