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Después de unas renovadoras vacaciones en las que no he visto nada de ópera, ni en teatro, ni en cine, ni en televisión, ni en Youtube (aunque sí he oído en el móvil), acudía a la segunda representación de El barbero de Sevilla, o sea, a la función de estreno del segundo reparto. Me llevé a tres de la pachanga del baloncesto con sus respectivas: uno con su respectiva se fue mediado el segundo acto y el resto aguantó, aunque hay uno que no aguanta a la respectiva del otro. Si bien esto no viene a cuento.
Me pareció que el teatro estaba lleno o casi lleno, no me fijé mucho porque las respectivas no pararon de acosarme a preguntas (no fue acoso sexual porque estaban sus respectivos, todos ellos rondando o superando el 1,95 m.) Ninguna cara conocida de forero y sólo una medio famosa, la del encantador de perros. Me imagino que estaría aquí por si aparecían Braun, Gallo, Vratogna o similar.
Como bien se puede imaginar, el nivel vocal no fue esplendoroso, aunque sin duda superior a otros que tenemos en el recuerdo y no quiero mirar a abril. El tenor uruguayo Edgardo Rocha estuvo en líneas generales mejor que en Valencia hace unos meses, donde dibujó dos serenatas realmente sosas y deslucidas. Hoy estuvo más musical y más entonado. Pero se metió tanto en el papel que no quiso despertar a los vecinos sevillanos. Sólo así se explica el escaso volumen que dio a parte de "Se il mio nome". Con todo, no quedó mal. En cambio, el "Cessa di più" (no va con segundas) estuvo mejor en Valencia: aquí hubo un instante en el que se le fue la voz, la coloratura, el tono..., hasta que logró encauzarlo todo. Es un aria difícil y por ello fue muy aplaudido.
Levente Molnár (parece un error tipográfico) fue el encargado de la barbería. Voz perfectamente audible aunque en su aria de entrada hizo cosas algo extrañas. La coloratura no es una de sus virtudes y la suplió con variaciones de su cosecha.
La Rosina de Ana Durlovski fue lo peor de la velada. Coloratura tiene pero es totalmente gallinácea. Bueno, más bien polluela porque apenas si se la oye. Chenácea. Muchas variaciones rossinianas en “Una voce poco fa”, tantas que el director tuvo que esperar a que la buena moza se dignara a acabar. Una cosa es imaginación y otra ciencia ficción. Empezó con voz grave pero enseguida cogió un tono de soprano que no soltó en toda la tarde.
En cuanto a los bajos, el noble (Carlo Lepore, potente en graves y agudos aunque voz algo hueca e inflada) y el bufo (Jose Fardilha, que hizo saltar las sonrisas y alguna carcajada) cumplieron más o menos, teniendo en cuenta que el listón que tenemos puesto en Madrid no es una marca olímpica. No pasarán a la historia. Me gustó bastante más la Berta de Susana Cordón, pero su papel es tan corto que tampoco se pueden extraer conclusiones. Y por cierto, deberían prohibirle fumar, que se salga a la calle.
La puesta en escena es algo extraña, en vez de Sevilla parece el centro histórico de Uncastillo, edificios de piedra, sin un maldito tiesto. Como decía Alonso, la escena de la calumnia es la más conseguida. Y la luz que imita a la solar. Y los movimientos de los edificios. Y la tempestad, aprovechando el telón de gasa de alambre. Se nota la mano de Matabosch en el mantel azulgrana del acto II. Por lo demás, no añade ni quita nada que no deba, es fiel al libreto, no demasiado ruidosa, respeta la obertura y es fácil de seguir. Pero me gustó más Las bodas que hizo Sagi o El barbero de Valencia del pasado marzo, aunque los cantantes tuvieran que correr.
En fin, ópera para enganchar. Los que ya la conocen no se pasarán por el recinto porque salvo Ulyanov y quizás Korchak no hay nada que les seduzca. Yo, en cambio, también veré el primer reparto.
_________________ Mejor un mal Verdi que un buen Britten.
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