Expectación inusitada ante el estreno sideral del Edgardo de Juan Diego Florez en el Liceo del que fui un humilde participe. Vamos a ello.
Cada día es más difícil ir al Liceo y cada día me da más pereza. Y eso que andaba yo ocupado a escasos 30 Kms.
Primero por los precios. Son de escándalo. Son no sé cuantísimo más altos que hace un par de años. Vale que al ser el estreno cobran más, pero son indecorosos. Será que están haciendo caja para cuando pierdan la subvención del ministerio de cultura y tengan que subvencionarse a si mismos. Será que están haciendo caja para pagar el aclamadísimo y esperadísimo Otello de Cura y Vratogna. Que será, será…
Segundo por la compra de la entrada. Ni saben, ni cuidan al espectador. Y se quejan de que no se llenan los teatros
Ya no se puede comprar telefónicamente en el Box Office. Ahora es Ticket Master quien lo gestiona que es un call center de esos que venden lo mismo una entrada de ópera que unos calzoncillos de segunda mano. Y yo, como no tenía acceso a internet y no quise comprar por la app del móvil, llamé. Me atendió un tal Nelson que creo que como muy cerca estaba a más de 5.000 Kms de Barcelona . Le dije que quería una entrada para esa misma tarde en El Gran Teatro del Liceo y me preguntó, ¿para qué obra?y se me despertó mi lado más cabroncete. Le dije que para Spiderman en el trampolín de la muerte a lo que me contestó, “Señor, no me figura”. Entonces le dije que era un multicentro con varias salas y que me extrañaba y lo comprobó de nuevo. Repetí la jugada con la Celestina y tampoco le figuraba. Al final le dije que bueno, que mirase una tal Lucia de algo…y sí, le figuraba. Entonces me preguntó que para que función. Continué graciosillo y le dije a que la de las 16.30 a lo que me dijo que la sesión debía de estar llena ya que no quedaban butacas…
En fin una vez seleccionado todo me dijo que me imprimiese yo mismo la entrada, que me enviaba un email. Al andar desplazado le dije que no podía y entonces me dijo que tendría que recogerla en un Fnac, en un Carrefour o en un yo que sé (no conseguí entenderle). Como me era imposible y le suplique si mirase si la podía recoger en el box office del teatro a lo que me contestó, ”no Señor, no figura”. Tuvimos que cancelarlo todo.
Al final acabé comprando la entrada con el móvil y usando el mismo móvil con su código julai para entrar. Vamos no tienen ni idea. Ni saben, ni cuidan al espectador. Y luego se quejan de que no va gente a la ópera cuando la están echando ellos mismos. Y es que no sólo los registas ahuyentan al público de las salas.
Tercero, a pesar de salir con una hora y tres cuartos de antelación y estar a treinta Kms escasos, casi no llego. Después de sufrir 2 retenciones seguidas de viernes de puente me encontré 40 minutos bloqueado en la meridiana por una manifestación de 17 personas (contadas). Corren buenos tiempos para los indignados indignantes y malos tiempos para la lírica.
Describamos ya, pues, el evento:
Puesta en escena, que no me gustó nada, de
Damiano Michieletto.
De Michieletto , que he visto unas cuantas escenografías, siempre me había quejado de que ocurren demasiadas cosas a la vez, de que distraen la función y de que obliga a cantar a los artistas en condiciones deplorables para el buen canto. Como ejemplo tenemos su Barbero de Sevilla y su Elisir. Pues aquí todo lo contrario, nada de nada de nada de nada. Un edificio de cuatro pisos inclinado sustentado por un pilar en diagonal con constante juego de luces que sólo tiene por objeto el trampolín de la muerte de Lucia, una actriz paseante haciendo de fantasma, de novia, o de algo así y el resto nada de nada de nada.
Por fuente, un cubo. Por castillo, dos mesas. Y una rosa-flecha omnipresente. Una bobada.
Es vestuario, el de siempre. Los malos de Gestapo menos cuando están de fiesta que van de mafiosos del Padrino I. Los buenos, indefinidos. Curioso momento el del manido pastor alemán en el escenario que se puso a ladrar en el coro ”Il tuo dubio” provocando hilaridad y sonrojo. Eso les pasa por no hacer caso a Hitchcock.
La dirección de actores quasi nula, aunque casi mejor, ya que casi todo el rato cantaron al borde del escenario y de cara al público, cosa que agradecimos dado el volumen escaso de alguno de ellos.
Lo único destacable es el suicidio de Lucía del que no voy a contar nada para no estropear el sobresalto, nunca mejor dicho.
La
orquesta, regular tirando a mal.
Lo del horror de los metales en el Liceo es ya tradición. Desastrosos, destemplados, desafinados y todo lo que empiece por des. Y como el problema persiste es clara señal de que no hay voluntad de resolverlo. Cualquiera de las bandas de los pueblos valencianos suena mejor. Si quieren arreglarlo sólo tienen que hacerse una tourné. Yo les recomiendo que se acerquen a Liria.
El regular de la orquesta se lo llevan gracias a la arpista (que no arpía)
Tiziana Tagliani, muy bien en su “Ancor non giunse” , al pizzicato de los violines en el sexteto “Chi me frena in tal momento” que fue uno de los mejores momentos de la noche y a la flauta,
Albert Mora, de la escena de la locura, con la gran idea de tener al flautista a la izquierda del director, elevado sobre el resto de la orquesta y de cara a la Mosuc.
Si no es por ellos del mal no les salva ni la Moreneta.
Armiliato regular. El simpático director, a pesar de su experiencia e italianidad fue inmisericorde con los cantantes, sin ayudar a los conocidos de escaso volumen, tapándolos repetidas veces. La comentada banda en sus manos fue irregular, poco matizada y poco emocionante. El excelente concertante del final del segundo acto, regular y sonó básicamente a eso, regular tirando a mal. Es probable que con las repetidas funciones la cosa mejore.
Lucia fue
Elena Mosuc, que es una excelente voz no completamente aprovechada, y es una pena. Su voz es brillante, bonita, con proyección, vibrante en los agudos, afinada y con buena coloratura. Qué pasa? Que es una pena que no haya, con la de años que lleva de carrera, mejorado la técnica lo suficiente para llegar a un nivel más, a lo extraordinario. Tiene una dicción absolutamente deficiente que hace que no se le entienda nada, confunde o cambia vocales y que no consigue transmitir más allá de la pura música sin el sentido pleno de lo que interpreta. Además no domina los reguladores dinámicos para hacernos ganar en emoción. Cierto que apiana y consigue unos filados estupendos, pero, curiosamente, no los trabaja con gusto y es parca en ellos. Y puede hacerlo mucho mejor, porque instrumento tiene. Podría conseguir una interpretación memorable y sólo consigue una muy buena interpretación. Su escena de locura es muy buena y el braveo y los aplausos de desbocan. Pero me fui con la pena de que no fuera absolutamente redonda su actuación.
Juan Diego a mí me encanta, diría que me entusiasma, pero no pasará a la historia por Edgardo. Salvo al final de la obra, donde literalmente se sale, adolece de cuerpo y de centro. Su volumen es pequeño, lo sabemos todos, pero ni Armiliato ni la obra le ayudan. Además, grande como es en el agudo, para Edgardo le falta un centro que le permita jugar con los claroscuros. Con él es todo claro.
Y así transcurren el primer y el segundo acto, hasta que llegamos a “Tombe degli avi miei”. A partir de ahí es impecable, impresionante. ¡Que “Fra poco a me ricovero”!. Y termina con un estupendo “Tu che a Dio spiegasti l’ali” . Y eso vale por toda la noche de Juan Diego. Rendido a sus pies.
Lord Enrico Ashton es
Marco Caria. Bien, sin más. Bien y seguro en los agudos, flojo en los medios e inexistente en los graves. Volumen escaso. Y bien, sin más no es mal. Es bien. Sin más.
Simón Orfila es Raimondo Bidebent. El menorquín, que es muy querido en el Liceo y siempre le aplaude con devoción, sabe lo que canta. Tiene intención y aunque engola un poco (muchiiiisimo menos que Nucci) es agradable y, vestido de capellán con sotana de las que ya no se llevan, saca el papel honrosamente. No entiendo porque en el segundo acto lo ascienden a obispo y en el último los degradan a párroco otra vez.
Albert Casals es Lord Arturo Bucklaw, y tengo que decir que me sorprendió agradablemente. Bonita voz de tenor lírico y buen porte, aunque un tanto estático (y estirado) en su interpretación. El hieratismo puede que sea culpa del regista, al igual que su traje de primera comunión más propio de Pinkerton que de Arturo.
El
coro, en general, muy bien.
En fin, al final de la obra y como era estreno sideral, Mrs. Scheppelman invitó a un montón de gente (a mí no), junto al elenco, a una copa de cava seguida de una cena en el Círculo del Liceo. Mucha gente guapa y elegante, pero poca conocida por mi, salvo la susodicha Scheppelman, Roger Alier, Cheryshev, ….
Y el viernes al Macbeto dominguista.
Saludos