Después de presenciar la función de
Rosenkavalier en Munich (Teatro Nacional-Opera Estatal de Baviera) correspondiente al día 23 de Julio y aún levitando, tras la Lucrezia que se cascó la Sra. Gruberova ayer, en absoluto estado de gracia, sólo alguna puntualización a la crónica (estupenda como siempre) de Carestini.
La producción de
Otto Schenk es sencillamente maravillosa, junto con la de Viena del mismo director escénico y que también he tenido la fortuna de ver en vivo, constituyen cimas de Rosenkavalier en particular y de la producción de ópera, en general. La de Viena data de 1968 y la de Munich, de 1972. Estas producciones, como algunas de Zeffirelli, Visconti, Everding, Rennert o Ponnelle, no deberían perderse jamás. Si algún día es retirada (algo que yo nunca haría y si se estrena alguna nueva producción de Rosenkavalier, la de Schenk debería mantenerse y alternarse) debería guardarse en algún sitio.
La belleza, la fidelidad al texto, a los ambientes, a la época, la elegancia, el buen gusto, la maestría en los espacios, en las perspectivas (cómo es esa antecámara de la habitación de la mariscala, que vemos através de la puerta o ese acto segundo con la gran escalera tras la cristalera....), la dirección de artistas (cómo es esa escena del tocador en la habitación de la mariscala). Sólo confirmar lo expresado por Carestini en cuanto a la presentación de la rosa: sublime, emocionante, la monda. Gracias Sr. Schenk y, especialmente, por seguir siendo un hombre contra corriente.
En cuanto al reparto coincido con Carestini en líneas generales, con una sola excepción. La
Harteros naufraga como Mariscala, sencillamente porque no se ha enterado de qué va el personaje. Las buenas frases que ofrece enla introducción del trío del acto III, (nadie va a negar que esta señora sabe cantar y tiene un buen material) no bastan para encarnar una mariscala convicente. No hay elegancia, no hay matices, no hay sabor vienés, no encontramos esa emoción de quién sabe el desenlace y lo precipita con una gran dignidad y señorío. Una Mariscala superficial, aburrida y falta de elegancia y clase. La
Koch, como ya demostró en Barcelona, clava el personaje de Octavian,apoyada en su físico andrógino tan adecuado. Todo ello a despecho de un timbre genérico y falto de entidad y brillantez en los extremos.
Peter Rose, asimismo, posee una voz de bajo falta de rotundidad, anchura y autoridad. El grave es débil, aunque audible y el agudo, imposible. Eso sí, su creación del personaje es fabulosa, sin cargar nunca las tintas, sin caer en bufonerías facilonas y cantándolo, no berreándolo ni caricaturizándolo. Después del inalcanzable Kurt Rydl, el mejor Ochs que he visto en teatro.
Mi mayor desacuerdo con Carestini se centra en la Sophie de
Lucy Crowe. Sopranino asprigno, de timbre árido y pobretón con ascensos al agudo a menudo fijos e hirientes. Una ilustre representante más, de la tristemente famosa escuela de canto inglesa.
Beczala en plan cameo estrella cantó bien su espinosa y bellísima intervención, dándolas todas aunque los ascensos tampoco resultaron totalmente desahogados.
Si bien pudiera discutirse algún tempo de la dirección de
Trinks, su labor me pareció notable, con una prestación fabulosa de la orquesta. Un sonido embriagador, sedoso, mórbido, dúctil, trasparente, de un refinamiento tímbrico impactante. Memorables esos violines en pianísimo al final del acto I, la presentación de la rosa, cómo "cantó " la orquesta los valses, el clímax del terceto final... Una gozada.