Qué debate más bonito
Rupert, delaforce, que hacen falta intermediarios para disfrutar de una ópera y no para leer un libro no es una "idea", es una realidad comprobable empíricamente. Si alguno de ustedes es capaz de coger una partitura de Don Carlo y tener una experiencia estética completa, insuperable, de esa obra, genial! Pongan la partitura del Ocaso en un escenario a ver qué pasa. Como mucho, combustión espontánea.
Hacen falta intermediarios, intérpretes. Y toda interpretación es elección y por tanto creación (a partir de un material, pero creación). ¿Por qué se acepta un enorme margen de interpretación a los cantantes y no a los directores de escena? ¿Por qué para ustedes es válido una cosa y no otra? Hablamos de arrogancia de los directores de escena (en muchos casos es así, y Tcherniakov es un ejemplo particularmente irritante, en ocasiones). ¿Y qué me dicen de lo que Jon Vickers opinaba de su Peter Grimes? Él creó un personaje abiertamente en contradicción con la visión que Britten tenía de su propia criatura. En entrevistas, Vickers dijo que él y Colin Davis habían sacado a Peter Grimes de su pequeño contexto y lo habían convertido en un mito universal. Como saben adoro a Britten, pero no creo que el Grimes de Pears sea más válido que el de Vickers. Ambas interpretaciones, contrapuestas, fiel al autor una, infiel, conflictiva y novedosa la otra, me parecen igual de válidas, y la preferencia por una u otra sólo se puede establecer bajo criterios estéticos y artísticos. Si preguntan, muchos foreros (la mayoría, a juzgar por discusiones pasadas sobre el tema) preferirán a Vickers sobre Pears en este papel. Nadie abucheó a Vickers por ir manifiestamente en contra del autor. Es sólo un ejemplo. ¿Es menos válido el Verdi de Sinopoli porque retuerce al máximo el lenguaje verdiano hasta hacerlo irreconocible? Podrá argumentarse estéticamente su calidad, pero nadie discute su validez. ¿Es menos válido el Don Giovanni de Furtwangler porque le quita lo giocoso al drama? ¿Y cuando se cantan los agudos para tenor escritos por Rossini con una ténica que el compositor manifiestamente deploraba, se está siendo fiel o infiel? ¿Es válida una Carmen con los diálogos reducidos a cuatro frases chapurreadas en un idioma ininteligible? ¿Hay algo menos verdiano que el Radamés de Mario del Monaco en el Bellas Artes de México? Al maestro se le habría caido la barba en el duo del III Acto. ¿Por qué no hay esta tolerancia con los directores de escena? ¿Por qué unos intermediarios merecen respeto y tienen un gran margen de interpretación y otros no? Aquí está el quid de todo esto.
Llevo intentando entenderlo mucho tiempo. Al principio pensé que era simple falta de interés por lo escénico o falta de sensibilidad visual. Hablando de esto en el foro he visto, con sorpresa, que muchos aficionados creen que lo escénico es una parte secundaria de la ópera, un añadido, alo accesorio y prescindible. Por eso, los directores de escena son una especie de outsiders, de recién llegados, sin ninguna legitimidad artística. También creo que eso se combina (en algunos casos) con ese miedo que describía antes a perder el control sobre la definición del género. Tunner lo ha ejemplificado muy bien, relacionando el actual protagonismo escénico con la decadencia vocal general. Lo escénico es cabeza de turco de todos los males, porque se entiende menos (ustedes reconocen que llegaron a esto a través de la música, principalmente), o porque su enmienda es más total, como dice Gino.
Tunner, claro que me parece legítimo tocar la partitura y el texto (mientras sea legal). Constantemente se bajan de tono pasajes completos y aquí no pasa nada. Los directores musicales llevan décadas haciendo cortes y hasta que no los han empezado a hacer los directores de escena no se ha puesto el grito en el cielo. La Poppea e Nerone que se nos presentó en Madrid tenía cortes, una nueva y fascinante orquestación y un añadido literario al comienzo (un poco malo, la verdad). Creo que la creatividad artística no debe tener más límites que la mínima protección al autor vivo. El resto lo dirá el público (convenientemente informado, como dice Suther). Pero no quiero seguir por aquí porque no iba de esto la cosa exactamente.
Yo entiendo la representación de una ópera como una nueva creación. Cada noche de ópera ocurre algo distinto, algo nuevo, es un pequeño milagro, o así debería ser. Es lo que le da grandeza al género, su poder conmovedor. En ese sentido mi visión de la ópera está muy cercana a la que Warlikowski presentó en su Krol Roger, una bellísima reflexión sobre el poder atractivo, destructor y creador de la ópera. Concebir una representación de ópera como una mera transmisión de una partitura y un texto, como una interpretación historicista que trate de reconstruir la voluntad del autor, me parece una visión de la ópera como museo, que limpia y fija, que conserva pero que no crea. Las obras no permanecen inmutables a lo largo del tiempo, cambian con los espectadores, se resemantizan. Y los intérpretes dan cuenta de esos cambios. Los cantantes, los directores musicales y también los directores de escena.
Otra cosa son los discursos irritantes del intermediario que se cree más necesario de lo que es. La ópera es rica y polisémica y no necesita de nadie que revele su verdadera naturaleza. Eso es ser tan positivista como los historicistas, delaforce lo ha recordado muy bien. Muchos caen en ese error, como Tcherniakov en las declaraciones que comentabais. La idea del director como traductor denota una visión esencialista de la ópera, con la que o no me identifico en absoluto. Pero no todos los directores son así. Prefiero el director intérprete, que ofrece su visión de la obra, dialogando (fiel e infielmente) con música, texto, cantantes y director, para crear un espectáculo vivo que haga brillar la complejidad del propio mensaje, que apunte a su polisemia y abra nuevos caminos, más que cerrar pequeños círculos. Que me dejen pensando, atando cabos (sin manual de instrucciones) y creando de nuevo como espectador (como el lector de Borges).