b escribió:
estoy deseando contestar este mensaje para volver a desaparecer
Gracias por su mensaje, b, me ha encantado lo del mortierismo subyacente.
Estuve ayer en el Real y aunque ustedes ya lo han dicho todo, yo me permitiré repetir lo mismo pero desde mi particular punto de vista.
Este
Roberto Devereux me ha parecido un acabado ejemplo de la concepción del repertorio belcantista según el director artístico del Teatro Real, Sr. Matabosch, conforme a una receta mil veces empleada a lo largo de sus años en el Liceu, a saber: producción de alma tradicional y aderezos ligeramente modernetes; faena de aliño en el foso; y protagonismo esencial de las voces, incluido casi siempre el toque amargo de una cancelación, en este caso concreto la del barítono polaco Mariusz Kwiecien. Como para gustos hay los colores, a mí me parece que se puede ir mucho más lejos y que una obra como esta merece que se vaya mucho más lejos, pero tampoco sería razonable negar las propiedades nutritivas de lo que se nos pone sobre la mesa.
De menos a más, es necesario hablar ante todo de la producción, procedente de la Welsh National Opera: en mi opinión francamente pobre y desprovista de interés, construida sobre elementos por completo intercambiables: oscuridad casi absoluta y casi permanente, escenario virtualmente desnudo (el aposento de Sara parecía extrañamente un calco de la cabaña de Hunding, a falta de Notung), mezcla en el vestuario (otra vez, como en la
Maria Stuarda del Liceu) entre el atuendo moderno de algunos personajes y los ropajes a la antigua de la reina protagonista. Y la célebre araña, que quizá quiere ser el símbolo de un poder estatal amenazador, venenoso y capaz de hacer llegar sus tentáculos a todos los rincones del reino, pero se queda en la práctica en un artilugio estrafalario, que no viene a cuento (algo así como
The Nottingham Star Wars meets The Aracnid Teletubbies), y al que además la soprano titular asciende con más que visible incomodidad. Ni parece que tenga demasiado sentido artístico alquilar una producción tan fácilmente olvidable como esta, ni se hace un favor a la obra contentándose con semejante propuesta, que
molesta precisamente por razón de todo lo que
no molesta.
Sobre el ya veterano Campanella se podría también argumentar
que no molesta, y no dejaría de ser también cierto. Hay en su labor de discreto acompañamiento al menos vigor, modestia e idioma, aunque no un especial refinamiento sonoro ni una personalidad reconocible, ese
algo más que está ahí, b, claro que está, y que por tanto me parece que hay que buscar, se trate de música de Donizetti, de Shostakovich o de Perotinus Magnus.
La representación se construye así sobre el absoluto protagonismo de las voces solistas, y en especial las de soprano y tenor. Es de perogrullo, pero es así: el instrumento de Devia no es por sus condiciones naturales el más atractivo ni el más adecuado para un papel como el de Elisabetta, de importantes demandas en centro y grave, que le llevan a quedar particularmente expuesta en la parte final del segundo acto. Junto con ello está la cuestión célebre y eternamente debatible de la personalidad reservada hasta lo ascético de esta artista, en las antípodas de la exuberancia que quizás equivocadamente muchos aficionados hemos interiorizado casi como condición
sine qua non para este repertorio, un belcantismo mucho más dórico que corintio, mucho más Georges Braque que Otto Dix, por decirlo en plan ultrapedante, aunque ayer la soprano, ayudada por el escenario, mostrase algo más de fuego interpretativo que en alguna de las (no muchas) ocasiones precedentes en que le había escuchado. Con tales presupuestos de partida, lo que hace Devia es absolutamente admirable, con un dominio total tanto de todos los resortes de su instrumento como del estilo de la obra, que le permite redondear una escena final memorable, de las que se quedan impresas en la memoria del espectador.
La interpretación del tenor Kunde es la otra cosa grande de la noche. Ante todo, por la sensación (no tan frecuente) de hallarse el cantante sobrado para resolver su papel. Pero también por la exuberancia (él sí) de los medios puestos en juego, por la seguridad y facilidad en su empleo, por lo vibrante de los acentos, todo lo cual se alía al conocimiento y a la musicalidad del artista y se pone al servicio de una música, particularmente en su escena final, de extraordinaria calidad. Colocadas una al lado de la otra al final de la obra como los dos paneles principales del políptico
Devereux, esa escena del tenor y la siguiente de la soprano estarán seguramente entre lo mejor salido de la pluma de Donizzetti, y cuando son servidas como en esta ocasión por cantantes a la altura de las circunstancias, su impacto sobre el oyente está asegurado.
Satisfactoria la prestación de la mezzo Tro, con una voz que se proyecta estupendamente, aunque el colorido no sea especialmente atractivo y algún que otro agudo en su último dúo resultara algo tirante. Sonoro el barítono Ódena, aunque por momentos emparentase a su personaje con el de Alfio algo más de lo estrictamente necesario. Sólidos los comprimarios, discreto el coro, muy contento al final el público.