Yago escribió:
Cuente algo mas, que me interesa saber de esta producción a la que asistiré la próxima semana.

Una función redonda, emocionante, conmovedora... La producción, lejos de causar el escándalo previsible, ovacionada, bastante fiel a la obra (que no literal, ni de lejos, ojo) y con Warlikowski ¡braveado! al salir a saludar en la segunda función de la serie. Se juega con referencias al cine, como siempre en Warlikowski, pero también al psicoanálisis, a la época de la composición, a las fronteras entre sueño y realidad, un poco en la línea de la producción vienesa de Carsen pero con mucha mayor potencia sugestiva y belleza visual, a mi forma de ver (la gacela blanca, los figurantes con cuerpo humano y cabeza de halcón, la separación entre el mundo "diario" y el mundo "ideal" o "soñado" en la parte trasera de la escena). El final es ambiguo, distanciado, irónico, con los cuatro protagonistas muy satisfechos brindando sentados en una mesa, y montones de niños pequeños bien inquietantes en el escenario, proyectando sus sombras sobre la pared del fondo y algunos "iconos" modernos de la masculinidad/feminidad en los laterales... La obra se ofrece completa o cuasi completa, incluidos pasajes infrecuentes como el terceto Ama/Barak/Färberin del tercer acto, o la famosa escena central de la Kaiserin en el acto segundo. El reparto, sí, se puede mejorar, pero solo porque todas las cosas humanas se pueden mejorar. El gran lunar es una Polaski que se ve superada con creces por un papel exigentísimo, larguísimo, expuestísimo, con el agudo a menudo fuera de control. Botha, en un rol ideal para él, canta con la monótona belleza o la bella monotonía de siempre, si bien algo menos cómodo de lo habitual por arriba. Pankratova, es cierto, no alcanza las cotas de intensidad expresiva y poderío de la Herlitzius, y es cierto, en el dúo del inicio del acto tercero suena algo cansada; pero sí, es cierto, domina el papel, matiza cuando ha de matizar, y globalmente resulta más que satisfactoria. Pieczonka canta como no le había escuchado desde hacía muchos años, con luminosidad, presencia y misterio; en la escena de Keikobad es cierto que Schwanewilms resulta más conmovedora y hasta creíble declamando, pero a diferencia de ella (y es mucha diferencia), Pieczonka es segura y radiante en el agudo. Koch es un Barak diría que ideal tanto por timbre como por estilo, conmovedor en el monólogo del acto primero. Imponente el equipo de secundarios, integrado en su mayoría por cantantes de la casa. A destacar el Geisterbote potente y timbrado de Sebastian Holecek, nombre a seguir. En realidad son tantos los nombres a seguir: Von der Damerau, Nakamura, Erraught, Müller, Power...
Pero la gran responsabilidad en el éxito de la función, el que en último término hace que la misma resulte una referencia, es el maestro Kirill Petrenko. Dispárense los cañones, láncense salvas. Estamos ante un grande. Un señor capaz de hacer realidad el consejo de Strauss ("ha de sonar como si fuera Così fan tutte"), capaz de explicar esta música con una transparencia in-audita en el sentido más literal de la palabra. Que disecciona la partitura y nos hace escuchar sonidos y texturas completamente nuevos, con una claridad pasmosa y al mismo tiempo con una calidez y redondez sonoras como muy raramente se tiene la oportunidad de escuchar. Los contrastes dinámicos son extremos y nunca antes escuchados con tal nitidez, con tal lógica, con tal belleza. Ni Welser-Möst, ni Mehta, ni Thielemann: con la interpretación milagrosa de Albrecht en La Scala, esta es de lejos la mejor Frau que he escuchado.
En fin, un barroco podría sostener que la temporada de ópera en Europa comenzó con la maravillosa Agrippina que estos días se da en Barcelona; un clásico sostendría que comenzó ya en septiembre, con el conmovedor Alceste de tiza y negro que presentó el Garnier; un romántico sostendría que la temporada no comenzará hasta que el día de Sant Ambrogio Violetta vuelva a aparecer en su casa; un buffo podría escoger entre el Ernani romano que cae o no cae por el enésimo sciopero, o el Trovatore berlinés con sus bailes tenoriles y su peculiar vestuario; y un belcantista podría quizás hablar de Yoncheva y de la Ophélie que no cantará en Bruselas, o de los Puritani parisinos que al parecer no serán para el recuerdo. Todos tendrían sus razones para defender sus puntos de vista y sus símiles forzados, para apreciarlos y disfrutar incluso con ellos. La realidad, terca, les quitaría la razón a todos. La realidad, terca, dice que la temporada ha comenzado el 21 de noviembre pasado, en el Nationaltheater, a los cincuenta años de la reinauguración de este teatro, a los setenta de su destrucción. El teatro, hoy, más grande de Europa.