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Yo estuve ayer, por fin. De Cantarero y Aronica no tengo mucho que decir. La primera está en un vórtice espacio-temporal hecho de pianissimi del que no puede salir sin que su voz vibre demasiado. Ha llegado al punto en el que utiliza el piano (perfectamente ejecutado) hasta el aburrimiento, no como recurso estilístico sino para maquillar una carencia preocupante, agudizada por un repertorio errado. Sigue siendo cantantaza, pero ayer no. Aronica por su parte es un cantante que no se puede presentar en público. Colocación esforzadíiiiisima, hiper-muscular, que mantuvo lo que duró Questa o quella en la primera parte, y que le ayudó a defender su escena de la segunda. Pero la deficientísima técnica le llevó al desastre. Horrible Donna e mobile y gallazo en el cuarteto (desastroso). Horrible la zona aguda, siempre estrangulada, decente el pasaje, bien cubierto pero siempre esforzado, voz que se pierde por completo en los concertantes. Nada. En su defensa diré que el papel del Duca es lo contrario que pide su vocalidad. En otra cosa seguro que lo hace algo mejor.
Me apetece hablar más de Lucic. En el primer y segundo actos vimos a un barítono magistral. Un Pari Siamo muy bueno, culminado en un agudo que incluso podía aspirar a cierto squillo (conforme avanzó la función las posibilidades se esfumaron). Tal vez peca de ensanchar demasiado la voz en ocasiones (pandemia baritonal), pero la línea de canto es exquisita, el timbre bonito, con cierto terciopelo y la técnica decente. El pasaje a veces se ensuciaba (otras veces era perfecto), pero la regulación del volumen era impresionante. El Deh non parlare al misero, en media voz, es una de las cosas más bellas que he escuchado en un teatro (tampoco se hagan ilusiones, soy Jar Jar Binks). Sin embargo, en la segunda parte (a mí me costó verlo, pero bayista me hizo reflexionar) vimos dónde estaba el truco. Porque lo que parecía magia no lo era. Desde su escena del tercer acto la voz estaba cada vez más sucia (nunca llegó a cotas excesivas, pero para mí es fundamental que un cantante mantenga la limpieza de la emisión de principio a fin), las regulaciones más difíciles, encorsetadas por una respiración cada vez más cansada, perdió volumen... El Cortigiani me gustó, pero en la segunda parte de la escena se le notaba fatigado. Llegó bien al final, pero la dureza del personaje pone a prueba su técnica, que al principio parecía poco esforzada, y que luego se revela fabricada en una buena parte en la gola (esto es apunte de Dengakuman, y tiene razón). Digamos que fue como un brillante espejismo que se fue diluyendo a lo largo de la noche. Pero el brillo permanece, sin duda. Un señor barítono, que en roles más líricos seguramente puede mantener la altura de sus dos primeros actos de ayer. Eso sí, como decía b, el fraseo es por lo general poco comprometido. Es lamentable cómo deja pasar frases y frases sin darles intención (que es Rigoletto!). Pero bueno, lo mejor de la noche sin duda.
Roberto Abbado no dice nada de nada, pero es un director de voces y respetó muchísimo a los cantantes. Maddalena no existió, el Monterone era tristísimo y el bueno de Palatchi ahí estuvo.
La puesta en escena... no sé si me quedan fuerzas. Lo mejor la escenografía, preciosista, estéticamente refinada y que resuelve muy bien los cambios de escena, a travès de un cuadro central móvil. La iluminación buscaba crear ambientes ténues, resaltando luego a los cantantes con focos dirigidos (bayista lo dirá mejor, claro), pero era pelín obvio todo. Los figurines PRECIOSOS, sobre todo el de la condesa de Ceprano, qué barbaridad. La dirección dice poquísimo. Parece que la obra no le interesa y la concibe como un juego metateatral. Muy sugerente la concepción de los cortesanos. Sin embargo, a pesar de ser una dirección anodina, se ve que comprende la música. Fue realmente bello el comienzo del último acto, con esa música tan cromática, tan poco verdiana, a la que acompañó la caída lenta y poética del telón de fondo rojo. A un lenguaje musical distinti, un lenguaje escenográfico distinto. Fue sin duda el mejor detalle.
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